Por Alejandro Hernández R.
Fotos: Enrique de Santiago S.

Queda ver cómo la temporada novilleril pasa de ser un oasis en el desierto para los novilleros, ahora, al transcurso de los festejos van saciando su sed, sed de gloria, sed de ser, sed de sentir la emoción de enfrentarse a un utrero, no sin dejar de pagar una cuota alta, como tributo a su arrojo, ocurrió ayer con Juan Pablo Herrera.
Y encuentro similitud a un oasis, porque durante la cuarta novillada, vimos la actuación de dos novilleros de casa, que tienen ya un buen trecho del camino andado, el bajito Juan Pablo Herrera y el espigado Javier Castro, que habiendo cosechado el mismo premio, una oreja por coleta, de muy diferente peso y criterio del biombo, deleitaron a una plaza que rozó el lleno, con sus maneras, con sus avances, mientras el debutante con caballos, el salmantino Cristian Canano, dejó ver el valor de todo iniciado, aun y cuando no logró contar con un lote que se prestara del todo.
Se lidió una novillada de Rosas Viejas, de variada presentación, edad y juego, sobresaliendo el quinto, por su buen estilo, cuyo juego duró un suspiro.
Alterando el orden de lidia, iniciamos nuestra crónica con la maciza actuación de Javier Castro, novillero con un vasto recorrido en estas lides, incluso, habiéndose presentado ya en Madrid, donde estuvo muy acertado. En primer término se la vio con un astado que le permitió lucirse desde con el percal, estando variado  y con buen gusto, como en ese quite elegante y vistoso por Caleserinas. Ya con la muleta situado en los medios, corrió la diestra a manos bajas y el compás abierto, mientras al natural, el novillo no acudió al engaño con el mismo recorrido del otro lado. Pincho y dejó estocada honda, para saludar en el tercio.
Con el quinto, éste con nobleza y calidad, las fuerzas le duraron un suspiro, lo que aprovechó dignamente Castro, que empezó luciéndose con una ceñida larga cerrado a tablas, al igual que la interpretación de la tijerilla, suerte hoy abandonada en el baúl de los recuerdos. Supo con torería, construir una faena si bien corta, nada ayuna de elegancia, de buenos trazos, de pausas y adornos adecuados, ejecutando el toreo con solvencia y soltura, viéndose como un matador de toros, sabiendo a la perfección el sitio correcto en la colocación, templando y mandando, al igual que aguantando cuando se le fue quedando corto el ejemplar de Rosas Viejas, exprimiéndole para rematar la importante faena, con una estocada hasta la bola y en lo alto, otorgándole el juez una oreja de mérito, bien ganada, solicitando un buen sector la segunda, que no concedió el biombo. Fue Javier quien finalmente firmó la tarde.
El primer espada, Juan Pablo Herrera, ha estado toda la tarde muy entregado y buscando el triunfo, cubriendo los tres tercios en su primero, un astado muy chico, escurrido de carnes y peludo, al que toreó de capa alternando en quites con Javier Castro; aquél por chicuelinas, éste por gaoneras, finalizando Juan Pablo con ajustadas saltilleras, que les valieron una carretada de palmas. Cubrió el segundo tercio, sobresaliendo el último par colgado en la suerte del violín.  Se vio con mucha voluntad y paciencia, ante el estrado animal, cobrando su actuación sus mejores momentos, cuando acertó a llevarle a los medios donde acudió a la tela con mejores resultados. En una faena de altibajos, matando de una estocada muy baja, llevándose la primera oreja de la tarde.
El  cuarto, con otra edad, de inicio no obedecía los engaños, llevándose por delante a Herrera, que postrado de hinojos afuera del tercio intentó recibirlo con una larga, recibiendo el novillero una paliza de órdago, sacando una cornada interna, de la cual está siendo operado, en el momento de estar redactando la presente. Todavía volvió a ser peligrosamente empitonado, cuando intentó llevarle al caballo, pero sin nada que lamentar. Sin menos cabo de su entrega, de su valor, empezó su faena en el centro del ruedo, toreando con verdad y entrega por naturales, si bien careciendo de ligazón, a cambio de llevarle templadamente, al igual que en su toreo por la derecha. Manteniéndose siempre en la cara de su enemigo, al que liquidó después de fallar con ambas espadas. Saludo en el tercio.
Como era de suponer, el español Christian Canano, que se presentó como novillero con picadores, si bien, no logró sobresalir, en cambio y a pesar de su verdor, salió bien librado. En su maleta se ve poco valor, pero con una actuación no se puede juzgar a un torero.