Alonso Vera
Agencia Reforma

Viajar no es tan complicado como la física cuántica. De hecho, creo que a cualquiera le sale de manera natural una vez que logra superar los miedos iniciales de ¿dónde voy a dormir, qué voy a comer y cómo me voy a comunicar? En lo personal, sobreponerse a estos temores me parece una actividad revitalizante y se ha convertido ya en una suerte de adicción. Sin embargo, aún tengo una pesadilla recurrente antes de regresar: despertar del ensueño de viajar y encontrarme viviendo de nuevo una vida normal.
El miedo es una emoción primordial, que aflora sin importar si el peligro es real o un supuesto. Tampoco importa si emana de algo acontecido en el pasado o de una situación presente, ya sean recuerdos infantiles del terremoto de 1985 o el ataque inminente de un chupacabras en celo. Incluso, el miedo puede surgir al preocuparse de situaciones futuras, como el impacto de un meteorito apocalíptico o una falla cardiaca al estornudar con los ojos abiertos.
Así como el recelo, viajar es algo implícito a nuestra naturaleza humana. Desde el origen de nuestra especie hemos estado en movimiento, siempre en busca de una cueva más segura o de un pasto más verde. Estos desplazamientos han propiciado la evolución por medio del intercambio de genes, técnicas e ideas. Viajar permite, a su vez, erradicar los prejuicios y hermanar a los desconocidos. Sin embargo, en ocasiones dichos movimientos también traen consigo el miedo al otro, a lo diferente y al cambio. Todos ellos han generado conflictos violentos. Y es por medio de la violencia como sobreviven y se magnifican estos miedos, de generación en generación.
Somos herederos del temor de nuestros ancestros, aderezado con el creciente aislamiento que deviene a la mediatización de nuestra realidad. Actualmente, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, el 30 por ciento de la población mundial sufre de ataques de pánico y ansiedad. Y aún cuando estos ataques pueden suceder al estar simplemente recostados en la cama mirando la televisión, los síntomas son los mismos que manifestamos todos los mamíferos cuando nos encontramos en alerta máxima: ritmo cardíaco acelerado, pupilas dilatadas y otras herramientas instintivas similares utilizadas para evitar lo único que es seguro y definitivo en esta vida: la muerte.
“El hombre más peligroso, es aquel que tiene miedo”, escribió Ludwig Börne, periodista judío nacido en Alemania poco antes de la Revolución Francesa; aquél descontento social que detonó la insurrección agraria en contra de los “privilegios señoriales”. Hoy, tener un trabajo y convivir con la familia en un ambiente de paz, no se diga viajar por el simple hecho de hacerlo, pueden ser considerados como privilegios señoriales, sobre todo para quienes han sido víctimas de la violencia: refugiados, huérfanos y viudas del miedo.
Ludwig Börne escribió sobre la censura y la discriminación, y murió en París, urbe reinada hace algunas noches por el horror y la consecuente indignación. El miedo es contagioso y reactivo como la pólvora. Ha sido el motivo para la creación y declive de innumerables imperios, así como el fuego que alimenta religiones y movimientos políticos. Sin embargo, no sólo Occidente se encuentra de luto. Hoy, el terrorismo no sólo es exclusivo de los yihadistas. Todo depende del cristal con que se mire, pues algunos consideran que las bombas son la solución, otros prefieren los antidepresivos. Yo, sin embargo, creo que el camino es viajar.