Luis Muñoz Fernández

Allí, una joven madre llamada Melachrini Liakou –que es también una de la lideresas incansables del movimiento– me dijo con una confianza inquebrantable en la bondad de su causa que la diferencia entre su modo de ver la tierra, como agricultora de cuarta generación que es, y el modo que la compañía minera tenía de ver el mismo trozo de terreno era la siguiente: “Yo formo parte de esta tierra. La respeto, la amo y no la trato como si fuera un objeto inútil, como si quisiera aprovechar sólo un poco de ella y tirar el resto en forma de desperdicio. Porque yo quiero vivir aquí este año y los que vengan detrás, y pasarla a las generaciones venideras. Sin embargo, Eldorado y todas las demás empresas mineras quieren devorar la tierra, saquearla, vaciarla de su contenido más preciado y quedárselo en exclusiva”, y dejar luego tras de sí lo que ella llamó “una gigantesca bomba química para el conjunto de la humanidad y para la naturaleza”.

 

Naomi Klein. Esto lo cambia todo. El capitalismo contra el clima, 2015.

Un día, un alemán de apellido Riechmann viajó a España y se casó con una mujer andaluza de Ronda, aquel pueblo de la provincia de Málaga que se asienta sobre una meseta cortada por un profundo precipicio que talló el río Guadalevín muchos eones atrás.

Jorge Riechmann Fernández (Madrid, 1962) es nieto de aquel matrimonio internacional, además de poeta, traductor, ensayista, matemático, filósofo, ecologista y doctor en ciencias políticas. Como académico, desde 1995 a 2008 fue profesor titular de filosofía moral en la Universidad de Barcelona, de 2008 a 2009 fue profesor invitado en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid y desde 2009 es profesor titular de filosofía moral en la Universidad Autónoma de Madrid.

Según de puede leer en la presentación de su blog “Tratar de comprender, tratar de ayudar” (http://tratarde.org):

 

Su actividad académica especializada versa sobre transiciones poscapitalistas; ecosocialismo; ecología política; filosofía política “verde”; filosofía de la sustentabilidad; ética ecológica; agroética; ética aplicada a las nuevas tecnologías (biotecnologías, nanotecnologías…); filosofía de la tecnociencia; sociología de los movimientos sociales (especialmente el movimiento ecologista)…

 

No erraríamos al decir que Jorge Riechmann es un hombre de izquierdas –algunos lectores enarcarán las cejas y saltarán las alarmas–, ya que de 1996 a 2008 fue responsable de biotecnología y agroalimentación del Departamento Confederal de Medio Ambiente del sindicato Comisiones Obreras, vinculado en su fundación con el Partido Comunista de España. Además, de 2001 a 2008 fue investigador en cuestiones medioambientales del Instituto Sindical de Trabajo, Ambiente y Salud de Comisiones Obreras y desde febrero de 2015 es miembro del Consejo Ciudadano del nuevo partido político Podemos en la Comunidad de Madrid.

Jorge Riechmann tiene una vasta obra escrita, tanto poesía como ensayo. Dentro de este último y entre otras cosas, ha escrito lo que él denomina la “Trilogía de la autocontención”, que acabó convirtiéndose en pentalogía: Un mundo vulnerable, Gente que no quiere viajar a Marte, Todos los animales somos hermanos, Biomímesis (ahora con el nuevo título de Un buen encaje en los ecosistemas) y La habitación de Pascal (todos en Los Libros de la Catarata, 2000, 2004, 2005, 2014 y 2009, respectivamente).

La autocontención a la que se refiere es la acción deliberada de llevar una vida consumiendo lo necesario, sin derrochar los recursos de nuestro mundo que, como sabemos hoy más que nunca, son evidentemente finitos. Vivir con la conciencia de ser los únicos agentes morales del planeta, por lo que tenemos obligaciones hacia los otros seres vivos (los pacientes morales) y un compromiso ineludible con las generaciones futuras que habrán de sucedernos.

Su pentalogía parte, desde el punto de vista histórico, de dos apariciones que marcan hoy nuestra conciencia como comunidad: la aparición de la humanidad como un conjunto de iguales a partir de las revoluciones francesa y americana durante el siglo XVIII y la aparición de la biosfera como una entidad finita, mortal, vulnerable y amenazada por la acción humana en la segunda mitad del siglo XX.

Desde el punto de vista humano, Riechmann parte de examen de la propia vida en relación con la de los otros seres con los que compartimos el planeta:

“Una vida sin examen no merece la pena vivirse”. ¿Qué vida ha de ser examinada? Mi vida: pero encuentro, de raíz, que es “una vida entre otras vidas”. Aislada, resulta impensable, inconcebible e incomprensible. Necesariamente se halla entre otras vidas, rodeada de otras vidas, entretejida con ellas: vidas tanto humanas como no humanas.

Examinar mi vida, por tanto. ¿Pero según qué criterios? Usando la razón: deliberando para averiguar cómo orientar esta vida, qué figuras deseo para ella, qué entiendo por vida buena, cómo actuar correctamente.

Pero la razón es lo común…: el terreno común, un terreno de encuentro con los otros.

 

Es esta obra de Riechmann una ventana extraordinaria para asomarse a la dimensión ecológica de la bioética. Hoy que la preocupación por la supervivencia de todos los seres que formamos esa biosfera vulnerable y amenazada por la acción humana rebasa el mero interés académico y ha tomado ya tintes de preocupación prioritaria y urgente para todos los seres pensantes y racionales, nuestro personaje encuentra cuatro razones para plantear la reflexión ética sobre la ecología:

La primera es que “no hay razones para no plantearla”, y que más bien tendríamos que preguntarnos por qué hemos tardado tanto en abordar antes cuestiones morales que hoy nos parecen tan urgentes.

La segunda razón es que “nuestra relación con la Naturaleza (con la biosfera) ha entrado en crisis”, y la consecuencia de ello son inseguridades, vulnerabilidades y también desazones morales de nuevo tipo.

La tercera razón puede enunciarse como sigue. La crisis ecológica global puede verse como la consecuencia de “haber llenado el mundo”: los sistemas socioeconómicos humanos han crecido demasiado en relación con la biosfera que los contiene.

Hay una cuarta razón importante. Tanto el capitalismo como el antes llamado (y hoy extinto) “socialismo real” han perseguido la utopía de una sociedad de la abundancia donde se disolverían por sí mismos los conflictos sociales, a consecuencia de lo cual la política y la ética se harían superfluas. Pero esa “abundancia ilimitada de bienes y servicios es una quimera” (y una quimera sumamente peligrosa, por cierto).

 

¿Qué podemos hacer? Para Riechmann, existen tres cosas que son esenciales:

Una transformación interior: abandonar la pasividad.

Una transformación personal: cambiar el modo de vida.

Una transformación de nuestras relaciones sociales: optar por la acción colectiva; organizarnos para defender valores de justicia, solidaridad, emancipación y respeto por la naturaleza; exigir más democracia y luchar por conseguirla.

 

http://elpatologoinquieto.wordpress.com