1ª Función
“JOY: EL NOMBRE DEL ÉXITO” (“JOY”)
La cinta abre con un texto declarando estar inspirada en las historias de mujeres temerarias y en particular de quien da título al filme. Corte y nos encontramos en el set de una telenovela que la madre del personaje principal (Virginia Madsen) verá obsesivamente durante el desarrollo de la historia, mientras la abuela (Diane Ladd) narra en off los aspectos introductorios de la trama, en particular los alcances de su nieta Joy (Jennifer Lawrence) en cuanto a liderazgo e independencia y cómo está destinada a ser una mujer de éxito, generando una peculiar paradoja donde, al parecer, la trascendencia debiera jugar un papel primordial en la vida de mujeres que parten de los puntos más ordinarios de la urbanidad -preferentemente primermundista, claro- gritando en silencio que las damas bien portadas tienen un compromiso no enunciado para hacer historia. Y esto es la tesis de “Joy: El Nombre del Éxito”, filme basado vagamente en la vida de Joy Mangano inventora de la Mopa Mágica (un trapeador de génesis artesanal con fibras de algodón y un mecanismo diseñado para exprimirse a distancia) en la década de los 80’s que a la postre se reveló al mundo como todo un fenómeno de ventas gracias al entonces novedoso sistema de ventas por televisión llamado Home Shopping Network, donde ella promocionaba su invención a la vez que se conectaba con el ama de casa promedio mediante su presencia desenfadada y hogareña. El interés que pudiera despertar esta premisa debido a la posible exploración sociológica y humana gracias a su estructura dramática en la vertiente “mujer independiente de clase media baja que conquista su versión del Sueño Americano” termina sucumbiendo ante la sorprendente inconsistencia narrativa que aplica su normalmente fiable director David O. Russell (“El Peleador”, “Juegos del Destino”) al bifurcar su relato en dos vías argumentales que deberían llevar un ritmo paralelo pero en el conjunto de la cinta se perciben inconexas y casi excluyentes ante su trato débil y superfluo. Primero, el retrato de una familia disfuncional que Russell adora mostrar en sus filmes, ahora integrado por unos repelentes sujetos que incluyen al malhumorado padre de Joy (Robert De Niro) y su tirana nueva esposa (Isabella Rossellini) quien aporta el capital para el desarrollo del invento de Joy, así como el ex esposo de la protagonista (Edgar Ramírez), un inmigrante venezolano que, a pesar de su divorcio, vive en el sótano de su casa y se presenta como el único individuo capaz de empatizar y solidarizarse con Joy, incluso si ella jamás muestra un gramo de reciprocidad al respecto. Por otro lado, atestiguamos la lucha de Joy por obtener su patente y las prácticas ilícitas de sus proveedores, quienes buscan estafarla a toda costa cuando se vende como pan caliente. Todo mientras trata de sacar adelante su invento por vía catódica y procurar a su hija pequeña. Russell manifiesta un inquietante desapego por su historia y personajes, los cuales quedan a merced de sus intérpretes con desiguales resultados (De Niro hace lo que puede con su arquetípico papel mientras Rossellini sobreactúa que da gusto. Lawrence ya comienza a mostrar señales de agotamiento histriónico al desarrollar su personaje con flojera e indecisión, sin llegar al punto adecuado entre decisiva y vulnerable). Para Joy, todos los que la rodean son enemigos potenciales o declarados, y esto no permita exponer algún rasgo psicológico o emocional en el relato más allá del cliché sobre una mujer luchona contra el mundo familiar y corporativo, amén que su director jamás muestra ni por asomo alguna reflexión sobre la ironía que significa el empoderar a un personaje femenino que se esfuerza por vender un producto que mantenga a sus clientas aseando la casa. “Joy: El Nombre del Éxito” termina siendo un pequeño desastre narrativo que ningún trapeador milagroso podría limpiar.

