Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

Si algún elemento cultural o social en concreto definió a las primeras décadas del siglo XX, fue la inserción casi palpable por cortesía de los protohéroes hollywoodenses y las características conductuales, maniqueas y físicamente imposibles que los distinguían en una experiencia cognitiva que removía en la audiencia tanto un alto grado de fascinación como de frustración, ya que mientras en pantalla Chaplin, Keaton o Lloyd ejecutaban proezas antinaturales para saciar sus fantasías erotómanas o Valentino, Jean Harlow, Lillian Gish, Errol Flynn y Douglas Fairbanks imponían estándares de belleza física inalcanzables e inconseguibles, el espectador veía refrendada su existencia promedio una vez que el sortilegio escapista terminaba al apagarse el proyector y abandonar, cual Shangri La, el santuario cinematográfico que hace unos instantes proveyó a la conciencia de mundanas pero añoradas fantasías. Y entonces, llegó la Segunda Guerra Mundial.
El conflicto bélico puso a la perspectiva mundial de rodillas al mostrarle como la ingenuidad y cierta inocencia le eran arrebatadas, recibiendo a cambio fuertes dosis de realidad. De repente las andanzas heroicas de Tom Mix y los vulgares pero jocosos chistoretes de W.C. Fields ya no eran suficientes para sanar las heridas emocionales de un mundo incapaz de volver a aquella época de simple y trivial escapismo. Ahora lo fundamental era que el cine como medio de expresión narrativo madurara, y así sucedió cuando Italia, una de las naciones más laceradas por la conflagración internacional, decidió plantear sus alternativas a un discurso mucho más terrenal, pero increíblemente elevado en exposición temática y exploración de personajes, y así nació el Neorrealismo Italiano.
Cuando las cámaras cinematográficas se encendieron de nuevo tras la guerra en el país mediterráneo, lo primero que se vio a cuadro fue una sociedad devastada anímica y económicamente, con carestía y desempleo propiciados por las ambiciones del derrotado gobierno fascista y una absoluta desesperanza… Los temas perfectos para que una nueva generación de directores explorara la desencajada faz de la sociedad italiana a través de historias donde el protagonismo sería exclusivamente para ellos y sólo ellos narrarían sus dramáticas desventuras. Llegó el momento en que el close-up fue para el hombre común, el obrero, el trabajador.
El cineasta Roberto Rossellini comenzó la apertura de esta senda con el estreno de su clásica obra “Roma, Ciudad Abierta´´ (1945), un desgarrador relato sobre la ocupación nazi en Italia que se consolidó como un sorpresivo éxito de taquilla, poniendo de manifiesto que el público estaba listo para una catarsis masiva que exorcizara, aunque sea por dos horas, los demonios emocionales contenidos ante la zozobrante experiencia. Rossellini dirigió otras producciones notables circunscritas en estas líneas, tales como “Alemania, Año Cero´´ (1948) y “Stromboli” (1950), todas ellas brillantes en su ejecución dramática.
Vittorio de Sica sería otro de los directores clave en este movimiento elaborando piezas fundamentales que lograrían trascender la corriente para consagrarse como clásicos indispensables de la cinematografía mundial, con obras maestras de la talla de “El Limpiabotas´´(1946), donde el protagonismo recaería en unos niños que ejercen la profesión del título y cuya inocente mirada servirá de filtro esencial para metaforizar sobre la condición humana en herrumbre por la guerra y “Ladrón de Bicicletas´´(1948), título referenciado en todo listado de las mejores 10 cintas de todos los tiempos muy justificadamente, al concentrar en una microhistoria toda una épica sentimental a través de su protagonista, un humilde cartelista que les robada la bicicleta en su primer día de trabajo durante los primeros 20 minutos de la cinta; el resto del metraje se volverá una odisea donde en el transcurso de 24 horas, buscará incansablemente su indispensable herramienta de trabajo en compañía de su pequeño hijo. De Sica aprovecha esta oportunidad para realizar a su vez una disección tanto de la condición social en la Roma de la posguerra como del fracturado estado emocional entre las relaciones madre/padre – hijo a través de una dinámica honesta y conmovedora entre nuestros personajes principales (los magistrales Lamberto Maggiorani y el pequeño Enzo Staiola). Una fotografía sobria y correcta en blanco y negro que jamás pierde de vista a los protagonistas, tornándolos el elemento compositivo de todo cuadro en la película y que puso la muestra a futuras producciones, como las sublimes “La Tierra Tiembla´´(1948) y “Rocco y sus Hermanos´´(1950) de Luchino Visconti, “Arroz Amargo´´(1949) de Giuseppe de Santis y “La Strada´´(1954), la entrada por la puerta grande creativa del entonces joven Federico Fellini y la última película en sondear este universo callejero y de opresivo lumpen que mostró a las audiencias fuera de Italia que el discurso humano podía pluralizarse y adoptarse ante condiciones que no le eran ajenas a otros países. México lo entendió al grado que mimetizó toda la gramática del neorrealismo en su entonces generosa industria fílmica y tanto encuadres como historias se vieron más que influenciadas por estos trozos de realidad europeos (créanme, sin ellos, no tendríamos un “Torito´´ al cual llorarle cada ocasión que se calcina en famosa carpintería). Después de todo ¿Qué nación no se ha curtido ante el abrazo del hambre y la injusticia? Por lo menos, la nuestra sigue… Y seguirá.

Nota: Los filmes mencionados se encuentran a la renta en la videoteca del C.C. Casa Jesús Terán

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