Luis Muñoz Fernández

… el doctor Rieux decidió redactar la narración que aquí termina, por no ser de los que se callan, para testimoniar a favor de los apestados, para dejar por lo menos un recuerdo de la injusticia y de la violencia que les había sido hecha y para decir simplemente algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio.

                       

Albert Camus. La peste, 1947.

Este viernes 18 de diciembre de 2015 se conmemoró el Día Internacional del Migrante y no habrá sido casualidad que un día antes la revista electrónica Reporte Índigo publicase un artículo titulado “Manos solidarias”, escrito por J. Jesús Lemus, en el que se explica la extraordinaria labor humanitaria de un grupo de mujeres veracruzanas que viven en el pueblo de Guadalupe (La Patrona), perteneciente al municipio de Amatitlán (antes Amatlán), cuyo nombre significa “lugar rodeado de amates”, la fibra vegetal que servía de papel (papel amate) para plasmar los códices prehispánicos y que se sigue usando hoy en día como una de las artesanías más características y apreciadas de México.

A este puñado de mujeres ejemplares se las conoce como Las Patronas y hace 20 años que fundaron el albergue para migrantes más importante de la ruta que se extiende desde la frontera sur de Chiapas hasta la frontera de México con los Estados Unidos de Norteamérica. Como suele suceder en este país, donde el entusiasmo, el esfuerzo y la buena fe de los ciudadanos se premian con la indiferencia, el desprecio y hasta la oposición oficial, desde que el albergue se fundó en 1995 no ha recibido un solo peso del Gobierno Federal.

Ellas solas se encargan de atender a los migrantes que viajan en el lomo de La Bestia, el famoso ferrocarril que recorre el territorio nacional de sur a norte. Todo empezó hace poco menos de 25 años, cuando las hermanas Bernarda y Rosa fueron a comprar la leche y el pan para la merienda que les había encargado su madre. Al pasar junto a las vías del ferrocarril, empezaron a escuchar los gritos de los jóvenes migrantes que les suplicaban algo de comida desde el techo del tren. Sin pensarlo dos veces, les dieron lo que llevaban para la merienda. Regresaron preocupadas a su casa, temiendo la reprimenda de su madre al volver con las manos vacías.

Pero sucedió todo lo contario. Doña Leonila las abrazó y felicitó por lo que habían hecho y juntas decidieron convertir aquel gesto de generosidad en una misión humanitaria. Las primeras raciones de alimentos se entregaron el 4 de marzo de 1995. Al día de hoy han repartido ya más de cinco millones de raciones gratuitas para los migrantes de La Bestia.

Norma, la hija menor de aquella familia de buenas mujeres, inspirada por su madre y sus hermanas, concibió la idea de organizar un albergue para dar cobijo temporal a los mirantes exhaustos. Reporte Índigo señala que, en cuanto al número de migrantes que se atiende, este albergue sólo se compara con el de “Hermanos en el camino”, que dirige el padre Alejandro Solalinde. Casi todo proviene de recursos propios, sin ninguna ayuda gubernamental. A veces reciben ayuda de la sociedad civil o de diversas organizaciones no gubernamentales.

Tal como lo cuenta Reporte Índigo, así se celebró esta fecha señalada:

El Día Internacional del Migrante, en el albergue de Las Patronas no hubo ceremonia oficial. Aquí se festejó como todos los días: hubo frijoles, huevo y arroz para todos los que van de paso y necesitaban comer. Hubo también baños limpios y una cama para los cansados de su peregrinar.