2ª Función
“LA GRAN APUESTA” (“THE BIG SHORT”)
Debo comenzar confesando que la gramática bursátil me elude. Simplemente no puedo asumir o manifestar algún entendimiento pleno de los reportes financieros que ponen en alerta a los economistas, políticos y especuladores cada vez que un líder de opinión en informativos matutinos o nocturnos da su reporte sobre el Dow Jones, y tal vez, en este mundo donde las apariencias son la moneda con que se paga la credibilidad -o en este caso, la credulidad-, ni siquiera ellos comprendan cómo opera o funciona en realidad ésta brújula sociopolítica ahora indispensable para el desarrollo o ruina de países que es la bolsa de valores y los manoseos que de ella hacen los bancos. Pero “La Gran Apuesta” hace algo que se antoja milagroso: explicar con elementos de pasmosa elementalidad los complicados eventos que llevaron al estallido de la burbuja económica en el 2008 sumiendo al mundo entero en una crisis financiera mientras entreteje una narrativa que entretiene y desarrolla un cuadro de personajes rico y muy dimensionado. La trama se centra en cuatro grupos de comerciantes quienes descubren que los préstamos para vivienda que sostenían la mayoría de la economía norteamericana fueron diseñados sobre formatos crediticios insostenibles, reempacados y aprobados sin verificación alguna por la banca. El personaje pivotal es Jared Vennett (el eficaz Ryan Gosling), un insolente, cínico y francamente mamón hijo de Wall Street que constantemente rompe la cuarta pared para allanar directamente al público los puntos argumentales que comienzan a anudarse por la jerga económica, a la vez que contacta con los otros personajes vitales para esta historia basada en  hechos reales: Michael Burry (un excelente Christian Bale), genio economista con un ojo de vidrio (símbolo inequívoco de su estatus como oráculo) quien capta por vez primera el potencial desastre bursátil años antes de que ocurra, mas no se le toma en serio por su conducta excéntrica (duerme en el piso de su oficina, escucha death metal para relajarse y prevé tendencias en el mercado de intercambios mucho antes de que éstas sean detectadas por los analistas); Mark Baum (Steve Carell en su mejor papel a la fecha), un irascible y paranoico contador que pone en duda los informes oficiales de Wall Street y la Banca Norteamericana cuando detecta una tendencia a la baja en los intereses de los préstamos de vivienda, lo que terminará saturando el mercado de compra al punto en que un pasmado Baum se aterroriza al escuchar de los labios de una teibolera que posee 5 casas y un condominio. El desastre se aproxima. Por último, dos financieros jóvenes (Finn Wittrock, John Magaro) logran generar un plan para enriquecerse apostando en contra de la economía estadounidense a percatarse de estos eventos, por lo que acuden con un especulador retirado (Brad Pitt) que es la perspectiva del experto en su oficio pero a la vez planteando los aspectos de índole moral en el procedimiento (“Si aciertan” les sentencia a estos dos mozalbetes “entiendan que millones de personas perderán su trabajo y las familias quedarán en la calle…”). La dirección corre a cargo del especialista en comedias Adam McKay (“Al Diablo Con Las Noticias”) y es sorprendente el compromiso que manifiesta con su primer trabajo dramático, construyendo minuciosamente un mundo de causas y efectos globales informando con claridad a los innatos financieros como su servidor los componentes clave de estos sucesos a la par de una revisión profunda y cuidadosa de sus personajes, sus motivaciones y psicología, quebrantando el laberinto de los galimatías bursátiles mediante exposiciones claras e incluso asistidas por celebridades de la cultura pop, trazando una línea muy curiosa entre la denuncia, la sátira y el drama serio. Al término de la cinta uno no puede más que inundarse de una paradójica mezcla de ira por la voracidad de los criminales de cuello blanco que permitieron, en sus desplantes codiciosos, que esta crisis ocurriera a la vez que un amplio gozo por haber asistido a la proyección de esta excelente cinta que nos habla al respecto. Lo que hicieron los banqueros fue un crimen, pero esta película definitivamente no lo es. De lo mejor en cartelera actualmente.

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