Luis Muñoz Fernández

En ese cerebro se inscriben durante la infancia los sentimientos, los símbolos, los dogmas, las creencias, los terrores, la autoridad del padre, del maestro, del clérigo, los primeros sabores, caricias, aromas, canciones, paisajes. […] Ese cerebro límbico es el que reclama la Iglesia en propiedad para inocularle su doctrina porque sabe que todo lo que se grabe en su mucosa desprotegida de la razón no se olvidará jamás.

 

Manuel Vicent. La comunión. El País, 5 de junio de 2016.

Temas como la legalización del consumo de ciertas drogas, la iniciativa presidencial para legalizar los matrimonios entre personas del mismo sexo y, particularmente en Aguascalientes, la alta tasa de suicidios y de embarazos no planeados de adolescentes que nos distinguen en el contexto nacional, han puesto sobre la mesa el tema de los valores morales en nuestra sociedad. Han sido muchas las voces que se han levantado para asegurarnos que vivimos en una época de pérdida de esos valores cuyo único antecedente equiparable se remonta a la vida licenciosa de los habitantes de aquellas Sodoma y Gomorra de la antigüedad.

Entre esas voces y como era de esperarse, destacan las de la jerarquía de la Iglesia Católica y sus voceros (llamados curiosamente, aunque no erróneamente, laicos: que no tienen órdenes clericales), siempre atentos a la salud de las almas de la feligresía, almas que se encuentran ahora mismo al borde de la perdición eterna con todo lo que ello implica (¡cómo recuerdo las calderas de Pedro Botero de las que me hablaba mi abuela!). Tal es la insistencia del peligro permanente y agudísimo al que estamos sometidos, que el clero se ha puesto al frente de una activa campaña de convencimiento para que las ovejas descarriadas regresen al redil.

Incurriendo una y otra vez en la falacia naturalista, es de decir, en pensar que lo natural es inherentemente bueno y que lo no natural es inherentemente malo, y sin que yo conceda, ni mucho menos, que la homosexualidad sea una enfermedad o una desviación de la naturaleza, los vocingleros se han erigido en guardianes de una moral única, de unos valores que llaman universales y que tratan de imponer al resto de la sociedad. Ya va siendo hora de que se enteren que hasta en este otrora tranquilo y moralmente homogéneo rincón de la República Mexicana, existe una sociedad plural que nos obliga a todos al ejercicio de una ética laica, entendida en su otro significado: independiente de cualquier organización o confesión religiosa.

La idea de que la moral depende completamente de la religión ha sido cuidadosamente analizada, entre otros, por Gustavo Ortiz Millán, doctor en filosofía por la Universidad de Columbia, Nueva York, Investigador Titular A, de tiempo completo, definitivo, en el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM y miembro del Colegio de Bioética, A.C. Plasmó este análisis en un escrito titulado “¿Depende la moral de la religión”, publicado en Valores para la sociedad contemporánea (UNAM, 2011):

Hoy en día se habla mucho de una crisis de valores morales. Muchos conservadores sostienen que esto se debe a que la gente se ha alejado de la religión y de los valores tradicionales que ella sostiene. […] Esta posición conservadora se basa, entonces, en la idea de que la moral depende de la religión.

Cabría esperar que una posición liberal pensara de modo diferente, pero no es así. Los liberales suelen partir de la misma premisa y abordar distintos problemas sociales bajo el supuesto de que no son problemas morales y que no debemos moralizar al respecto, porque eso es llevar la discusión al ámbito religioso. […] Así, los liberales parecen también sostener que la moralidad depende de la religión y que es mejor no discutir temas morales para no darle armas al bando conservador.

