Josemaría León Lara

El 18 de noviembre de 1928 se estrenó el primer corto sonoro de dibujos animados de la historia, en donde se dio a conocer a quien se convertiría en el personaje de caricaturas más famoso del mundo. Aquel cortometraje producido por un hombre de origen humilde, oriundo de Kansas, de nombre Walter Elías Disney, rompería el paradigma de la animación; con el nacimiento de Mickey Mouse se logró lo que hasta ese momento se consideraba imposible, cambiando para siempre la forma de hacer entretenimiento.

Hoy en día la inmensa mayoría de la población mundial identifica la marca “Disney”, y es que no está para menos, puesto que The Walt Disney Company es la empresa más grande en materia de entreteniendo que existe, ya que no se trata únicamente de las películas animadas sino también de sus parques temáticos en tres continentes, de sus cruceros, de sus múltiples productoras e inclusive el canal de televisión ESPN. Y lo increíble es que como el mismo Walt lo dijo en su momento: “I only hope wenever lose site of one thing, that it all started with a mouse” (sólo espero que nunca olvidemos algo, que todo empezó con un ratón).

Más allá de la mitificación del personaje, Walt Disney era un hombre con una imaginación prodigiosa, capaz de lograr todo aquello que se proponía a base de esfuerzo, dedicación, pero sobretodo tenacidad. Fue alguien que veía más allá de sus limitaciones siempre en aras al progreso; quien curiosamente basó su vida y obra en la imprescindible capacidad de asombro y el genio de lograr lo imposible a través de los sueños (“si lo puedes soñar, lo puedes lograr”).

Al conocer tanto sus talentos como defectos, Disney fue lo suficientemente humilde para reconocer ambos tanto a nivel personal como empresarial, puesto que su siempre mano derecha, Roy su hermano, se encargaba de las cosas financieras y él a lo que mejor sabía hacer, explotar su imaginación y creatividad. Más no todo siempre fue miel sobre hojuelas, pues en sus primeros años pareciera que la quiebra era una vieja amiga. Sin embargo, la siempre determinación de ir hacia adelante lo convirtió en el personaje querido y admirado por muchos.

El señor Disney es el claro ejemplo de que el sueño americano puede ser conquistado por quien sea, algo que en la segunda década del siglo XXI no parece nada más que una utopía; cierto es que el mundo no es el mismo que el que le tocó vivir a Walt, pero hay ciertos factores que se han perdido por mera omisión, o quizá también por propia voluntad, se trata de la capacidad de asombro, de maravillarse con lo simple y bello, de la imaginación, de los sueños y, sobretodo, de la esperanza.

La mediocridad en masa, las nuevas tecnologías, el conformismo y la indiferencia, han provocado que dejen de existir la manera individual de pensamiento, el raciocinio lógico y, por supuesto, la naturaleza única e irrepetible de cada ser humano. Hoy en día nos da pereza pensar, por ello repetimos lo que alguien más ha dicho y lo vendemos como algo propio, como también preferimos no aspirar a nada mejor, y no es porque no se conozca ese algo mejor, es que ni siquiera nos interesa conocerlo; nos hemos convertido en borregos sin voluntad que optamos por seguir a líderes falsos y no levantar nuestra propia voz.

El mundo está cambiando económica y políticamente, pero no parece que sea el mismo caso socialmente. Seguimos inmersos en nuestra comodidad globalizada y no estaremos listos para cuando llegue la verdadera batalla; es menester hacer ya un cambio para tener un mejor futuro y en este caso valdría la pena voltear al pasado para entender de una vez por todas que podemos ser capaces de todo aquello que nos propongamos a base de esfuerzo, dedicación, entrega y trabajo, no engañándonos a través de absurdos “decretos”.

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@ChemaLeonLara