RODRIGO ÁVALOS ARIZMENDI

Lo ocurrido en París, desde mi punto de vista, tiene unas repercusiones sumamente complejas y paradójicas en algunos casos. La primera reacción de un estado, cuando sufre un golpe terrorista de estas dimensiones, es el endurecimiento. Es un poco lo que ocurre con el cuerpo humano cuando se sufre una herida o se incrusta una astilla o un pedazo de vidrio; de inmediato se hincha el tejido afectado y viene todo el ejército de los anti cuerpos a atacar la parte en donde hay una agresión. En el cuerpo social, en los estados, ocurre lo mismo. ¿Qué fue lo primero que perdieron los neoyorkinos después de los ataques a las torres? Perdieron el sueño y la tranquilidad. ¿Qué es lo que hoy no hay en París? No hay momentos para dormir, no hay tranquilidad para soñar, y hay un incesante sentimiento de vulnerabilidad, en el que el estado necesita aplicar toda su potencia; pero de manera paradójica, así como en los E.U. el resultado fue la pérdida de las libertades reflejada en el acta patriótica, que permitía todo en el nombre de la seguridad, ahora en Francia ya dice el presidente que éste estado de emergencia se extiende por tres meses más y se modifica la constitución en Francia, para darle un marco jurídico constitucional legal, a la nueva situación de la vida francesa. Lo cual quiere decir que el terrorismo pega, pero después deja un sedimento que tarda mucho tiempo en asimilarse hacia una nueva realidad, en la que disfruten aquello que están defendiendo, y aquello que evidentemente están atacando los terroristas que es su manera de vivir. La manera de vivir de la Europa industrial, próspera, de la diversión, del tiempo libre, del salón de música, del concierto, del Bataclan. Bueno, esa es la que ya no van a poder disfrutar tranquilamente. El terrorista golpea pero al mismo tiempo los transforma. Y si en el momento del primer golpe todos fueron víctimas, paulatinamente todos comienzan a ser sospechosos. Empiezan los allanamientos. Empiezan a funcionar de manera excesiva y rápida los anillos de seguridad. Cualquiera que haya sido visto con un hombre aparentemente levantino, del medio oriente, es automáticamente fichado. No quiero imaginarme cómo vive hoy cualquier francés que se llame Mohamed; así sea Mohamed Dupont, y su padre, su abuelo y su bisabuelo hayan nacido ahí. Hoy todos son víctimas del miedo. Y esa es la herencia del terror, y eso es lo que los libros de historia nos enseñaron, que primero vino la gran revolución, que nos trajo los derechos del hombre, y después, casualmente en Francia, vino el terror de la guillotina y los miles de muertos y decapitados por las órdenes de Richeliu, Fouché, y de todos los hombres que continuaron por la vía del terror la revolución francesa. Es realmente una paradoja que por la defensa de los valores amenazados comiencen a conculcar el resultado de esos mismo valores en la vida social. Además no hay otra solución. Y aparte de todo, el cuerpo social reacciona de manera unánime, y dice: “Sí venga el control, venga el control del estado para protegernos. Pero finalmente la última amenaza de los terroristas siempre se cumple. No van a poder vivir nunca más con la tranquilidad del día anterior toda la vida de los que vivieron cerca o lejos, de los que tuvieron un amigo, un cercano, un pariente, o un conocido. Eso ya quedó teñido con el rojo del miedo y el rojo del terror.

