“Él te ve cuando duermes,
Él sabe cuando despiertas,
Él sabe si has sido bueno o malo,
Así que sé bueno, por tu bien…”.
-Fragmento de “Santa Claus Is Coming To Town”-

Mucho se ha discutido y analizado sobre las posibilidades subversivas y antitéticas del ejercicio cinematográfico, el cual posa su elocuencia en las capacidades transgresoras o edificadoras de imágenes cuyo potencial de trastornar o evolucionar las capacidades cognitivas y perceptuales de la audiencia fungen como una agnosia de la moral y le abre de par en par portales a sendas no exploradas a nivel consciente. Algo semejante a un espejo que sólo refleja las áreas oscuras de la existencia y su devenir… incluyendo un punto culminante de la integración social en su vena feliz y optimista como lo es Navidad. Y vaya una desacralización más plena que el cine ha hecho de ello.
La psicología humana está diseñada para tratar de enfrentar todas las variables y matices que generan las experiencias cotidianas, desde aquellas que lo envuelven de cordura a través de satisfactores inmediatos sedativos hasta las que sugieren una ampolleta craneana con dosis calibre .45, elementos que se amplifican con la llegada de las fiestas navideñas, donde la frágil psiqué de porcelana humana se cuartea con facilidad ante el avasallante tsunami provocado por la marea emocional del momento, despertando la actividad sináptica nihilista en unos mientras otros sólo ven un esperanzador jolgorio. ¿Difícil de creer? Entonces los invito a que revisen las estadísticas del INEGI o a nivel global sobre el período en el calendario donde se registra el índice más elevado de suicidios. Si el amable lector tuvo a bien constatar dicho punto, entonces no le resultará sorpresivo que el cine explote tal animosidad con pavorosos resultados en películas que exploran la faceta más oscura y siniestra de tan luminosa festividad, aún cuando esta última sea la más socorrida en la historia del cine en su vertiente dramática.
Historias terroríficas que casualmente se desarrollan en un marco navideño hay cantidad -desde “The Devill Doll” (Browning, E.U., 1936) hasta “The Curse of Cat People” (Fritsch / Wise, E.U., 1944) – pero el origen de la significativa fiesta como punto nuclear de la experiencia fílmica ominosa lo podemos rastrear tanto en “El Demonio de la Navidad” (Gershuny, E.U., 1974), un relato de factura independiente con reparto serie B de lujo (Patrick O’Neal, Mary Woronov, John Carradine) sobre sucesos horripilantes en un manicomio durante los últimos días de invierno como en “Black Christmas” (Clark, E.U / Canadá., 1974), donde un psicópata de identidad anónima va diezmando a las integrantes de una fraternidad universitaria (incluyendo a la otrora Julieta Olivia Hussey y a la futura Loise Lane Margot Kidder). Ambos proyectos generaron enorme controversia en su momento por colocar el sagrado convivio en la luz negra del horror fílmico, provocando reseñas iracundas en los medios de comunicación e incluso intentos de boicot. Sin embargo, la ingenua sociedad setentera no contaba con la torcida astucia de un Hollywood que ya preparaba su siguiente ataque blasfemo, y ahora contra el mismísimo ícono de las fiestas: Santa Claus.
Aún cuando la antropomorfización más clásica del espíritu navideño –San Nicolás- ya había participado en bizarros relatos de delirio puro como sucedió con la versión mexicana de tan celebrada figura europea y sajona en la cinta de 1959 dirigida por René Cardona titulada simplemente “Santa Claus” donde, entre otros retruécanos narrativos de extremo delirio, Papá Noel mide fuerzas con demonios del infierno, maquila niños de todo el mundo para jornadas laborales inauditas en su fábrica de juguetes y… vive en el espacio o en la ya célebre oda al camp cinematográfico más cutre, deliciosamente chafa y con el narrativamente explícito título de “Santa Claus Conquista a los Marcianos” (Webster, E.U., 1964), el afamado regordete de traje carmesí se tornaría el adversario a raíz de la cinta de 1984 titulada “Noche de Paz, Noche de Horror”, donde un trastornado individuo (el convincente Robert Brian Wilson) decide disfrazarse de Santa para cometer brutales asesinatos. Esta cinta en particular alcanzó un alto grado de notoriedad en los E.U. donde las infaltables asociaciones de padres de familia vociferaron hasta el desahucio contra el filme, transformándolo en un éxito taquillero que erogaría en varias secuelas, un reciente remake destinado directamente al DVD (el cual tiene una factura profesional e incluso se torna disfrutable, pues no se le pueden poner peros a un Santa con lanzallamas) y planteando una formula que emularían otros proyectos como “No Abrir Hasta Navidad” (Purdom, E.U., 1984), “Santa Claws” (Russo, E.U., 1996) o “Santa’s Slay” (Steiman, E.U., 2005) con el famoso luchador Goldberg haciendo ver su suerte a Fran Drescher y James Caan con sorna y desparpajo. Incluso la misma Navidad mostraba grados de antagonismo en cintas que en cierta forma han superado la prueba del tiempo y se han consolidado como clásicos modernos como es el caso de “Gremlins” (Dante, E.U., 1984) donde las criaturas del título causan estragos en un pequeño pueblo norteamericano con tal efectividad que sus brutales andanzas no tendría el mismo impacto si ocurrieran en otro espacio cronológico, tornándola una versión demente de “¡Qué Bello es Vivir¡” (Capra, E.U., 1942); la hilarante comedia ácida de Alex de la Iglesia titulada “El Día de la Bestia”, un relato sobre la Navidad, el Anticristo, la religión y el heavy metal tan desquiciado que su revisión constituye anatema navideña y la avinagrada insulina contra la sacarosa de estas fiestas en forma de “Un Santa No Tan Santo” (Zwigoff, E.U., 2003), con Billy Bob Thornton dando cátedra de incorrección política como un Santa Claus de centro comercial que se alía con un enano afroamericano y un niño regordete para robar dicho establecimiento, erogando en un efectivo y mordiente humor negro como la brea.
A través de estos trabajos, incluyendo la recién estrenada “Krampus: El Terror De La Navidad” (Dougherty, E.U.), se consolida la relativa amenaza que sugiere el título de la columna de este día y las posibilidades de generar escalofríos en esta época donde las sonrisas predominan y los buenos deseos se comparten, aún cuando algo o alguien siempre te ve, y sabe si habrás de ser recompensado si has sido bueno o esperar lo peor si fuiste malo en el máximo despliegue de sanción maniquea donde un carbón en el calcetín será lo menos desagradable que acontecerá.
¡Feliz Navidad!

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