Por Jesús Álvarez Gutiérrez

ciudad-vivaUn mexicano que gana el salario mínimo requiere trabajar cinco horas para comprarse una hamburguesa, mientras que al europeo le basta emplearse media hora, de acuerdo al Índice Salario Mínimo Big Mac que publica el Financial Times para ilustrar de una manera sencilla las disparidades salariales.

En el primer trimestre de 2016, el número de mexicanos que gana hasta un salario mínimo alcanzó la cifra de 7.9 millones, es decir, un millón 237 mil personas más que hace un año, según la Encuesta de Ocupación y Empleo del Inegi. Esto los condena matemáticamente a vivir en pobreza laboral, ya que, de conformidad con la estimación oficial de Coneval, el costo para mantener condiciones mínimas alimentarias y no alimentarias para una persona es de 2 mil 711 pesos mensuales (línea de bienestar), mientras que el salario mínimo, establecido por decreto por la Comisión Nacional de Salarios Mínimos, es de 2 mil 191 pesos mensuales. Si el trabajador mantiene a otro miembro de su familia, ambos quedan en pobreza extrema.

Por otra parte, la tasa de informalidad laboral, es decir, aquellos mexicanos que trabajan sin seguridad social ni acceso a crédito y pensiones, sigue cercana al 58 por ciento. También la población más educada del país ha sufrido una disminución en la calidad de su empleo. De los casi 30 millones de mexicanos que trabajan en la informalidad, 6 millones tienen bachillerato o universidad, la proporción más alta desde hace una década; la escolaridad promedio de los trabajadores informales ha subido de 6.9 años a 8.1 años, y ganan menos: 29.5 pesos por hora en 2005, y hoy 27.9 pesos.

La población desocupada se sitúa en 2.1 millones de personas, lo que representa 4 por ciento de la población económicamente activa (PEA), un indicador aparentemente positivo. Pero la cifra de subocupados ronda 4.5 millones de mexicanos, medio millón más que hace tres años. El porcentaje de personas con escolaridad alta que sufre subocupación ha subido del 19.3 por ciento al 25.7 por ciento en el mismo período.

Es más, de acuerdo al Índice Final de Quincena (IFQ) de la agencia especializada De la Riva Group, es imposible ya para el promedio general de los trabajadores mexicanos cubrir sus gastos quincenales con su salario. Sólo cubren 13.7 días (!). Al 40 por ciento de los trabajadores su salario sólo les alcanza para cubrir 10 días, por lo que se atrasan en sus pagos y piden nuevos préstamos. Cada vez más trabajadores de tiempo completo tienen que buscarse un segundo o hasta tercer empleo para sacar adelante a sus familias, sacrificando calidad de vida y atención a sus hijos; muchos se ven forzados a recurrir a subsidios públicos para cubrir necesidades hasta de alimentación.

El fenómeno de precarización del empleo encuentra su mejor explicación en el modelo económico vigente que está basado en exportaciones de bajo valor agregado y escaso contenido nacional. Utilizando datos del Consejo Nacional de Población y del Inegi, el Observatorio México ¿Cómo Vamos? calcula que en los últimos veinte años hemos acumulado un déficit de 15 millones de empleos formales, pues en el IMSS se han registrado apenas 8 millones de empleos adicionales entre 1997 y 2016, cuando se requerían 23 millones.

Estos datos ratifican que las empresas radicadas en México, nacionales y extranjeras, no generan empleos suficientes y los que ofertan están en los niveles salariales más bajos, lo que limita el poder de compra de los consumidores; el mercado interno débil causa, a su vez, empleos de menor calidad cerrando el círculo vicioso.

En los países desarrollados la preocupación por la insuficiencia de los salarios y, en especial, por el salario mínimo, está ganando espacios en los medios masivos de comunicación, en las manifestaciones callejeras y, por supuesto, en los procesos electorales.

Véase el caso de Bernie Sanders, precandidato demócrata en Estados Unidos que, sin respaldo de las élites política y económica, sigue ganando popularidad entre los jóvenes, las minorías, los migrantes y las clases trabajadoras. Lo ha conseguido mostrando un genuino interés por el salario mínimo: “un salario para al menos vivir con dignidad” (feelthebern.org). Sanders denuncia que mientras los salarios de los trabajadores se han mantenido deprimidos durante los últimos 25 años, los ingresos del uno por ciento superior de la población americana, han crecido 1000 por ciento.

En Estados Unidos muchos gobiernos estatales, como California y Nueva York, con el consentimiento de economistas expertos y lejos de cualquier sospecha de populismo izquierdista, están decretando que los salarios mínimos se aumenten al doble en el corto plazo para permitir un alivio a las familias y reactivar el mercado.

En nuestro país, en cambio, el Banco de México y la Secretaría de Hacienda todavía temen que nuestra frágil estabilidad macroeconómica se derrumbe ante la sola mención de incrementos significativos al salario mínimo, aunque se haya procedido legalmente a desvincularlo de otras ataduras, como multas, impuestos, pensiones y créditos.

Subir los mínimos será solo un primer paso, urgente pero no suficiente. En el mediano y largo plazos se requieren políticas públicas orientadas a la creación y consolidación de empresas de alto impacto en generación de empleos y valor agregado (innovación, tecnología), para que suba toda la estructura salarial de la población económicamente activa. A su vez las universidades tienen que contribuir al propósito de producir más empleadores y menos empleados. Políticas laborales, industriales y educativas en perfecta sintonía son ahora más necesarias que nunca.

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