José Luis Gómez Serrano
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El autor norteamericano Charles C. Mann hace un espléndido trabajo en su libro 1493, Una nueva historia del mundo después de Colón, de analizar los cambios biológicos, y las consecuencias derivadas de ellos, que se dieron en todo el mundo entero a partir del descubrimiento de América. Mann concede que pudo haber habido hombres europeos en América antes de Cristóbal Colón, porque para efectos de lo que él quiere narrar, muchos cambios que afectan nuestra vida diaria pero que no los percibimos, el parteaguas en esta historia del mundo se dio con la llegada de los españoles a las islas del Caribe.

Este libro es diferente a cualquier libro de Historia; en realidad es más bien Historia Natural, término ambicioso para tratar de incluir lo que le pasó a los hombres y lo que le pasó al mundo después de 1492. Los indígenas de América vivían en un entorno geográfico y biológico muy diferente del Viejo Mundo. En México había maíz y frijol, en Perú había papas, productos desconocidos en Europa. Los españoles trajeron el trigo, el centeno, los caballos y la viruela. Esta enfermedad diezmó a los indios de México y facilitó el camino a los españoles para su conquista; la papa viajó a Europa y se convirtió en la base del sustento de pueblos enteros. Cuando una de las plagas de la papa acabó con los cultivos de Irlanda a mediados del siglo XIX, surgió una gran hambruna que terminó con millones de personas y forzó a un gran número de irlandeses a emigrar a América. El flujo de especies biológicas como estos ejemplos es lo que el autor llama Intercambio Colombino, y creó un sinnúmero de consecuencias que actualmente ya no distinguimos, simplemente porque son parte de nuestro entorno natural.

Por ejemplo, habiendo aprendido la historia de que los españoles llegaron a México, lo conquistaron y se establecieron ahí, y que de la mezcla de sangre española e indígena surgió nuestra heroica raza de bronce, me he preguntado con frecuencia por qué en algunas partes del país, como en el DF, aparecen rostros que más bien parecen asiáticos (chinos o japoneses), que indígenas, españoles y mestizos. La primera y posiblemente más importante respuesta es la plata.

España vivió algunos siglos procurando el engrandecimiento del Reino de Dios en este mundo, también llamado Imperio Español, mientras otros países vivían a la sombra o bajo la amenaza de España, hacían alianzas muy pragmáticas para defenderse o para combatir ese Imperio (el ejemplo más sobresaliente fue la Guerra de los Treinta años (1618-1648), que terminó con una Francia emergente, una Alemania destrozada y una España al inicio de su declive. Durante esa guerra y en todo el tiempo que duró el Imperio Español a partir de la Conquista, los reyes españoles estaban urgidos de dinero para financiar sus empresas militares; el descubrimiento de la plata en el Potosí, situada entonces en Perú y actualmente en Bolivia, y en Zacatecas, México, proporcionó a la Corona un caudal casi inagotable de riquezas, que agotó en aquellas guerras. Una parte importante de la producción de plata en México y en Perú se dedicó a otros fines: a comerciar con el Lejano Oriente y traer mercancía de China por vía marítima, abriendo así una alternativa a la tradicional Ruta de la Seda. China tenía bloqueado el acceso a los extranjeros, de forma tal que todo el comercio se hacía desde Manila, Filipinas: ahí llegaban los barcos españoles cargados de plata, ahí se citaban los chinos con sus mercancías de exportación, durante unas semanas regateaban los precios, y antes de la temporada de monzones, los barcos regresaban a Acapulco y los chinos a su país. Los chinos, siendo un país emprendedor, quisieron una porción más grande del negocio y empezaron a aventurarse a venir a México para realizar desde aquí los negocios, eliminando algunos de los intermediarios. Muchos de esos chinos se quedaron en México, se mezclaron con la población local, aprendieron a comer chile jalapeño y tortillas, peregrinaron a la Virgen de Guadalupe, y se volvieron tan mexicanos como usted y yo.