Sin embargo, al dar por sentado que moral y religión están siempre ligadas, se pierden aspectos muy importantes de cualquier discusión moral. […] Ahora, esto no sucede solamente con el tema del aborto, sino que ocurre constantemente en discusiones sobre sexo, eutanasia, sida, investigación en células embrionarias, matrimonio entre personas del mismo sexo y tantas otras donde, por un lado, los conservadores nos dicen que se están perdiendo los valores morales y que se está actuando contra la voluntad de dios [escrito deliberadamente con minúscula], y, por otro lado, los liberales nos piden no moralizar, para que no demos entrada a la religión y a los argumentos conservadores.

En el resto del texto, el doctor Ortiz nos demuestra racionalmente que la postura de conservadores y liberales es errónea. Considera que la identificación entre la moral y la religión conlleva un malentendido muy serio acerca de la naturaleza de la moralidad, ya que ésta no tiene por qué darse sólo en contextos religiosos, sino que también puede darse en contextos seculares, partiendo de principios seculares. Ortiz Millán sostiene que religión y moralidad pueden ser independientes, que la moralidad no tiene por qué depender de la religión ni de dios, ni lógica ni históricamente.

Va incluso más allá. Partiendo del hecho de que hay principios morales básicos que sirvieron en un principio como fuerzas cohesivas para el establecimiento de las primeras sociedades humanas (por ejemplo, decir la verdad como base de la confianza en las relaciones sociales), estos principios sociales antecedieron al nacimiento de las religiones organizadas e incluso fueron fundamentales para que estas pudieran establecerse y prosperar. Así que, históricamente, ha sido la religión la que ha dependido de la moral secular.

Cita también los estudios cada vez más frecuentes y sólidos que apuntan a un origen evolutivo, biológico, de ciertas formas básicas de valoración y de regulación moral. Frans de Waal, estudioso de los primates, ha encontrado en los chimpancés y bonobos ciertos rasgos “humanos” como la reciprocidad, la equidad y el altruismo. Se puede afirmar que en estas especies tan parecidas a la nuestra existe una forma elemental de moralidad (“protomoralidad”) que regula la convivencia entre los individuos.

Por otro lado, el doctor Ortiz Millán afirma que tampoco existe una dependencia lógica de la moral con la religión. Platón lo planteó como un dilema en su diálogo Eutrifrón: “¿Es la conducta correcta porque dios así la ordena, o la ordena dios porque es correcta?”. Si se hace depender el bien de la voluntad divina, entonces se obtiene la imagen de un dios arbitrario que bien pudo haber ordenado matar, y entonces eso sería bueno, o no matar, y entonces eso sería bueno. Por el contrario, si la respuesta al dilema de Platón es que dios ordena una conducta porque es correcta, entonces la divinidad es irrelevante para la moral, pues dios y sus mandatos no cumplen ningún papel en la determinación de la corrección moral. […] En síntesis, tratar de derivar moralidad de religión a través de la teoría del mandato divino arroja consecuencias desastrosas para nuestra idea de dios y ningún creyente debería aceptarla. La conclusión del doctor Ortiz Millán es que, si después de su análisis, podemos considerar que la moralidad puede ser independiente de la religión, entonces no tenemos que volver a la religión para encontrarnos con la moralidad.

Aquí merece la pena agregar que, ante el rechazo frontal a la religión por connotados ateos como Christopher Hitchens, Richard Dawkins o Sam Harris, que promueven la confianza en la ciencia y desean afianzar la ética en la visión naturalista del mundo,  Frans de Waal, en su libro El bonobo y los diez mandamientos (Tusquets, 2014), cuyo título en inglés, El bonobo y el ateo, es más explícito, dice que la ciencia no se ocupa de desentrañar el sentido de la vida ni de señalarnos cómo tenemos que vivir nuestras vidas. Por tanto, la ciencia sola no puede ser nuestra guía moral.

Entonces cabe preguntarnos: ante los dilemas éticos de la sociedad actual, ¿a qué acudiremos los ciudadanos del siglo XXI? Una respuesta razonable es que, independientemente de las respetables creencias religiosas personales, la bioética laica parece ser una buena opción.

http://elpatologoinquieto.wordpress.com