Alonso Vera
Agencia Reforma

MÉXICO, DF 24-Oct .- Hace 16 años, la universidad en la iba a estudiar medicina se fue a huelga y tuve que desistir. Algunos días después, ya estaba viviendo como novicio en una abadía benedictina ubicada muy cerca de Wimbledon, en donde juegan al tenis, allá en el Reino Unido. Mi maestro de química en la secundaria me había dicho: “si quieres viajar tienes que ser monje o millonario”. Y la primera opción me pareció la más viable.
Tras despertar diariamente a las cuatro de la mañana y aprender a vivir en comunidad, las hormonas me llevaron al otro lado del mundo. Pronto conseguí trabajo cosechando berenjenas en una granja cerca de Townsville, al este de Australia. Viví en una suerte de comuna de mochileros transformados en granjeros, todos ilegales, como yo. Ahí también despertaba todos los días a las cuatro de la mañana, y una mujer –de la cual no recuerdo su nombre ni su rostro– me recogía en una pick-up para llevarme a su granja. Iba conmigo un alemán con doctorado en bioquímica llamado Tom.
Juntos pasaríamos las siguientes 12 horas padeciendo: sufríamos las inclemencias del sol australiano, así como la imparcialidad de sus insectos y reptiles. Sufríamos la diferencia entre nuestra altura y la de las berenjenas. Sufríamos el peso de las cajas ya repletas, la falta de agua y lo mediocre de nuestro almuerzo. “De haber sabido que iba a terminar recogiendo berenjenas con un mexicano en una granja en el otro lado del mundo, jamás hubiera estudiado un doctorado”, me decía. Cuando menos nos lamentábamos juntos.
No me da pena decir que lloré un par de noches esa primera semana. Me enorgullece haber experimentado los rigores del trabajo en el campo; por eso, ahora aprecio más que nunca la labor de los agricultores y campesinos. Y al igual que el cuero, uno se va curtiendo. Aprendí, como el resto, a distraer mis penas con cerveza y caricaturas. Y aprendí a cantarle a la luz del alba y a platicar con las serpientes, y a gozar el reposo de un cuerpo fatigado, el aire fresco del campo y la gentileza de una sombra.
Comí tantas berenjenas durante aquel arduo periodo que, aún hoy, me cuesta trabajo digerirlas. Sin embargo, ahorré lo suficiente para aprender a bucear y continuar con mi primera vuelta al mundo en soledad. Luego trabajé como músico callejero y aprendiz de brujo, pero también como guía de buceo, lava trastes y otras labores que nada tenían que ver con el camino que yo había elegido originalmente: la medicina. Al menos,eso era lo que pensaba.
De aquella primera vuelta al mundo eventualmente volví a “casa”, y desde entonces la escribo entre comillas, pues mi hogar se convirtió en un estado de ánimo más que en un espacio físico o una alquimia humana. Viví una gran depresión al tratar de reinsertarme en el que hasta ese entonces había sido mi habitual contexto sociocultural. Yo era otro. El viaje hizo de mí lo que quiso, y desde entonces me ha permitido hacer de mi vida lo que siempre he querido, aún sin saberlo. Estoy convencido de que viajar es el camino para detonar nuestro potencial y la manera en que podemos aprehender nuestra vocación. Lo que somos y lo que nos gusta hacer es un misterio, sin importar la edad, hasta que viajamos en soledad.