 

A través de este magnífico reportaje conocemos a Julia, una voluntaria que se ha incorporado a la labor de Las Patronas:

 

Julia fue la encargada de atender a los inmigrantes que llegaron este día. Desde muy temprano atendió a sus huéspedes con una vaporosa olla de café. Les ofreció pan y se dio tiempo para platicar con algunos de ellos. Todos le dicen madre, y es como una madre para todos: les ruega para que coman. La mayoría de los inmigrantes que llegan a la casa de Las Patronas, provienen de Honduras. Hay unos cuantos guatemaltecos, que como niños se acercan a ella para contarle las vicisitudes del viaje. Amorosa, los escucha. No ha faltado la ocasión en que tiernamente ha limpiado las lágrimas de algunos de ellos, los que terminan besándole las manos […]

Como si escuchara un llamado de fe, Julia se incorporó a Las Patronas. Decidió, al igual que las otras 11 mujeres que conforman el grupo, dedicar su tiempo y recursos para ayudar a los inmigrantes que cruzan por esa zona de Veracruz, uno de los pasos más peligrosos para los que viajan en el lomo de la metálica Bestia, en donde no se sabe cuál es la peor acechanza, si el hambre y el desamparo o el cartel de los Zetas que los roban, secuestran y extorsionan.

Con sus casi 1.50 metros de estatura, pero con un alma gigante, Julia no para de atender a “sus niños”. Les procura las comodidades posibles. Les ruega para que dejen de estar tristes. Les habla con nombres apreciativos que hacen que se olviden por un instante del miedo que sienten de estar en suelo mexicano, en la tierra de los cárteles. Con exactitud militar organiza los quehaceres del albergue. Manda brigadas de inmigrantes a que laven los trastes, otros se encargan de barrer, unos más asean los dormitorios y los baños.

 

Quienes trabajamos en la sanidad pública conocemos esas caras de temor, de tristeza, de desesperanza. Porque si hay algo que todos los desamparados tienen asegurado es la falta de oportunidades, la ausencia de esperanza para ellos y sus descendientes. La miseria es una cadena cuyos fuertes eslabones se extienden de generación en generación. Todo lo contrario de la oligarquía político-financiero-empresarial que nos gobierna. Para quienes creen poseerlo todo, la gran amenaza no es la falta de lo necesario, sino el aburrimiento y, tal vez en algunos pocos, muy pocos casos, el remordimiento.

Y, sin embargo, ¡es tan fácil conjurar el aburrimiento y el remordimiento! Si lo que se quiere es honrar al precepto más importante de la Ley Suprema Ama a tu prójimo como a ti mismo (Mateo 22, 39 y Lucas 10, 25-37, citando a Levítico 19,18), el prójimo es el más próximo, el que está cerca, el vecino. Por eso ambas palabras son lo que en lingüística histórica se llaman cognados, provienen del latín proximus, que significa semejante, cercano.

Atiéndase pues al que está cerca y nos necesita con apremio. Salvo si nuestro prójimo ya ha visto satisfechas sus necesidades elementales –cosa que en nuestro medio está muy lejos de suceder– o frente a una catástrofe sin importar su ubicación geográfica, se justificará brindar ayuda material más allá de nuestro medio. ¿Qué sentido tiene contribuir a la construcción de un albergue en las inmediaciones de Jerusalén cuando en Aguascalientes todavía no tenemos una red de hospitales públicos que atienda con desahogo y con los más modernos adelantos de la medicina a la mayoría de nuestra población, que es justamente la más necesitada?

Pero también nos falta ese orgullo rebelde de los pobres de otras latitudes que describe Almudena Grandes en su última novela Los besos en el pan (Tusquets Editores, 2015):

La rabia sí, las mandíbulas apretadas, como talladas en piedra, de algunos hombres, algunas mujeres que en una sola vida habían acumulado desgracias suficientes para hundirse seis veces, y que sin embargo seguían en pie. Porque en España, hasta hace treinta años, los hijos heredaban la pobreza, pero también la dignidad de sus padres, una manera de ser pobres sin sentirse humillados, sin dejar de ser dignos ni de luchar por el futuro. Vivían en un país donde la pobreza no era un motivo para avergonzarse, mucho menos para darse por vencido.

 

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