1ª Función
“PETER PAN” (“PAN”)
“Jamás digas adiós, porque el adiós significa partir y el partir siempre significa olvidar”. Estas palabras brotaron de la pluma de James Matthew Barrie, padre literario de aquel fabulado chiquillo que se negó a crecer en un mundo de fantasía y no, no se trata de Michael Jackson o de Chabelo. Peter pan es aquella pieza de nuestro rompecabezas existencial a la que acudimos cuando sentimos incompleta nuestra capacidad de afrontar los pesados lastres de la adultez, y el tiempo asistido por el cine y le teatro han procurado que la cita con que se abre este texto no se cumpla al mantener vigente por más de 100 años a un personaje que ha permeado la cultura popular mundial a través de sus aventuras. Ahora, después de múltiples iteraciones, encarnaciones e interpretaciones tenemos en cartelera una cinta que se ocupa en arrojar luz donde no se requería: el origen de este mítico infante, y al hacerlo se le despoja de aquella mística que lo caracteriza tratando de decodificar en términos masivos lo que mejor funciona en código: la capacidad de asombro que despierta un niño que vuela y lucha con su sombra sin saber siquiera cómo o porqué, aunque el “porqué” parece ser el modo por el cual la nueva generación nutrida por la Internet configura sus experiencias escapistas, así que próximamente podremos esperar la génesis de las habilidades locuaces y locomotrices del espantapájaros en “El Mago de Oz” o la física cuántica involucrada en el rompimiento del continuo espacio-tiempo en “La Bella Durmiente”. Peter Pan funciona mejor como un símbolo que precisado como un niño antigravedad de acción, y si bien un proyecto fílmico con estas características puede resultar atractivo para aquellos embelesados con los intrincados y psicológicamente complejos relatos de Barrie, el resultado muestra muy poca intelección sobre las inquietudes antropocéntricas y metafóricas del escritor inglés debido a un guión muy comprometido al entretenimiento facilón que no permite que las inocuas intenciones narrativas de la cinta tomen vuelo como su protagonista. Por otro lado el experimentado y muy resuelto cineasta Joe Wright se percibe inadecuado comandando una producción donde el protagonismo recae en arquetípicas figuras masculinas, alejándolo de su zona de confort histórica donde abundan los corsés (“Orgullo y Prejuicio”, “Expiación, deseo y Pecado” y “Hanna”. Ésta última no es de época pero sí se centra en una fortalecida y muy rica figura femenina) mientras describe con austeridad argumental el arribo de Peter (encarnado por un jovencito talentoso llamado Levi Miller) a la tierra de Nunca Jamás al ser secuestrado junto con otros niños del orfanato donde habita por el pirata Barbanegra (Hugh Jackman robando cámara como acostumbra), villano irredento que los roba para usarlos como mano de obra en sus minas donde se ven forzados a buscar polvo de hada -o “pixum”, como se le denomina en la cinta- en forma cristalizada. En estas condiciones Peter conoce a James Garfio (Garrett Hedlund), un personaje tan poco definido en el filme que me atreveré a simplificarlo como el hijo bastardo de Indiana Jones y Han Solo, pues se nos presenta como un bribón altanero y aventurero que sólo ve por sí mismo, mas ayuda al niño a escapar cuando éste revela una habilidad sorprendente: puede volar. Esto lo coloca en la mira de Barbanegra, pues se ha profetizado que un chico con esta destreza será su ruina. Aclarado el conflicto dramático, el resto de la trama es tan solo una sobrecargada imaginería conjurada en computadoras confinada a los lugares comunes: persecuciones, pausas dramáticas donde Peter averigua sobre su pasado y futuro legado y la esperada asistencia de vistosos personajes entre los que resalta Tiger Lily, interpretada con brío por la eficaz Rooney Mara. Para nada logra cuajar con solvencia o a nivel de propuesta, quedando todo en un ligero cuento de hadas posmoderno muy bien actuado que hará dormir a la audiencia Facebook y desconcertando al resto. Es aquí cuando deseamos, como diría el mismo Peter Pan, morir, pues ésta sería una aventura más grande que lo visto en esta película.

2ª Función
“REVANCHA” (“SOUTHPAW”)
Esta cinta tiene todo lo que podemos pedirle a una historia ubicada en el mundo del boxeo: actuaciones de primera línea, secuencias pugilísticas filmadas con inventiva y montadas con ritmo interesante y una pantalla saturada de sangre, sudor y todo lo que el cuerpo pueda secretar mientras mide fuerzas con otro a punta de puñetazos. Lo tiene todo, menos una célula de creatividad en todo su desarrollo, pues el argumento se constituye en base todos y cada uno de los clichés en el manual del boxeo cinematográfico. Y es una pena, pues se trata de un filme digno de verse y de escucharse, pero no soporta una lectura narrativa convincente. Jake Gyllenhaal, sin lugar a dudas uno de los actores más talentosos con los que cuenta el cine norteamericano moderno, interpreta a Billy Hope, un púgil semipesado que lo tiene todo: dinero, vivienda de lujo, una esposa escultural (Rachel McAdams)  que lo apoya y maneja incondicionalmente y una pequeña hija llamada Lila (Oona Laurence, toda una revelación) que lo adora. Mas una fatídica noche durante un acto de beneficencia se arma una trifulca provocada por otro boxeador que anhela el título de Hope y un arma se dispara, hiriendo de muerte a su esposa: A partir de este momento la vida del campeón será una espiral en picada donde se le embargarán todas sus posesiones debido a una crónica desmotivación por su oficio y perdiendo todos sus encuentros, dejándolo con cuantiosas deudas. Además, su hija termina con Servicios Sociales debido a su creciente manifestación de tendencias suicidas, por lo que tratará de ascender una vez más a la cima del deporte con la ayuda de Tick Wills (Forest Whitaker), un viejo entrenador dueño de un gimnasio que enderezará la pulverizada existencia de Hope al darle una motivación: reconquistar el título para así obtener suficientes recursos monetarios y recuperar a su hija. Este es un melodrama arquetípico a la vieja usanza que maquilla sus carencias de propuesta mediante un excelente desempeño de Gyllenhaal, quien logra expresar con dureza y convicción el dolor emocional y físico que padece este personaje que bien podría apellidarse Balboa o Flynn, pero que en las tatuadas manos del actor adquiere un cariz propio. El director Antoine Fuqua sigue fiel a su dinámica de obsequiarnos una cinta inteligente o mínimamente interesante y seguirla con una mediocre, y como el año anterior estrenó la solvente y bien desarrollada “El Justiciero” con Denzel Washington, entonces… Filme recomendable por su talento histriónico pero que desafortunadamente pierde por nocaut técnico en los primeros asaltos.

Correo: corte-yqueda@hotmail.com