El caucho es otro ejemplo. El origen histórico de tantos artículos de plástico y de hule que rodean nuestra vida, sin los cuales nuestra vida actual sería imposible (guantes de goma para las operaciones quirúrgicas, llantas que puedan cargar las muchas toneladas de un Airbus y soportar la enorme fricción contra el piso al aterrizar, el hule que envuelve los cables eléctricos, la suela de nuestros zapatos), es un árbol originario del Amazonas, Hevea brasiliensis, el árbol del hule. Cuando los europeos lo descubrieron y vieron a los indios sacar provecho del jugo que extraían del árboles, decidieron aprender de los indios y obtener provecho del árbol y ¿por qué no?, también de los indios. Los portugueses en este caso, declararon que esa parte del mundo les pertenecía según la división realizada por el Papa Alejandro VI, declararon que esas tierras eran en primer lugar de Dios, en segundo de la Corona y en tercero de ellos, pero como eran ellos los que estaban ahí, les tocaba aprovecharlas. Sometieron a los indígenas que podían apresar a condiciones semejantes a la de la esclavitud, más o menos como los indígenas que sacaban la plata del Potosí, y vivieron un imperio del caucho, mientras el árbol emigró a Asia, encontró en las islas del sureste asiático un lugar favorable para crecer, y pasados los años, las condiciones de Asia eran mejores que las del Amazonas, había mayor abundancia de trabajadores, el hule asiático era más barato e inundó el mercado, y terminó el imperio brasileño del hule.

Estos son unos pocos de los muchísimos ejemplos, bien documentados, que aparecen en el libro de Charles C. Mann. La Tierra cambió a partir de 1493, porque el flujo de hombres entre América y Asia o Europa llevó consigo un flujo de especies que eran desconocidas en el lugar de destino, que se aclimataron y ayudaron a crear imperios, como el hule asiático, y también trajeron enfermedades y muerte, como la viruela que llegó a México.

Este libro no es una narración en donde el hombre es simplemente un espectador, o en todo caso perjudicado o beneficiario del intercambio colombino; Mann presenta al hombre como un ingrediente activo en este intercambio: pudo ser accidental, con las enfermedades, pudo ser activo, al contrabandear las semillas de Hevea brasiliensis para llevarlas a Asia, y fue y sigue siendo un transformador, también para bien y para mal, al decidirse a aprovechar las nuevas posibilidades en la mayor escala posible. Los ejemplos de la plata americana y el árbol del hule trasplantado a Asia son ejemplos adecuados.

Otro aspecto en el que el intercambio colombino actúa es cambiando la faz de la tierra, literalmente; lamentablemente, la mayoría de las veces para mal. En Estados Unidos, los peregrinos europeos encontraron una tierra llena de bosques hasta la playa, llenas de ciénagas, muy poco hospitalarias para vivir. Tumbaron árboles, desecaron los pantanos y hoy día existen ciudades modernas, edificios y autopistas donde antes eran llanuras inmensas llenas de árboles y de lodo. Los norteamericanos han sabido cuidar su entorno y manejan un equilibrio razonable entre campo y ciudad, cosa que no sucede en México. Aquí, llegaron los españoles y poco a poco destruyeron el delicado equilibrio que los aztecas habían construido con sus canales y represas en el Valle de México, manteniendo separadas las aguas dulces de las saladas. Hoy en día, el Valle de México es una selva de concreto donde se hacinan 25 millones, ya rebasaron los límites y llegaron a Ecatepec. No le veo yo el lado bueno a una megápolis de ese tamaño y en esas condiciones, pero es uno de tantos frutos del intercambio colombino.

Las plantaciones de Hevea brasiliensis en Asia fueron más productivas porque pudieron ser planeadas y no tomadas en su estado natural como en el Amazonas. En Asia y en el sur de China, talaron montes completos, acomodaron los árboles del hule como debía de ser, los árboles produjeron lo esperado… y se alteró el ecosistema. La vegetación tupida de los montes, a acumulaba y retenía el agua de lluvia, ha desaparecido y el suelo se deslava por las lluvias tan intensas de esa región del mundo. Poco a poco, va quedando el suelo pelón, sin los nutrientes vegetales que sirven para que nuevas generaciones de plantas puedan crecer, entre ellas el árbol del hule. Poco a poco, esas tierras ya no son buenas ni para el árbol del hule. Pero el hombre, dependiente completamente del hule, inventará posiblemente hules sintéticos mejores que el natural, pero mientras eso sucede hay que buscar nuevos lugares para plantar Hevea brasiliensis, léase nuevos lugares para depredar.

