“Cómanse al rico…”
Jean – Jacques Rousseau

La ciencia ficción puede ser este opaco y hosco espejo donde no solo se exponen diversos fragmentos de la condición humana , también provee reflexiones nutridas sobre la misma a través de su horadación por el pasado y presentes históricos para erogar en parábolas con rumbo a nuestro futuro. “El Expreso del Miedo” es una muestra de esa ciencia ficción incisiva e inquisitiva que corta transversalmente por dicha narrativa histórica atendiendo a los procesos revolucionarios gestados por la perenne búsqueda de equidad social y aquellos conflictos que se gestan en las conflagraciones ideológicas y corporales entre las clases desniveladas. Y esta cinta aprovecha con sagacidad los lenguajes plásticos y argumentales del género para construir un discurso articulado e inteligente que entreteje con pasmosa fluidez sus ricos cuestionamientos sociológicos con secuencias que involucran aquellos componentes asociados al cine de acción, como persecuciones y combates cuerpo a cuerpo para conjugar un filme vigoroso en forma y contenido.
La trama: en un intento por detener y revertir los efectos del calentamiento global, una coalición de naciones desarrolla y libera un componente experimental en la atmósfera y así enfriar el planeta a temperaturas sustentables. El proyecto fracasa catastróficamente al desatar una segunda era glacial que aniquila a la mayoría de la población. Los remanentes de nuestra especie son ubicados en una barca móvil con la forma de un colosal tren potenciado por un motor de movimiento perpetuo. El frío extremo impide el asentamiento debido a un factor de congelación casi instantáneo, por lo que esta gargantesco ferrocarril (el “snowpiercer / rompenieves” del título) es la única forma de albergar vida humana al encontrarse en eterno movimiento. En su interior, los sobrevivientes de clase baja o en condiciones de pobreza se encuentran ubicados en el cabús, sometidos a la tiranía de los pasajeros ricos, quienes residen en los vagones cercanos a la maquinaria. El año es el 2013, han pasado 17 desde el fallido intento por salvar la Tierra y Curtis (Chris Evans, mostrando bienvenidas dotes histriónicas), un habitante del cabús, planea una revuelta inspirado en crípticos mensajes ocultos en su alimento donde se le obsequian pistas para tal fin. De esta forma apura a sus compañeros en desgracia para gestar una revolución que los lleve hasta el frente del tren y derrocar a sus enriquecidos opresores. Mas, conforme Curtis avanza por los vagones del masivo transporte, descubre tanto los sacrificios requeridos para obtener progreso y el costo que su movimiento insurrecto pudiera tener para con el destino de lo que queda de humanidad.
El nivel de detalles narrativos que posee la cinta es abundante e intrincado, mediante un guión que estructura su trama de manera compartimentada, permitiendo una evolución natural y muy fresca de sus personajes añadiendo además compresión cronológica a tan sugerente guerra de clases postapocalíptica, evitando dispersiones argumentales o devaneos con ramplonas moralejas. Lo que permite que estas piezas calcen como lo hacen es el excelente trabajo del director surcoreano Bong Joon Ho (“El Huésped”, “Mother”), quien aprovecha al máximo las capacidades histriónicas de su reparto (el cual incluye a Jamie Bell, Tilda Swinton, John Hurt y Ed Harris) para inspirarlos a una mimetización clara con sus personajes, atendiendo sus requerimientos dramáticos conforme la historia va dando giros a rumbos temática y filosóficamente oscuros, delineándolos perfectamente dentro de sus estaciones socioeconómicas. Ho plantea claramente la intersección de cómo la geografía define a la cultura y viceversa, empleando varios elementos simbólicos como el carro-escuela que adoctrina a los infantes privilegiados o el consumo de una peculiar droga llamada “kronol”, la cual provee el escape tanto sensorial como literal. Y como ésta no es una revolución abstracta debido a lo definido de su génesis, las bajas y efectos que ésta lleva a las vidas de estos personajes afectan con efectividad al espectador, sin trazas de limítrofes maniqueas o moralinas en el proceso (v.g. la intensa escena introspectiva donde Curtis revela aspectos de su pasado en el cabús indigente, un punto esencial en el filme que conmueve y horroriza gracias al formidable desempeño de Evans y el cuidado que pone Ho al ritmo y sutil encuadre).
Aún si la presentación de su tesis no es novedosa o inexplorada por la ficción literaria y cinematográfica (al final los pobres son almas gentiles mientras que los ricos rebosan maldad), “El Expreso del Miedo” se manifiesta con mayor pluralidad dramática al otorgarle a cada bando coherencia en sus motivaciones, definiendo al conflicto como uno tan antropocéntrico que es inevitable no sentirse involucrado. Un filme que, como el transporte que le da nombre, solo tiene un destino: trascender.

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