Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Cave Canem.- Tenía o tengo, ya no sé, un contrato (un plan le dicen) con una compañía telefónica que no es la del señor “Delgado” y sus iniciales son nextel. Las deficiencias del servicio hace unos meses, no se en la actualidad, y la desaparición del principal atractivo que era la utilización de radiotelefonía, me hizo pretender cancelar el contrato. No obstante que el servicio ya no era el contratado la letra chiquita decía que el plazo forzoso era de “n” meses. Cumplido el plazo di el aviso de terminación del contrato pero me acaba de llegar el recibo del siguiente mes, la letra chiquita dice que el plazo de respuesta es de un mes, así que…la de fideos se acabó.

En el mes de mayo las niñas solían ofrecer flores a la Vírgen María. Era bonito, y eran bonitas las niñas, muy compuestitas, muy mujercitas, con su regaderita de agua florida y sus bouquets recorrían desde el atrio al altar, entre risas y rezos, mas las primeras que los segundos, vestidas mayormente de blanco y seguramente, así lo quiero recordar, con flores en el cabello. El camino al altar olía a esa mezcla característica que recuerda aquellos versos de Quevedo: Murió en no se que ciudad/ un fraile sesudo y grave/ en olor de santidad/ si era santo no se sabe/ pero que olía es verdad. Entre cera, agua florida y el santo olor del pueblo mexicano (López Mateos dixit). Los niños que íbamos de comparsa mirábamos a las oferentes, haciendo más de un guiño y festejando si alguna nos sonreía y chanceando al que suspiraba por alguna.

En el mes de junio tocaba a los niños. Muy peinaditos con limón o jitomate para no despeinarse, muy bien boleados, lavadas las manos, talladas las rodillas y haciendo cara seria para disimular el cierto ridículo que significaba ofrecer flores aunque fuera al Sagrado Corazón de Jesús, porque ¡vamos! Si desde chico había que ser muy hombre.

¡Niñerías!, ¡Qué va!. Estereotipos culturales que tendían a perpetuar distinciones artificiales y discriminatorias. Las mujeres ocupaban un lado de la bancada del templo, en tanto que los hombres ocupaban el otro lado. Las mujeres debían de llevar la cabeza cubierta y los hombres la cabeza descubierta. Las mujeres se confesaban ocultando su identidad y los hombres de cara al confesor. Las normas de la moral cristiana se expresaban en un conjunto de prácticas que se anunciaban a la entrada del templo.

Ahora al correr del tiempo, recuerdo las tardes de ofrecer flores y recuerdo que nos llevaban de la doctrina al pendiente de nuestra catequista mientras las mamás (¿quehacer femenino?) nos esperaban en casa, las de los más grandecitos mientras las de los párvulos esperaban en el atrio para recoger a sus hijos. Ahora al correr del tiempo, creo entender que las madres, y los padres, por supuesto, siempre esperan. Esperan el embarazo, esperan la gestación, esperan el primer diente, los primeros pasos, las primeras palabras, esperan el regreso de la escuela, esperan que aprueben, esperan que crezcan sanos, esperan que lleguen salvos cuando las primeras salidas nocturnas y cuando las siguientes, también, esperan que sean mujeres y hombres de bien, esperan los nietos, esperan que los hijos ya mayores tengan un tiempo para visitarles o al menos hacerles una llamada ¡Qué desgracia cuando la madre y el padre, se quedan esperando!.

En Chihuaha, el “negrito” no regresó. Sus familiares se quedaron esperando. Salieron en su búsqueda. Un niño de seis años no podía haber ido muy lejos. Era un niño vivaracho y alegre. Colaboraba en casa y tenía muchos amigos. Un grupo de adolescentes, ahora convictos de su muerte, “colaboraron” en las pesquisas. Al fin terminó la búsqueda, no se encontró al “negrito”. Se encontró un guiñapo, unos restos, un mal recuerdo de lo que fue aquel niño alegre, como deben de ser los niños. El “negrito” se anticipó. El padre Agustín Martínez, OSA, el “padre chileno”, decía que los niños no mueren sino que son llamados por los ángeles que los confunden con uno de ellos. Así seguramente fue. Pero…

… un grupo de adolescentes se ensañaron. Las notas policíacas dan razón, mala razón de ello, yo no lo quiero hacer, solo aludir. Como los adolescentes confesos son menores de edad no pueden ser llamados delincuentes, no pueden ser llamados criminales, no pueden ser juzgados. Pero, ¿de verdad no hay responsables? ¿de verdad no hay delincuentes? ¿de verdad no hay criminales?. Lo cantaba Oscar Chávez en la “muerte de un angelito”: la muerte de ese angelito no fue muerte natural, fue del sistema social que nos mata de a poquito. Ya se nos fue este angelito, quizá cuantos más se irán.

La cuestión obviamente no puede reducirse al tratamiento a que habrán de sujetarse los menores infractores. La cuestión es que, como en el drama de Shakespeare, algo huele a podrido. La sociedad tiene que responsabilizarse de sus víctimas y de sus criminales. Un criminólogo chihuahuense dijo a propósito: “yo había pronosticado que íbamos a tener una epidemia de sicóptas menores de edad a partir de 2020, lamentablemente se adelantó 5 años”.

Como decía la indita “ya’is dispués”.

Cave Canem II.– En la casa de ustedes (así se solía decir, cuando decir “su pobre casa” sonaba chocante), tenemos contratado el servicio telefónico con la compañía del señor “Delgado” (slim en inglés, aunque el señor no está delgado y es libanés, que no implica que sea libador). Para facilitar el pago, autoricé que la factura se cargara a una tarjeta de crédito. Despistado como soy, varios meses después descubrí que se me estaba haciendo un cargo por un seguro que nunca contraté. La explicación que me dieron en el centro de “servicio” (¿por qué le dirán así, si de verdad no sirven?), es que como no había rechazado el cargo se entendía que aceptaba el servicio, y que no me podrían regresar lo pagado porque la aseguradora era otra compañía (aunque propiedad del mismo señor). Eché cuentas y decidí que me saldría más caro el caldo que las albóndigas. No reclamé. Ahora dos meses después reapareció el cargo y en el centro de servicio me dicen que lo solicitó un señor Martínez por correo electrónico. Expresé mi desaprobación sacudiendo todo el árbol genealógico del señor Slim, como a la fecha no me ha comunicado su rechazo entiendo que aceptó tácitamente mis mentadas. ¡Qué consuelo!.

 

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