 

EL SECUESTRO EN MÉXICO

Escuché en días pasados unos comentarios que hizo la señora Isabel Miranda de Wallace, sobre ese delito que ya se ha enquistado en la vida mexicana: El secuestro, y que es tan grave y tan terrible porque lastima no solamente a la víctima directa, con el impacto de sentirse privado de la libertad, de la vida, vejado, burlado, encerrado, encadenado a veces, mutilado, zaherido, en fin, todo lo que queramos imaginar que le puede pasar a un secuestrado, y más aún, a una secuestrada. Lo estamos viendo como algo que al parecer no tiene una verdadera erradicación en las conductas criminales del país. Es uno de los pocos delitos para los cuales se tiene una figura mayor de persecución, que se llamó el “Zar contra el secuestro”, y ese Zar es ahora el comisionado nacional de seguridad pública, lo cual podría decirnos que ambos delitos tienen necesidad de gente del mismo calibre, de la misma capacidad. Y si bien, hasta las organizaciones como ésta de “Alto al Secuestro” reconocen que el gobierno federal ha hecho muchas cosas en el avance de la investigación y la captura de las bandas que se dedican a este crimen, también nos encontramos que al llegar a las cárceles, no solamente no se les impide seguir con su “trabajo”, sino que también se les alienta, a través de un mecanismo de corrupción, en el cual, casi todos lo han dicho en algún momento, parte de lo que se recauda por un secuestro, le toca a la gente que permite la operación desde los penales. No se sabe en qué proporción, pero habremos estado viendo desde hace meses los diagnósticos más crudos sobre la vida penitenciaria en México, que es verdaderamente de terror. No se sabe si es mayor el terror que sienten los franceses con lo que les está pasando, que el terror de ver como mal funcionan las cárceles en éste país.

No podemos dejar de lado que el caso que mayor atención ocupa en México y en el mundo, sobre las condiciones de la vida mexicana, que es lo que ocurrió en Iguala. Eso comenzó como un secuestro masivo. Fue el secuestro de estos jóvenes que iban sobre los autobuses previamente capturados para los fines extraescolares, que a ellos les son frecuentes y convenientes y casi casi crónicos.

El secuestro puede tener un origen político; también puede tener una motivación de orden económico, para extorsionar usando la vida de una persona como moneda de cambio, como punto de presión, como le ocurrió a Charles Lindbergh, o como le sucedió a Frank Sinatra, con su hijo Frank Sinatra Jr., o a tanta gente famosa, o puede ser parte de la operación del crimen organizado, que es lo que parece determina las características del secuestro en México. También hay lo que se llamaría el secuestro de estado, que generalmente se conoce como la desaparición forzada, que es cuando agentes del orden público se llevan a una persona, ya sea para fines de investigación o de venganza –o de cualquier otra cosa-, o los desaparecen, y simplemente no se vuelve a saber nada de ellos, ni siquiera con el paso del tiempo.

Creo que esta llamada de atención que hace el grupo de la señora Isabel Miranda, no porque ya se haya hecho en otras ocasiones debe ser desestimado, no; no es la primera vez que escuchamos esto y eso es lo que le da el verdadero matiz de su gravedad. Que lo escuchamos hace un año y hace dos y hace 5 o 10 años y con mucha frecuencia se sabe de algún conocido al que le llamaron por teléfono y con el llanto de un niño o muchacha que grita ¡papá!..¡papá! Los extorsionadores amenazan con llamadas falsas, llamadas ficticias de extorsión. Y todo eso ocurre desde las cárceles. Por eso no se puede entender cómo es posible que la cárcel siga siendo el escenario de la alta graduación académica del crimen en este país y no encontremos forma de resolver el problema de las prisiones, que es en donde la cadena se vuelve a anudar con el origen del delito y entonces de nada sirve meter a la gente a la cárcel. En México una de dos: O porque desde ahí sigue operando, o porque si no puede seguir operando solamente desde ahí, hace un túnel ¡y se va! Entonces las cárceles para qué sirven, si no es para los grandes negocios cotidianos en los que todo se vende: el agua, el uniforme, no hacer el aseo, el pase de lista, la protección, todo en la cárcel es materia de exacción para los reos, y esa es la peor violación que pueda haber no tan solo de sus derechos humanos sino también la violación de todas las leyes que en este país buscan la protección y la reinserción social, que no deja de ser una frase absolutamente ridícula e incumplida a lo largo del tiempo.