Carlos Reyes Sahagún

Cronista del municipio de Aguascalientes

El lunes 14 de marzo viajé a México para asistir a un concierto de los Rolling Stones. El traslado tuvo lugar en la mañana de ese día, así que decidí que era esa una buena oportunidad para leer este nuevo libro de Ricardo Orozco Castellanos, El tranvía del doctor Freud y viceversa porque, ¿qué mejor para un viaje, que un libro de relatos de viaje?

Entonces, en el transcurso de las horas de camino rumbo a México alterné la visión del campo de fines de invierno, seco y requemado, con los paisajes europeos que Ricardo provee en su libro de manera generosa y evocadora. Por un momento cerré los ojos, y mi compañero de asiento, efímero compañero de viaje, me preguntó si no se podía leer…

En rigor no fue ese el motivo de mi gesto, que más bien respondió al hecho de que a veces la mejor manera de ver algo es cerrando los ojos; a veces… A eso me invitaron las líneas que acababan de pasar ante mis ojos, justo en Viceversa, el relato que abre el volumen, y que indudablemente dispara cualquier imaginación medianamente viva. Y dice: Extrañaban, por supuesto, el tibio aroma seductor de su ciudad, que era sin duda la mejor ciudad para enamorarse, para extenuarse en la gimnasia sudorosa del aunado placer de los enamorados.

La cita da una tónica de los senderos que el autor recorre a través de su escritura; la manera como a lo largo de nueve relatos nos invita a acompañarlo por ciudades, museos, salas de concierto, tranvías, cafés, los puentes del Moldavia, en experiencias que confrontan la realidad con la ficción; lo que querríamos que ocurriera de cara a aquello que sucede, y cómo de pronto eso que pasa resulta insatisfactorio, pero al mismo tiempo no deja de ser sorprendente, como en este primer relato, y aun cuando en su Insomnio con Mozart el autor declara que no quiere dar a este relato el tono de una guía turística, también señala que no resiste la tentación de dejarse maravillar por tantas visiones y sensaciones. Por esta razón, a final de cuentas es eso lo que hace: ofrecernos una guía personal, enriquecida por deliciosos detalles literarios, musicales, cinematográficos; una invitación a viajar a Salzburgo, a Praga, para perder la línea que separa lo real de lo soñado y lo imaginado, y sentirse un hombre en tránsito, un ser provisional, un poco virtual, a medio camino entre las tablas de un teatro y la pantalla del cine.

Los relatos que Ricardo nos ofrece admiten una doble lectura: por una parte, quien es invitado a través de esta guía ilustrada -no por imágenes, sino por la ilustración que provee el autor- a experimentar las ciudades que el escritor visita con su pluma y sus recuerdos. En el otro lado está una lectura más fecunda aún, que es la de quien ha recorrido las ciudades que el autor recrea para el lector, porque entonces se plantea la posibilidad de establecer un diálogo pletórico de gozo y nostalgia, como reunirse ante una mesa para compartir experiencias y recuerdos al calor de una taza de café y una porción del salzburgués pastel sacher.

Por eso El tranvía del doctor Freud y viceversa no es sólo una guía turística como tal, sino más bien una guía de viaje. Esta palabra, viaje, tiene un significado profundo que abarca y supera a aquella otra de turismo, porque al principio, en medio y a final de cuentas, la vida es un viaje, y me parece que esta idea permea a lo largo de todos los relatos, en donde Ricardo nos lo expone con diversas luces y distintas perspectivas, todas ellas enriquecedoras.

En verdad la idea del viaje es apasionante, algo que gravita en nuestro ser con una apasionada palpitación; algo tan excitante como la vida misma, y que se mueve en las páginas de esta obra. A final de cuentas, y en contra de las apariencias, todo el universo está inmerso en un viaje, las estrellas, los planetas, nosotros, todo. La vida es un viaje, una peregrinación a los santos lugares de nuestro ensueño, lo que nos enseñaron cuando niños, lo que vimos en una película memorable, lo que leímos en un libro que conservamos con afecto; aquello que nos contó la persona amada.

La vida es un gran viaje con múltiples dimensiones. Su esencia es el carácter efímero de las cosas; pasajero, porque en última instancia nada es definitivo, y por eso a todo hay que sacarle el mayor jugo posible. Tantas facetas tiene el viaje que incluso Ricardo imagina aquella en la que el personaje se traslada a otras tierras a través de las guías, los boletos de los museos que le obsequian, los programas de mano de conciertos, etc. Por otra parte, y para cerrar el ciclo, a manera de preludio del final, está también el no viaje, la historia del hombre que hipoteca su patrimonio y con este acto arriesga a su familia, con tal de realizar el viaje de sus sueños…

Todo está presente en este volumen que, sospecho, no es otra cosa que las memorias de viaje que Ricardo ha ido acumulado, la forma de desahogo que necesita quien escribe, esta necesidad de evitar que el olvido haga su labor y destruya todo aquello que fue acumulándose en los ojos; en los oídos, en el paladar.

Sospecho que es así porque se advierte el calor que genera una escritura emocionada, esa que va más allá del puro ejercicio técnico, y que a través de la palabra escrita recupera la experiencia perdida, ese estar aquí para revivir la experiencia de estar allá, y fijarla en palabras.

En este sentido, se advierte el cuidado infinito para encontrar el término exacto, pertinente, y colocarlo en su lugar, a fin de armar una serie de relatos desbordantes de gozosa nostalgia por lo visto de una manera, o nunca visto de otra, o apenas entrevisto en esta, que también es una guía de viaje para la sensibilidad, lo que eleva nuestra calidad humana; lo que hace de la vida una experiencia que invita a la gratitud, algo digno de remembranza.

(El pasado 19 de abril, en el contexto de la celebración mundial del día del libro, se presentó el más reciente trabajo de Ricardo Orozco Castellanos, El tranvía del doctor Freud y viceversa. Este texto fue leído en dicho acto) (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).