Estas palabras resuenan al inicio de una cinta que, sin saberlo, introduciría a toda conciencia cinéfila que volaba libre, optimista y coloridamente cual mariposa en una crisálida para transformarla en un gusano de aspecto grotesco y fascinante. Tal exordio sintetiza de manera clara las intenciones argumentales de sus creadores, iluminando al espectador sobre el tema, la época y el tono con que sus sentidos se verán asaltados una vez que la música soul permea los escenarios dibujados y la cámara deambula por una Nueva York de literal caricatura, hasta llegar a un edificio en construcción donde, en la cima de la obra negra, un grupo de trabajadores representados como animales antropomórficos degustan en una viga un almuerzo desagradable a la vista. Uno de ellos, en un acto totalmente testamentario de la subversión constitutiva en los poros narrativos de esta cinta, orina desde las alturas. El acto en sí conmociona debido al formato, pues una caricatura jamás mostró necesidad de manifestar su fisiología en la pantalla grande y esta escena puntualiza la naturaleza decadente, contestataria, sociopolítica y guarra de “Fritz el Gato”, el primer largometraje animado clasificación X que logró colarse en las filas de la iconoclastia como la cápsula del tiempo ideológica-yanqui versión caricaturas que ni Disney en sus más enfebrecidas fantasías pudo elucubrar.

El Gato Fritz surge originalmente en el medio impreso a principios de la década de los 60’s, impulsando un movimiento de expresión inconformista a un sistema político diseñado para matar en junglas inhóspitas pobladas de sujetos con rasgos asiáticos llamados “Charlie, el Sueño Americano”. Su creador, Robert Crumb, desarrolló punzantes y sangrantes reflexiones sobre el estado doctrinario y comunitario de su país a través de historias dibujadas en ásperos trazos monocromáticos, gestando las posibilidades discursivas e intelectuales de la historieta. El animador Ralph Bakshi, quien deseaba suministrar sus inquietudes artísticas con instrumentos de expresión más allegados a su propia ideología lejos de las series infantiles para los sábados en la mañana en las que trabajaba, vio en el personaje felino la manera de traducir, mediante el lenguaje fílmico el sentir de una nación desencantada en comunión con los esfuerzos tanto de Crumb como los suyos por mostrar que el formato animado puede albergar ideas y mensajes de contenido profundo quebrando el paradigma de las princesas encantadas y las canciones entonadas en bosques mágicos. Así, en 1972 se estrenó este proyecto que modificaría a perpetuidad la percepción que se tiene sobre el dibujo animado legando a la senda creativa una amplitud temática que se allana hasta la fecha, amén de una taquilla masiva a nivel mundial sustentada precisamente en la curiosidad que atrajo a millones por ver a una caricatura fornicar, generar diatribas políticas y mostrar en pantalla mediante una fauna de lo más diversa las instituciones que definían la cultura de la Norteamérica en metamorfosis. La cinta muestra al minino Fritz, un rechazado universitario, utilizar su reflexiva y aguda mente para enunciar con ferocidad las fallas en la estructura gubernamental estadounidense a la vez que pretende acostarse con todas las hembras de cualquier especie que se ponga enfrente. Sus aventuras lo llevarán a pasar por las filas de las Panteras Negras, los Ángeles del Infierno y el Ku Klux Klan mientras se explora el fenómeno de la diversidad étnica y dogmática al debidamente ultrajar argumentalmente la religión judía, la vida en los ghettos neoyorquinos, el sistema judicial (representados aquí, y como no, por voluminosos cerdos que se muestran estridentes e ineptos) y la cultura de la droga, pues la mariguana no solo hace acto de presencia sino que resulta indispensable para la propulsión del actuar de nuestro héroe peludo. Definitivamente nada que PIXAR o Dreamworks abordaría en sus adorables fantasías de ensueño.

“El Gato Fritz” ha trascendido como una sátira que cubre varios rubros, incluyendo la decodificación de una era de dolorosa transformación dispuesta a dejar las enseñanzas de los padres y escupir a los mayores desde un púlpito desaseado y manchado tanto por las mentiras de sus dirigentes como por la insensata ingenuidad de su indolente grey y un estirón al cine de animación que lo sustrajo de las vías industriales complacientes al terreno del cine formal y tal cual, centrándose en la forma y en el fondo con la libertad plástica y estética que solo la animación puede proveer a cualquier creativo. Siempre será de valor revisar al filme pionero que revolucionó un formato, maduró a una generación y sustentó de inspiración a cineastas de todo el mundo hasta la fecha (sin Fritz, no existirían los habitantes de “South Park”, el gualdo universo de “Los Simpson” o películas que también aprovechan la libertad visual que otorga el dibujo ahora procesado por vías digitales, como la reciente “Fiesta de las Salchichas”). Nada mal para un gatito de caricatura.

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