Luis Muñoz Fernández

El verdadero enemigo no es el Estado Islámico, sino el hecho de que más del 60% de los presidiarios en Francia sean musulmanes, a pesar de que representan menos del 10% de la población. Una cifra brutal y reveladora, por donde se le mire. No es de extrañar que un joven de origen árabe de los suburbios de París o Marsella concluya que el país en el que nació lo repudia; constituye poco menos que una verruga en el terso panorama de la epidermis francesa. No se requieren de grandes dosis de manipulación para que algunas de esas verrugas decidan convertirse en tumores malignos.

                       

Jorge Zepeda Patterson. No es ISIS, somos nosotros. El País, 18 de noviembre de 2015.

Tras el escrito de la semana pasada sobre el integrismo islámico y los recientes atentados en París (Creencias excluyentes, 22 de noviembre de 2015), recibí de un estimado colega el siguiente comentario:

…un conflicto con muchas aristas para poder entenderlo sólo por el fanatismo religioso, ahí están los intereses económicos, los fundamentalismos del mercado y del neoliberalismo, la dominación del mundo por los grandes consorcios financieros, etc.

 

Desde luego que estoy de acuerdo con el comentario, pero creo que en la génesis del problema existe un núcleo primigenio en torno al cual se han ido cristalizando las demás facetas del conflicto: la monopolización de lo espiritual por una religión organizada. Con el agravante de que sus creyentes se consideran poseedores de la verdad y excluyen, con lujo de violencia en este caso, a los que no profesan su misma fe. La historia ya nos ha demostrado en numerosas ocasiones que el secuestro de la dimensión espiritual del ser humano por una religión excluyente es fuente de grandes sufrimientos e infinitas atrocidades.

También señalamos la semana pasada lo publicado recientemente por Abdennour Bidar, un escritor francés y filósofo de la cultura islámica. Tras su “Carta abierta al Mundo Musulmán”, apareció “El engranaje maldito” (El País, 19 de noviembre de 2015). Bidar es musulmán y francés, por lo que sufre doblemente. Cuando le envié el artículo de Bidar a otro querido colega, me dijo:

En el escrito de Abdennour Bidar se advierte como trasfondo, como una trágica música de fondo, la desesperanza. No me refiero a saber que el fanatismo, como escape de la razón no terminará nunca, hablo del propio Bidar que sabe que su destino como una inteligencia ligada al dogma, es el de un pájaro sin alas.

 

A Abdennour Bidar le preocupa que distingamos entre el islam y el islamismo, entendiendo el primero como el conjunto de todos los que profesan la religión musulmana y los segundos como aquella parte del islam que quiere imponer su credo al resto de los seres humanos. Incluso dentro del islamismo, algunos buscan expandir el islam por medios pacíficos, llegando al poder político mediante elecciones democráticas, mientras que otros se empeñan en usar medios violentos para imponer el islam por medio de la fuerza. Estos últimos son los que hoy amenazan al Mundo Occidental. Ante esta situación y aun a sabiendas de la enorme dificultad que entraña, Bidar propone una reforma del islam desde dentro:

Las reacciones de los propios musulmanes expresando su denuncia del Estado Islámico son necesarias y saludables, indispensables para hacer que disminuyan las sospechas hacia el islam. Pero son insuficientes. Trágicamente insuficientes. Ya no basta con decir: “no confundamos islam con islamismo”. Como escribí en mi “Carta abierta al mundo musulmán”, los musulmanes del mundo entero deben pasar del reflejo de autodefensa a la responsabilidad de la autocrítica. Pues como dice el proverbio francés, “el gusano ya está en la manzana”: no es solo el terrorismo yihadista lo que nos envía señales negativas procedentes de esta civilización y cultura musulmana, sino el estado general de la misma. Es toda una cultura amenazada por la regresión hacia el oscurantismo, el dogmatismo, el neoconservadurismo, el rigorismo incapaz de adaptarse al presente y a los diferentes contextos sociales… y que, para colmo, a veces habla de libertad de conciencia para reclamar el derecho a dar rienda suelta a su radicalismo, o para hacer valer públicamente sus “principios eternos”, su “ley divina intangible e indiscutible”, como si algo pudiera y debiera escapar tanto a la marcha de la historia como a la voluntad de los hombres.

 

En el fondo, se trata de un problema prácticamente irresoluble. Lo es porque corresponde justamente a ese núcleo de cristalización al que hacíamos referencia líneas arriba: el secuestro de la dimensión espiritual del ser humano por un credo excluyente con cuyos devotos es prácticamente imposible establecer un diálogo racional y en el que todo intento de acercamiento basado en la buena voluntad está condenado al fracaso. A pesar de ello, he aquí que Abdennour Bidar hace una apuesta hacia un futuro de mayor armonía (las negritas son mías):

Contra todo esto, busquemos esa sacralidad compartible en el horizonte de nuestras sociedades. Ahí es donde empieza. En la lucha por una fraternidad sin fronteras, que lo mismo trabaje para reducir las desigualdades sociales que para colmar las distancias, las “coexistencias” sin mezcla, los abismos de incomprensión, los choques de ignorancias, rechazos y miedos, entre culturas y creencias. Cuando hablo de lo sagrado y lo espiritual, es en un sentido muy sencillo: surge de esa fraternidad que crea vínculos y hace crecer en humanidad. Más ampliamente, vivir espiritualmente es vivir conectado a sí mismo, a los demás, a la naturaleza y al universo. Nuestras individualidades se asfixian y mueren cuando esos lazos se rompen o se deterioran –ya sea porque llevamos una vida superficial en la que no escuchamos nuestra voz interior, una vida egoísta e indiferente al otro, o una vida alejada de una naturaleza que nos enseña la forma sublime en que la vida triunfa siempre sobre la muerte–. ¿Estado Islámico? Insisto: su única fuerza radica en explotar nuestras debilidades. Si persistimos en vivir en ese régimen de “desligamiento del mundo”, en el que la calidad de ese triple vínculo consigo mismo, con el prójimo, con la naturaleza, es tan mala, entonces la nada, el nihilismo, del Estado Islámico vendrá a infiltrarse como un veneno en todas nuestras brechas, en todas las heridas de nuestros vínculos. Trabajemos para unirnos, estrechemos nuestros vínculos, todos nuestros lazos de sentido y de fraternidad, y el Estado Islámico no encontrará el más mínimo resquicio por el que introducirse para dividirnos. Restauremos los vínculos de fraternidad con nosotros mismos, con los demás, con la naturaleza y con el universo. Reespiritualicemos el mundo y tendremos una oportunidad de sanarlo de sus sufrimientos.

 

Bidar tiene una propuesta revolucionaria: recuperar la espiritualidad para devolvérsela al ser humano. Arrancársela a quienes la han administrado durante siglos para su propio provecho. Alcanzar una sacralidad que vaya más allá de las prohibiciones de signo religioso o con olor a “religión verdadera”. Tomar en las manos el destino de nuestras vidas, sin intermediarios, barreras ni puestos fronterizos. No será fácil ni pronto. Son muy poderosos los que viven de ello a costa de nuestra felicidad y no habrán de renunciar dócilmente a sus privilegios. Tal vez esa utopía no llegue a realizarse nunca. Pero puede que exista todavía una esperanza para acabar en un futuro con el monopolio del espíritu. Por el bien de nuestros descendientes, que así sea.

 

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