Luis Muñoz Fernández

Para mi esposa y mi hija, a quienes tanto debo

Para los hombres es imposible saber y sentir lo que es ser mujer. Por más información que se tenga y por más amor que se le dispense a la madre, a la hermana o a la esposa, no hay forma de ponerse completamente en su lugar. Uno necesitaría haber nacido y luego haber vivido como mujer para tener plena conciencia de ello. Todo lo demás son solamente aproximaciones, más o menos cercanas a su realidad, pero sólo son acercamientos.

Y no sólo nos referimos al papel que la sociedad sigue imponiendo a la mujer, sino a su condición biológica, su cuerpo, de una influencia determinante. Intentemos por un momento aproximarnos, aun a sabiendas de que nunca lo entenderemos por completo.

Aquel día fundacional en el que, de buenas a primeras, aparece la menstruación. Como en nuestro medio todavía se rebate la pertinencia de una educación sexual sin tapujos desde la infancia, esa primera hemorragia suele ser un hecho desconcertante y catastrófico. El primer aviso de la esclavitud incomprensible, de un grillete mensual que se acompaña de dolor y miedo. Fin de la infancia.

La ocultación de los hechos de la vida ha llegado a su término. La madre tiene que enfrentar lo que tanto temía y había postergado, para explicarle a la hija que acaba de entrar en un mundo lleno de incertidumbres y amenazas. Puede uno imaginar en cuántas hijas esa explicación no es el consuelo deseado, sino la profundización del temor que sólo, con suerte, el tiempo se encargará de disipar. El padre, en la mayoría de los casos, se abstrae, se mantiene al margen… toda su vida.

Y nace al unísono el peligro del embarazo no planeado. La niña en transición a ser mujer todavía no tiene la madurez psicológica ni física para vivir una gestación gozosa, pero su cuerpo no lo sabe. He aquí una divergencia que sólo una buena educación, el apoyo familiar y la genuina preocupación de la sociedad por hacer libres a sus mujeres deberían resolver. Lejos de ello, se deja que el azar se haga cargo. Azar que casi siempre obra en su contra. Se opta por una doble moral: ciega por ignorante, intolerante y presta para castigar a la víctima.

Nuestra sociedad, sin argumentos válidos ante el innegable avance del conocimiento de lo que somos y de lo que son las mujeres, sigue estigmatizando, sometiendo y tutelando la vida de las mujeres. Hay un temor antiguo e irracional a que las mujeres (y los hombres) tomen las riendas de sus vidas. Sobre todo un miedo a que el individuo alcance la autonomía moral. Por ello se privilegia una moral heterónoma (que viene impuesta por otros) para mantener el control de las conciencias. En el caso de la mujer, ese control es una auténtica esclavitud.

Y, sin embargo, algo se avanza. Algunas revoluciones relativamente incruentas –si se comparan con las luchas armadas– han ido liberando a la mujer de sus grilletes. Sarah Blaffer Hrdy, antropóloga estadounidense, atribuye la fortuna de haber podido realizarse como madre y como científica no tanto por haber nacido en una familia acomodada de Texas y haber tenido la oportunidad de estudiar una carrera universitaria, sino a un hecho mucho más elemental: Le debo este lujo a que pude elegir cómo reproducirme gracias a los métodos de control de la natalidad.

La píldora anticonceptiva, desarrollada en los años cincuenta del siglo pasado, hizo mucho más por la mujer que muchas de las campañas, días internacionales y edulcoradas declaraciones de los políticos y gobernantes. Y, sin embargo, los métodos anticonceptivos enfrentan todavía hoy la oposición de los sectores más retrógrados de nuestra sociedad.

Siguiendo aquello que se decía en la Colonia sobre algunas leyes que venían de España, “acátese pero no se cumpla”, los vientos de renovación impulsados por el Papa Francisco, que por vez primera, aunque en el ámbito restringido de la epidemia del virus Zika, permiten el uso de anticonceptivos, chocan contra las ventanas de las cerriles iglesias locales, que se mantienen cerradas a cal y canto con el consiguiente enviciamiento de su atmósfera. Y vale preguntarse: si con el virus del Zika se permitiría el uso de los métodos anticonceptivos, ¿por qué con el virus del sida no? No hay lógica porque la postura dogmática es contraria a la razón. La interpretación monopólica de la intención divina se pone por delante de la evidencia científica, no importa el precio que tenga que pagarse en vidas.

De todas las batallas que ha librado la mujer para hacerse con el control de su propio cuerpo, la del aborto es la más vigente y la que ha originado y sigue generando los debates más enconados, incluso violentos. Es la última frontera de la conquista del continente femenino. Las posturas de quienes se oponen y las de quienes lo defienden son tan radicales e irreductibles que los acuerdos han sido imposibles en muchos países, especialmente los que se encuentran bajo la égida de la Iglesia Católica. Tal vez en un futuro ambos extremos se flexibilicen y acepten dialogar para bien de aquellas mujeres que, siendo pobres y marginadas, hoy mueren o sufren secuelas irreversibles al verse orilladas a un aborto clandestino.

Rehenes de intereses muchas veces ajenas a ellas mismas y habiendo entrado ya en el siglo XXI, las mujeres todavía no son dueñas de su propio destino.

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