No busca lo más vital nomás, también aspira a ser cine de verdad.

Cuando el célebre escritor inglés y masón Rudyard Kipling redactó a finales del siglo XIX su “Libro de las Tierras Vírgenes” -posteriormente rebautizado como “El Libro de la Selva” por el mismo autor-, su intención era, además de mostrar al mundo occidental mediante su expresiva prosa la riqueza latente en los confines de la espesa flora que predominaba en aquel entonces el paisaje de la India, su país natal, también la de aleccionar moralmente a sus jóvenes lectores mediante las diversas perspectivas que adoptaban sus salvajes habitantes, animales antropomorfizados que, en la mejor tradición de Esopo, discursaban sobre el destino, su cotidiano y la conducta del hombre para ofrecer conclusiones alejadas al sermón pero sí cercanas a una reflexión honesta sobre los incipientes procesos de cambio que ya comenzaban a producirse en el verde virgen en aras del progreso. Como instrumento de narración conductor se encontraba un personaje central bastante peculiar: un chiquillo llamado Mowgli producto de la fascinación de Kipling por los mitos sobre niños salvajes criados en grupos animales. Este pequeño protagonista ofrecería posibilidades de contacto y empatía hacia los lectores debido a su candor e ingenuidad, sumado a una actitud de riesgo y aventurera. Y por ello, era inevitable que Disney no sucumbiera ante este relato, el cual ofrecía todos los elementos que al extinto director / animador le seducían en cuanto a adaptaciones se refiere: un reparto de fieras dispuestas a bailar y cantar a su antojo.
La nueva versión que se encuentra actualmente en cartelera, también de la factoría del Ratón, no hace nada por retomar los elementos que la versión animada de 1967 abandonó del texto original a favor del espectáculo musical que todos conocemos, de hecho es más un remake de dicha cinta que una interpretación directa a la obra de Kipling, pero se ha construido con un guión lo suficientemente entusiasta y ágil para que califique de entretenimiento pasajero. Mas su carta fuerte es la imaginería digital que se ha desarrollado para dar vida a los personajes, un detalle en el que logra destacar notablemente, al punto en que resulta complicado distinguir los aspectos reales o naturales de la puesta en escena y aquellos gestados en computadora, desfilando en la pantalla una fauna tan real que, si todos hicieran mutis, lograrían pasar por entidades reales.
La historia realmente no desvirtúa ningún elemento familiar: Mowgli (Neel Sethi) es un “cachorro humano” (como el resto de los animales comúnmente lo designan para referirse a o hacia él) que vive con una familia de lobos, los cuales lo educan sobre el código de honor que rige la selva, la cual debe ser respetada si queremos que ésta nos respete. Su cotidiano se verá alterado con la llegada del tigre de bengala Shere Khan, un salvaje felino con suficientes razones para detestar a los humanos y que al percatarse de la existencia de Mowgli, decide aniquilarlo. Al ver a su comunidad comprometida, Mowgli decide marcharse apoyado por Bagheera, una pantera negra noble y sabia que fungirá como mentor. En el camino se topan con Baloo, la antítesis de Bagheera, pues se trata de un oso pragmático, medio nihilista y aprovechado pero de buen corazón que termina haciendo migas con Mowgli cuando el chico se ve seducido por su despreocupada forma de vida (imagínense “Hakuna Matata” pero trasladado de la sabana africana a un contexto selvático). A partir de aquí la cinta adquiere una estructura semi-episódica donde el protagonista interactuará con diversos personajes, como la hipnótica y subversiva cobra Kaa y un gargantuesco orangután conocido como el Rey Louie que desea el secreto de la “flor roja”, como los animales llaman al fuego y que se cree es autoría del hombre. La película, mediante ritmo ágil, se nos cuenta sin mayores pretensiones, tal y como le gusta a su director Jon Favreau (“Iron Man”), quien se concentra en un convincente despliegue de escenografías virtuales selváticas y recurre tan solo…bueno, a lo más vital nomás, que es una historia contada desde todos los puntos elementales (pautas dramáticas como la crisis existencial del pequeño cuando debe definir a cuál mundo pertenece o la tristeza de Baloo al tener que alejarlo para que localice su destino, secuencias dinámicas que involucran persecuciones, evasión de peligros y un clímax donde Shere Khan se manifiesta más pavoroso que en su contraparte animada). Pero con esto basta, pues es Disney y no se le puede pedir más.

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