1ª Función
“TOMORROWLAND: EL MUNDO DEL MAÑANA” (“TOMORROWLAND”)
En los años cincuenta, Walt Disney incorporó una sección a su Tierra de la Fantasía entre el Matterhorn y Los Piratas del Caribe conocido como “El Mundo del Mañana”, su visión del futuro, uno pasado por el filtro del milagro atómico donde la tecnología se muestra como la herramienta para la hegemonía social que pavimente el camino a una utopía de lujo. La ciencia ficción de aquel entonces validó su visión al poblar las pantallas con promesas de armonía y bienestar global mediante un sistema tecnocapitalista avalado por la deslumbrante demolición de los imperios fascistas europeos. Pero a la larga, ese mismo sistema se desenmascaró como el verdadero enemigo, obligando a sus acólitos a bajar la mirada y a temer por el fin del camino. Ahora la ingenua contemplación de Disney sobre el porvenir es una ilusión que encuentra un vocero eufórico en el director Brad Bird y su más reciente película, cuyo título es siamés de aquel segmento del parque de diversiones donde aún se celebra el milagro de la modernidad mediante viajes espaciales, cohetes adheridos a la espalda y armas de rayos, la dosis de imaginería futurista que sólo ese pedazo de Americana cincuentero puede brindar. “Tomorrowland”, la película, aspira a recuperar ese infeccioso espíritu de la fantasía de antaño, promoviendo el ánimo complaciente como vía para recuperar el optimismo colectivo y base para su argumento, pero más allá de un entretenido divertimento de matiné, la cinta nunca recupera la capacidad de asombro ya perdida en un espectador que tiene en la sala contigua a “Mad Max” como muestra de un futuro más contingente y da como resultado un fatigante espectáculo que jamás deja de sonreírnos ante la perspectiva de un mundo mejor, pero que no inspira una sonrisa propia en la audiencia por el desgaste casi inmediato de sus recursos narrativos. George Clooney es el protagonista interpretando a Frank Walker, un hombre que en su juventud le fue convidada la posibilidad de una sociedad utópica beneficiada por los avances científicos gracias a su propia invención: un cohete propulsor personal (inspirado en “El Rocketeer” y “Comando Cody”, entre otros). Ahí, se encariña de Athena (Raffey Cassidy), una niña-robot que lo guía por este paraíso casi ucrónico que a su vez se transforma en desencanto para Frank, pues ella siendo sintética no corresponde a su afecto. Corte y llegamos al presente, donde una vivaracha y curiosa joven llamada Casey Newton (Brito Ropbertson) le es impuesto un pin con el logo de “Tomorrowland”, el cual le muestra atisbos a tan fantástico lugar. Su pesquisa la lleva al encuentro de Athena y Frank, quienes deben regresar a ese Mundo del Mañana para rescatarlo de los nefandos planes del gobernador Nix (Hugh Laurie), pues ha dispuesto que el inminente fin de la humanidad es sólo jerarquía de este mundo y se niega a compartir la promesa de un mañana más esperanzador. De esta forma, el relato se debate entre la aventura en su faceta más tradicional (persecuciones, robots emisarios-sicarios, armas de rayos, chistoretes, etc.) y la homilía más densa que un sacerdote predicando en San Antonio un domingo a las ocho de la noche. La sana intención del director Bird, destacado narrador que ya propuso su enaltecimiento de la moral añeja con mejores resultados emocionales y psicológicos  en “El Gigante de Hierro” y “Los Increíbles”, por impulsar mediante una postura imaginativa la certidumbre en una sociedad cada vez más cínica y desesperanzada, se ve diluida hasta la sublimación al tratar de introducir su mensaje a fuerza de repetición y estridencia, confundiendo inocencia con simpleza y melancolía con desesperación, por lo que el relato no levanta el vuelo narrativo que debiera. Una lástima, porque el reparto hace maravillas con sus planos personajes (en particular Raffey Cassidy, quien logra moldear a su personaje de Athena en uno de los aspectos más disfrutables de la cinta) y Bird se luce en las secuencias dinámicas… pero a nadie le gustan los sermones, y menos en el cine, por lo que la fórmula narrativa no se mide y frena en seco el potencial de esta divertida, pero cansada cinta. Una ironía si consideramos que la tesis del filme es no perder la esperanza, pero esta película simplemente no cree en sí misma.

2ª Función
“TERREMOTO: LA FALLA DE SAN ANDRÉS” (“SAN ANDREAS”)
Inevitable. Es lo único que pasó por mi mente cuando vi esta cinta, pues ahora que Dawyne “La Roca” Johnson al parecer ha agotado su galería de adversarios, el siguiente paso es confrontarse con desastres naturales, y si a esta cinta sólo le falta el subtítulo de “La Roca Vs. Terremoto”, queda más que implícito en su desarrollo, un cataclismo generado por computadora que aturde más que entretener y duerme al insomne más reticente ante una trama y personajes de lo más conjeturable. Dirigida con toda la pereza del mundo por Brad Peyton (a quien ya le debíamos joyas utilizadas en las torturas de la PJ nacional como “Viaje al centro de la Tierra 2” y “Como perros y gatos 2”), la trama no se esfuerza siquiera por zafarse del gastado molde de este subgénero: La Roca debe atravesar junto a su exesposa (Carla Gugino) la Costa Oeste norteamericana para rescatar a su hija (Alexandra Daddario, la actriz con la mirada más espeluznante en la actualidad) una vez que un terremoto ha activado la mítica Falla de San Andrés, colapsando varias ciudades a su paso. Y hasta ahí, pues el desarrollo es la consabida retahíla de tragedias (a desconocidos claro está, pues a los protagonistas no les toca ni el pétalo de una rosa), edificios en estado perpetuo de derrumbe  y los problemas familiares que propiciaron la separación del matrimonio estelar (en este caso, el ahogamiento de una de sus hijas, evento que carga La Roca en su conciencia como debe ser). Eso sí, el protagonista es un dechado de antivirtudes y gandallez pura al mostrarse frío y distante ante las necesidades de sus sufridos semejantes, pues jamás se detiene a auxiliar a otros e incluso “roba” descaradamente vehículo tras vehículo para cumplir su cometido. Un delincuente al que debemos justificar sus acciones sólo por el bien del aplacamiento de “su” conciencia, pues no desea que la tragedia de perder a una hija se repita. Después de tanto escombro digital y aventuras dignas del canal SyFy, uno espera que la próxima fuerza natural con que se mida este musculoso “actor” sea algo digno de su apabullante testosterona… y también para la audiencia, dicho sea de paso.
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