Fernando López Gutiérrez
 ferlog14@gmail.com
 @ferlog14

La presentación anual del informe de gobierno ante el Congreso de la Unión, por parte del titular del Poder Ejecutivo, ha sido históricamente un acto de gran contenido simbólico en México. Su origen se remonta a la época en que nuestro país se constituyó como una república y desde entonces se inició la práctica de pronunciar un discurso ante el Congreso. La etapa en que este acto tuvo mayor exposición fue durante el régimen hegemónico presidencialista, en el cual funcionó como la ocasión más importante para exaltar la figura del Presidente de la República y sus acciones.
Con el inicio de la alternancia política, durante la administración de Vicente Fox Quesada, la presentación del informe adquirió un carácter distinto y se mostró como el escenario para que la oposición expresara su inconformidad —de forma más crítica y directa— ante el desempeño del gobierno federal, en confrontación con los partidarios de éste. Precisamente, durante la entrega del Sexto Informe de Gobierno de Fox —en el año 2006— las expresiones de descontento por parte de algunos legisladores fueron tan drásticas que impidieron la realización de dicho acto.
Al año siguiente, Felipe Calderón intentó retomar la presentación tradicional del Informe de Gobierno; sin embargo, fue tratado del mismo modo que su sucesor, con lo que optó por modificar el formato de manera definitiva y suprimió la obligación de que el Presidente acuda ante los legisladores a explicar el estado que presenta la Nación. Desde entonces, y hasta antes el pasado primero de septiembre, el acto del Informe de Gobierno consistió en la entrega de un documento por escrito a los legisladores por parte del Secretario de Gobierno y la emisión de un mensaje más o menos breve en una sede alterna, a la cual acudieron personalidades invitadas por el Presidente.
Como observamos el pasado jueves, para su Cuarto Informe de Gobierno el Presidente Enrique Peña Nieto optó por realizar una actividad diferente. En lugar de dirigir un mensaje, se reunió con 367 jóvenes de las diferentes regiones del país para responder las preguntas que éstos quisieran plantearle, además de hacer lo propio con aquellas que fueran recurrentes en una votación en redes sociales.
La propuesta era interesante y pudo contribuir a darle el carácter democrático, participativo y de rendición de cuentas que debiera tener este ejercicio; sin embargo, los sucesos previos y la manera en que el evento se organizó difuminaron sus alcances y le restaron valor. La visita de Donald Trump al país, el día previo al Informe, y la manera tan vergonzosa en que la Presidencia atendió este asunto generaron tanta indignación y atención por parte de los diversos sectores de nuestra sociedad —también de la comunidad internacional— que el Cuarto Informe de Gobierno y sus resultados pasaron a segundo término.
Con los niveles de desaprobación del Presidente y siendo clara su tendencia a equivocarse cuando se presenta en situaciones que requieren que improvise, era claro que la mayoría de las personas que siguieran la reunión con los jóvenes iban a concentrarse en los controles y restricciones del evento y en los errores de Peña, para criticarlo después. Estos aspectos tan evidentes no importaron a los organizadores, quienes fueron descarados en el control de las invitaciones al llevar a una gran cantidad de simpatizantes o militantes del PRI en representación de los jóvenes de todo el país.
Debe reconocerse que las preguntas recabadas con base en la votación en la redes claramente se plantearon sin ninguna restricción y es justo decir que Peña Nieto respondió a éstas de forma, dentro de lo que cabe, adecuada. No dudó demasiado al atender preguntas sobre los temas más delicados de su administración y aunque —como es su estilo— abusó de la retórica y el verbalismo, se mostró confiado, seguro y sensible a las inquietudes de la gente.
Al final, la reunión con jóvenes en el Cuarto Informe de Gobierno del Presidente Peña Nieto tuvo un impacto modesto para tratarse de una actividad que buscaba rescatar algo del sentido que este tipo de actos ha tenido históricamente. Con lo acontecido previamente, generó la impresión de que se trataba de una actividad secundaria, de poca relevancia en la agenda del titular del Ejecutivo; como si hubiera pocas cosas que informar, como si las cosas buenas que casi no se cuentan, pero cuentan mucho, no tuvieran nada que ver con el desempeño del gobierno.