Josemaría León Lara

La Revolución Mexicana, es un episodio histórico nacional que durante cerca de un siglo ha sido mal contado y por ende mal interpretado. Desde partidos políticos hasta sindicatos, han utilizado a la Revolución como medio de legitimación, mismos que a la fecha cabe la duda razonable de su permanencia en el México actual.

Pero hablar de la Revolución Mexicana como un absoluto también es incorrecto, puesto que lo que conocemos como tal en realidad fue más de una sola revolución. En efecto, existieron varias “revoluciones mexicanas” y aunque la historia oficialista pretenda decir lo contrario, cada uno de los caudillos protagonistas luchaban por causas distintas; esto atiende primeramente a la ubicación geográfica de cada campaña y de las necesidades sociales (o personales) de cada lucha.

Madero, hoy recordado como el “apóstol de la democracia” hizo un llamado a las armas con la finalidad de instaurar un verdadero sistema democrático en el México de principios de mil novecientos, para dar paso a quizá las únicas elecciones libres del siglo pasado. Una vez lograda la dimisión del General Díaz para dar paso a la elección de Pancho Madero, se podría decir en estricto sentido que la “Revolución” cumplió sus propósitos y habría de haber terminado.

Algo es cierto, la presidencia de Madero se vio marcada por traiciones y falta de tacto político, tal como dejar como parte de su equipo a gente cerca a Don Porfirio, mismo error cometido noventa años después por Vicente Fox al dejar formar parte de su gobierno a gente de la hegemonía de la dictadura perfecta (algunos dicen que la historia mexicana es cíclica). Tal parece ser que el gobierno de Madero y Pino Suarez dejó mucho que desear, lo que dio paso a las traiciones y a nuevas revoluciones.

Una vez terminado el régimen de Porfirio Díaz, la aparente posibilidad de que cualquier persona pudiese llegar a Palacio Nacional, despertó la ambición tanto de civiles como de militares. Solo de esta manera se puede comprender lo absurdo de la etapa conocida como: La Decena Trágica; misma que terminó por concluir con el Golpe de Estado “legal” de Victoriano Huerta.

Constitucionalmente hablando tras la ausencia del presidente, la línea directa de sucesión recaía en el vicepresidente y en ausencia de éste sería el Ministro de Relaciones Exteriores, y a falta de éste último sería el Ministro de Guerra. Por lo mismo, la toma de protesta de Huerta en estricto sentido fue apegada a derecho; al inhabilitar al presidente y al vicepresidente por encarcelamiento, el ministro de relaciones exteriores Pedro Lascurain toma protesta como presidente por el extenso periodo de cuarenta y cinco minutos, para acto seguido renunciar a favor del conocido como El Usurpador.

El chiste le duró a Victoriano Huerta poco menos de año y medio, al verse obligado a renunciar el quince de Julio de 1914; la falta de reconocimiento de los Estados Unidos y particularmente el movimiento de Carranza fruto del Plan de Guadalupe habrían de ser las principales causas de que iniciara la segunda etapa de la revolución, o mejor dicho: la segunda revolución.

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