El verdadero peligro no es Trump, sino la corrupción

Por Jesús Álvarez Gutiérrez

El peligro real no es Trump, es la economía. Trump es un orate que no tendría ninguna posibilidad de ganar si la economía mundial estuviera entregando los resultados largamente esperados. Trump gana adeptos cada vez que falla el libre flujo de personas y mercancías. La corrupción, la inseguridad, la inequidad fiscal y la gravísima concentración del ingreso están ocasionando el descrédito de las libertades. Al punto de que muchos empiezan a creer que son las libertades las que deben cancelarse y no las corruptelas.
¿Por qué el Tratado de Libre Comercio ha dejado tan decepcionados a los estadounidenses como a los mexicanos? En el mundo en desarrollo, México es justamente uno de los países de menor crecimiento en los últimos 30 años. La crisis de 2008-2009 terminó de hundir el producto por habitante, que ha retrocedido hasta alcanzar el nivel de principios de los años cincuenta. Así no se puede enfrentar ninguno de los grandes problemas nacionales tales como la pobreza, la marginación, la informalidad y la criminalidad, ni mucho menos los severos rezagos en educación, salud, seguridad y pensiones.
Algunos insisten en que las llamadas reformas estructurales llegaron tarde o partieron de premisas falsas. Hace poco el economista e investigador mexicano, Jaime Ros Bosch, advertía en contra de quienes creen que el Producto Interno Bruto no crece por que la productividad de los factores no aumenta, como si la productividad fuese una variable independiente, casi casi mágica. Para Bosch, la productividad no crece simple y llanamente porque la economía no crece.
Y no podemos romper este perverso círculo si apostamos todo a más de lo mismo: Mantener frenada la economía mediante políticas de contención salarial y monetaria.
Sólo han tenido éxito las reformas que están logrando abrir la competencia, como en telecomunicaciones. El secuestro del proceso de toma de decisiones en la hechura de las políticas públicas, ha provocado el descarrilamiento del resto de las reformas.
La corrupción está en la raíz del subdesarrollo de un país. Un gobierno corrupto corroe como cáncer a una sociedad. El presupuesto desviado nunca alcanza para atender las necesidades sociales y promover la inversión pública en infraestructura básica. La corrupción es difícil de combatir porque permea los diversos niveles de gobierno, las clases sociales, los gremios, las organizaciones, las profesiones. La corrupción desensibiliza, hace parecer natural lo que es profundamente criminal. Más allá de las reformas estructurales, la economía no crecerá y la población seguirá pobre y marginada mientras no reciba hasta el último centavo que le corresponde de los recursos públicos.
Pero también, los servidores públicos deben entregarse con eficiencia y transparencia al cumplimiento de sus responsabilidades laborales y legales.
Cuando la corrupción contamina a los cuerpos de seguridad y de justicia, el Estado se queda sin razón de ser, se pervierte la maquinaria que hizo posible el contrato social original. Los policías y los jueces, responsables de procurar e impartir justicia, terminan al servicio de la actividad criminal. La inseguridad y la impunidad acaban con cualquier esperanza de mejora en el bienestar de la población, no importa cuántas reformas macroeconómicas o microeconómicas se echen a andar.
La inequidad fiscal es una forma perfecta de organizar la corrupción, la inseguridad y la impunidad. El propio Estado determina que paguen menos impuestos quienes más riqueza tienen. Y todo esto conduce a una gravísima concentración del ingreso, donde el 1% pronto terminará acaparando todo lo que el otro 99% necesita para vivir y, en muchos casos, apenas sobrevivir.
En materia de salud, por ejemplo, algunos especialistas me han hecho ver situaciones verdaderamente alarmantes. Aunque México elevó la esperanza de vida de su población gracias a campañas de vacunación y erradicación de enfermedades transmisibles, resulta que casi la mitad de las causas de muerte son hoy día “evitables” y “en exceso evitables” ya que responden a padecimientos derivados de la pobreza y marginación. Es la mala alimentación la causante de la desnutrición, el sobrepeso, la obesidad, la diabetes, así como las enfermedades hipertensivas y del corazón. Cada año mueren más de 100 mil personas por causa de la diabetes mellitus, y 150 mil por enfermedades cardíacas (isquémicas, cerebrovasculares, hipertensivas). En ambos grupos la mortandad ha aumentado 60% en diez años.
El nivel de riesgo y desprotección en que viven la niñez y la juventud mexicanas se refleja también en varios indicadores. La tasa de mortalidad infantil sigue arriba de 12 defunciones por cada mil niños nacidos vivos, muy alta en comparación con estándares internacionales. Por otra parte, las defunciones accidentales y violentas en adolescentes y jóvenes de 15 a 19 años suman más de 50 mil en los últimos diez años, somos un país letal para los jóvenes.
Los salarios precarios obligan a ambos padres a trabajar jornadas muy largas que les impiden actuar en favor de sus hijos. No hay manera de proporcionarles una alimentación sana, nutritiva y suficiente. No hay quien apoye a los maestros para garantizar una educación de calidad. En fin, tampoco hay quien pueda consolidar ecosistemas de deporte, recreación y esparcimiento que ayuden a resarcir el tejido social.
Y así, ¿qué papel juega la corrupción en la economía? Determinante.