El riesgo no está en las máquinas sino en el egoísmo

Por Jesús Álvarez Gutiérrez

En artículos anteriores hemos reflexionado sobre el tema de la robotización creciente de los procesos productivos, que en una década terminará por hacer desaparecer más de la mitad de los puestos de trabajo que hoy conocemos, fenómeno que muchos asocian con un futuro de mayor desempleo y salarios todavía más precarios.

Sin embargo, como bien señala Stephen Hawking, uno de los científicos más brillantes y una de las mentes más poderosas de nuestros tiempos: “Si las máquinas producen todos los bienes y servicios que necesita la humanidad, el resultado dependerá de cómo se distribuyen los beneficios. Todos podríamos disfrutar una vida más feliz y placentera si la riqueza se comparte, o, por el contrario, gran parte de la humanidad terminará pobre y miserable si los dueños de las máquinas secuestran y aniquilan las políticas de redistribución. Hasta ahora, parece que caminamos hacia la segunda opción, por lo que la tecnología está agudizando la desigualdad…”

La posición del Papa Francisco en contra del capitalismo egoísta reinante quedó también clara en los mensajes que pronunció recientemente en México: los intereses de la comunidad deben prevalecer sobre los intereses particulares. “Desgraciadamente –dijo- el tiempo que vivimos ha puesto la utilidad como paradigma de las relaciones personales y sociales… la mentalidad reinante propugna por la mayor utilidad posible a cualquier costo y de manera inmediata… provocando la pérdida de la dimensión ética en las empresas y la explotación de las personas como si fueran objetos para usar, tirar y descartar…”

Ciencia y religión coinciden en el diagnóstico y en las propuestas de solución, como nunca antes. Lejos aquellos tiempos en que un sector de la Iglesia se resistía y condenaba al científico Galileo Galilei por mostrar que la Tierra no es el centro del universo sino sólo un pequeño planeta vagabundo que gira alrededor del sol…

Hoy día, tanto los premios Nobel de Economía como los líderes religiosos advierten que debe frenarse la brecha entre ricos y pobres para que la humanidad sobreviva. El mensaje conjunto está dirigido a los líderes políticos y empresariales, es decir, a los tomadores de decisiones de todos los rincones del mundo.

El Producto Interno Bruto de México está creciendo apenas arriba del 2 por ciento anual, un poquito por encima del aumento poblacional que es de 1.4 por ciento; en lugar de subir salarios, la élite económica se va apropiando de ese minúsculo incremento del pastel. Nos escandaliza enterarnos que en 2015, por primera vez en dos décadas, el servicio de la deuda pública fue mayor al gasto ejercido en todos los programas para superar la pobreza. Y, peor, se anuncia para 2016 un nuevo y necesario recorte al presupuesto federal que significará despidos de personal y disminución de inversiones en infraestructura básica.

El consultor Julio Faesler, advierte  que las ambiciosas metas de crecimiento socioeconómico que cada año se prometen y luego se posponen, no podrán realizarse en tanto se agudicen las diferencias sociales. “Mientras las estrategias de desarrollo sigan enmarcadas dentro del principio de que cada actor económico ha de perseguir su propio provecho sin considerar a los demás, habrá insensibilidad y estancamiento”, afirma.

Los políticos tienen que aprender a ser honestos, eficientes y sensibles. Los dueños de las empresas deben estar dispuestos a ajustar sus utilidades para dar paso a salarios y prestaciones dignos para sus trabajadores y sus familias, si no por un principio ético, por lo menos por la necesidad imperiosa de fortalecer la demanda y el mercado de sus propios productos.

Esto último es difícil de entender para los accionistas de sociedades anónimas que cada año incrementan sus ganancias exprimiendo a trabajadores de países lejanos, y cuyas condiciones de miseria desconocen. Ante el argumento de que la competencia mercantil impide realizar metas idealistas, el Papa responde: “Que la ley suprema sea siempre la atención a la dignidad del otro…El altruismo nos debe llevar a rechazar categóricamente que la dignidad de la persona sea pisoteada por las exigencias productivas, que enmascaran miopías individualistas, tristes egoísmos y sed de lucro”.

No hay que tener miedo a los cambios, fue uno de los mensajes más repetidos en todos los discursos que el Papa Francisco nos dirigió. “No hay que conformarnos ni dejarnos vencer por la resignación”. Especialmente enfático fue al referirse a “la falta de oportunidades de estudio y de trabajo sostenible y redituable que padecen los jóvenes, flagelo que no les permite proyectarse, y los mantiene en situaciones de pobreza y marginación, que son el caldo de cultivo para que caigan en el círculo del narcotráfico y de la violencia”.

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