En el nordeste de Brasil viven los indios Ka’apor, en el estado de Maranhao. Es una región amazónica, con gran riqueza vegetal, donde tienen los ojos puestos los comerciantes en madera. Llegan con sus camiones y sus sierras eléctricas, tardan un rato en talar el árbol que creció durante muchos años, y semejantes a los talabosques de Michoacán, se llevan los troncos procurando no dejar huella, en particular, sin reponer los árboles talados como es debido (entiendo que debería ser una proporción de 100 árboles sembrados por cada árbol talado). Los Ka’apor se cansaron de esperar a que el gobierno les hiciera el favor de controlar a sus depredadores, y decidieron tomar el asunto en sus manos: organizaron autodefensas que han conseguido ahuyentar parcialmente a los talabosques. Hay tres futuros probables aquí: los talabosques seguirán actuando en menor escala, los talabosques se retirarán, o los patrones de los talabosques se aliarán con el gobierno para enviar al ejército o a la policía para acallar a los revoltosos.[1] La historia de los indios Ka’apor es una historia muchas veces repetida: los grupos humanos con más conocimientos y poder llegan, se apoderan de tierras y recursos naturales, los explotan, desplazan o someten a los habitantes originales, y esto dura mientras el negocio es rentable.

¿Por qué tienen que ser así las cosas? Charles C. Mann da un apunte de respuesta, en la página 474 de su libro. Las ganancias son difusas y están desparramadas por todo el mundo, mientras que el dolor es intenso y local. En estos días estudié una lección de mi método de alemán que presenta a un ambientalista que hace huelga en medio de la calle para protestar contra la contaminación ambiental. Llegan los verdes (no me refiero a los del Partido Verde) y le preguntan lo que hace; averiguan que está sentado ahí en actitud simbólica, que se levantará en un rato para ir a su casa, y le proponen tomar medidas. ¿Estaría de acuerdo en limitar voluntariamente su velocidad en las Autobahn? No tiene sentido, mientras más rápido vaya yo en la autopista, menos tiempo estaré contaminando. Mejor vaya y hable con tantos camiones que circulan muy despacio. ¿Dejar de usar sprays para conservar la capa de ozono? No creo que el poco desodorante que yo uso le haga un agujero a esa capa, mejor deberían prohibir las chimeneas industriales. ¿Usar detergentes biodegradables? Realmente no sé yo de eso, mi esposa es la que se encarga de lavar. Además, lo que deberían de cuidar son los desperdicios industriales, que contaminan nuestros ríos y, si viera usted qué pescados tan feos consigo pescar ahí. Los verdes quieren hacerle una pregunta más, pero el huelguista ha decidido romper la huelga e ir a comer a su casa.

Lo mismo que este personaje, que no está dispuesto manejar a menos de 180km/h (aunque efectivamente el motor contamina más a altas velocidades), nos sucede a todos, en mayor y menor medida, con respecto a todos los productos de los que somos dependientes. ¿Estaríamos dispuestos a permitir que nuestro avión se sostuviera en llantas de calidad cuestionable? Claro que no, por lo tanto hay que seguir haciendo llantas y manteniendo en producción las plantaciones de Hevea brasiliensis. ¿Vamos a dejar de usar el iPhone, aunque sepamos que los empleados de Apple en China se han llegado a suicidar por condiciones de trabajo? ¿Dejaremos de comprar en Amazon.com porque no trata bien a sus empleados? ¿Dejará Tiffany de vender diamantes por la sospecha de que estén contaminados con sangre? No, no, y no: nos hemos vuelto dependientes de tantos productos, que explotan la Tierra de forma tan indiscriminada, que el petróleo algún día se acabará y tendremos enormes cementerios de automóviles, como las bolsas de plástico son una plaga para la limpieza urbana.

Pienso que este libro es lectura obligada para quien quiera entender el mundo moderno. Llena un vacío dejado por tanto libro de historia y de descubrimientos, porque analiza el papel de la Naturaleza en cambiar la faz de la Tierra a partir del momento en que el hombre se pudo mover libremente por todos los continentes.

Charles C. Mann: 1493, una nueva historia del mundo después de Colón.
Clave Intelectual/Katz, Serie Ensayos.
Buenos Aires, 2014.
Traducción de Stella Mastrangelo
631 páginas.

 

 

[1] http://www.theguardian.com/environment/2015/sep/09/amazon-tribe-protecting-forest-bows-arrows-gps-camera-traps