Luis Muñoz Fernández.

La atención fría, impersonal, no basta en nuestra relación con el enfermo, por mucho que sea científica y que sea eficaz. Es cierto que hay ocasiones en que esta última puede bastar si ofrece curación rápida; pero en otras ocasiones, en la gran mayoría, cuando la enfermedad se prolonga o cuando progresa o se agrava, el enfermo necesita aferrarse a una tabla de esperanza. Esa tabla es la confianza que tenga puesta en el médico por su saber, por su prestigio y, sobre todo, por el espíritu de simpatía con que lo atienda. Aquí la ciencia sola no basta y se requiere la actuación comprensiva, impregnada de calor humano.

 

Ignacio Chávez Sánchez. Devoción y calor humano en la atención del enfermo, 1975.

En 1833, el destacado médico y político mexicano Valentín Gómez Farías estableció la Junta de Instrucción Pública y cuatro años más tarde, el 23 de octubre de 1837, fundó el Establecimiento de Ciencias Médicas que, con el correr de los años, se convertiría en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México. Aunque el Día del Médico se celebra a nivel internacional el 3 de diciembre, en México se celebra cada 23 de octubre en honor al doctor Gómez Farías.

Ese día, quienes somos médicos recibimos numerosas felicitaciones, desde las que de manera oficial expresa el Presidente de la República, hasta las que de forma espontánea nos hacen llegar colegas y, sobre todo, pacientes agradecidos. Incluso los patólogos, que rara vez tratan de manera directa a los enfermos, recibimos este tipo de parabienes. Todas estas expresiones coinciden más o menos en el contenido laudatorio y agradecido hacia la existencia y labor de los galenos.

El resto de los días del año, las opiniones sobre los médicos no son tan unánimes y haciendo un balance de ellas, podemos decir hoy que las condenatorias coinciden en señalar eso que llaman “la deshumanización del médico”. Lo que se quiere decir con ello es que, a diferencia de tiempos idos, parece que un número significativo de médicos –algunos dirían que son mayoría– ya no tienen aquel trato afectuoso, cercano y comedido (sobre todo en el cobro de los honorarios) con sus enfermos.

Aunque se reconocen los avances técnicos y científicos de la profesión, base de un poder resolutivo indiscutible y sin precedentes, se echa de menos la figura del médico de cabecera que conocía los quebrantos físicos y anímicos de cada uno de los miembros de la familia y que, por lo mismo, llegaba a ser considerado parte de la misma.

El origen de este desequilibrio de cualidades, que parece ser uno de los rasgos distintivos, o al menos el más doloroso y señalado, del médico moderno, se puede rastrear hasta la escuela de Medicina, en donde existe un predominio cada vez más evidente de lo técnico y lo científico sobre lo humano. Y vale la pena señalar que esta preeminencia no sólo se debe al formidable auge de la ciencia médica debido, entre otras cosas, a los intereses económicos que lo impulsan, sino a la incomprensión, distorsión e incluso degradación de lo que llamamos humanismo médico.

Cuando se habla de humanismo médico en la facultad se suele pensar en una serie de disciplinas como la historia y la filosofía de la Medicina, que para la mayor parte de los estudiantes son “materias de relleno”, es decir, una serie de asignaturas en el plan de estudios que cumplen un papel prácticamente marginal y que, si se mantienen ahí, es para completar el número de créditos educativos o para dar cierto barniz o lustre de cultura a los futuros egresados y a los profesores que las imparten.

Otro error muy frecuente es pensar en el humanismo médico en términos de una sensiblería lacrimosa que se expresa como melodrama, es decir, en la que, como bien dice el diccionario, “se acentúan los aspectos patéticos y sentimentales” de la profesión. Aquí es frecuente el recurso a las expresiones poéticas de tono grandilocuente o plañidero. Se trata de un concepto degradado y barato del humanismo médico que, por desgracia, se transmite con frecuencia a los estudiantes.

Y luego está el profesor que, embebido en sus conocimientos, siendo él mismo un erudito en las disciplinas humanísticas que repasa desde hace años, se ha labrado una torre de marfil que lo aísla de quienes lo rodean. Primero de los mismos alumnos, a quienes dicta cátedra con un discurso monótono que los aburre y los convence de que el mentado humanismo médico no tiene nada que ver con la profesión que desean ejercer en el futuro. Y después de los demás seres humanos, para quienes la erudición del catedrático es casi siempre una barrera infranqueable.

¿Qué es pues ser un médico humanista? La mejor definición que he encontrado se atribuye al doctor Ignacio Chávez Sánchez (1897-1979), médico mexicano eminente y funcionario universitario muy destacado, fundador del Instituto Nacional de Cardiología:

Ser humanista no significa ser hombre bondadoso, aunque el médico deba serlo; ni ser ilustrado, aunque lo necesita; ni cultivar las letras y la historia y el arte, aunque sea útil. Significa, antes que nada, haber adquirido una cultura muy honda que le afine la sensibilidad, para ver al hombre con simpatía; haber depurado el juicio para tratar de comprenderlo en sus virtudes y miserias; haber elevado la razón de vida para estar presto a servirlo y ayudarlo en su mejoramiento.

 

Al leer este párrafo, caemos en la cuenta que la bonhomía del médico es un deber, que su erudición es necesaria y que el cultivo de las disciplinas humanísticas le resulta de utilidad, pero que ninguna de esas tres cosas, ni en lo individual ni combinadas, lo hacen humanista. Es el efecto personal e intransferible de una cultura profunda que lo dota de una simpatía, comprensión e indulgencia para servir a su hermano sano o enfermo sin condiciones. Una especial sensibilidad hacia las flaquezas de sus semejantes que también pueden ser (y con frecuencia son) las suyas propias. Ése es el médico humanista al que todos deberíamos aspirar.

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