Luis de la Torre Aguilar

Nota Editorial:

Este trabajo del escritor taurino aguascalentense, apareció originalmente en Provincial, Órgano del Círculo Aguascalentense de México, No 4, Tomo II, México julio 31 de 1944.  Se publicó también en Plaza de Toros San Marcos: Imágenes de un Siglo, del Centro Taurino México España, Ed. Instituto Cultural de Aguascalientes, Pulsar y Cigarrera La Moderna, 1996, Págs. 19-22. Se publicó también en Xavier González Fisher y Jesús Antonio de la Torre Rangel (compiladores), El-Hombre-que-no-cree-en-nada. Un siglo de toros. Antología, Ed. Centro de Estudios Jurídicos y Sociales Mispat, Aguascalientes, 2013. Lo publicamos hoy, nuevamente, a ciento veinte años de la Inauguración del coso sanmarqueño. Jesús Antonio de la Torre Rangel.

Mi amigo de la infancia y ahora mi viejo amigo don Daniel N. Marín me ha mostrado la fotografía que ilustra el presente artículo, sugiriéndome con ello la idea de escribir algo relacionado con el asunto que representa.

En verdad resulta evocadora la estampa, no sólo para mí, sino para todos aquellos aguascalentenses de la época, aun no contándose entre los aficionados a la fiesta de los toros. Nos recuerda nada menos que el estreno de nuestra alegre placita de San Marcos cuya inauguración se llevó a cabo precisamente en los días en que nuestra querida tierruca se transforma y llena de alegría con la celebración de su feria primaveral, la más popular y grandiosa de cuantas tienen lugar en cualesquiera de las ciudades de la República en donde con algún motivo se efectúan esta clase de periódicos festivales.

Corrían los primeros meses del año de 1896, época en que Aguascalientes contaba solamente para sus festejos taurinos con al vetusta plaza llamada “El Buen Gusto”, explotada en aquel entonces por el popular y festivo don Jesusito López y que se encontraba colocada en próxima vecindad con nuestro incomparable jardín, cuando súpose, con entusiasmo general, que don José Dosamantes, valiéndose de la pericia en estos menesteres, del Ingeniero Don Camilo Pani, levantaría en un período no mayor de dos meses una nueva plaza de toros para, en franca competencia con la de “El Buen Gusto”, llenar el cartel de corridas de la próxima feria. Y tal como fue anunciado se realizó el propósito. Al ser fijados los siempre alegres y sugestivos cartelones anunciando las fiestas, en ellos figuró ya la inauguración del nuevo coso con la verificación de las tres corridas de rigor para los días 24, 25 y 26 de abril, constituyendo la mayor atracción que en los tres carteles figuraría como primer espada el veterano matador hispano Juan Jiménez “El Ecijano”, lidiando toros de la ganadería del Venadero, propiedad del mismo señor Dosamantes y entones ganadería de gran prestigio aún en la Capital de la República.

El que esto escribe, contando apenas con seis años de edad cuando esto acontecía, no podrá olvidar nunca la impresión recibida con aquellas tres corridas, probablemente las primeras de que guarda recuerdo. “El Ecijano”, hombre ya con la cabeza cubierta de canas, al frente de sus cuadrillas, realizó hazañas que seguramente envidiarían muchos de los actuales primates de la torería.

La concurrencia, sin ser en extremo numerosa, pues entonces todavía no se despertaba la ansiedad taurina que hoy existe, si fue muy selecta y escogida. La propia fotografía nos muestra la presencia de principalísimas familias del lugar, amén de otras muchas que de todos los rincones del país acudían presurosas a disfrutar del azul purísimo del cielo y de la hospitalidad inigualable de la antigua Villa de Nuestra Señora de la Asunción de las Aguas Calientes. Entre ellas podemos distinguir a las siguientes personas:

En el palco No. 9, de izquierda a derecha, está don Inocencio Isasi con sus hijas Lola y Ma. de Jesús; en el 15 el Lic. Don Jacobo Jaime y en el 14 don Manuel Otálora con su familia.

En la primera fila de barrera: el doctor don Enrique C. Osornio, los señores Enrique y Edmundo Araujo; don Manuel Hernández y don Manuel Cabrera, de León, Gto.; el escultor don Jesús Contreras, don Felipe Ruiz de Chávez, don Francisco Bernal y don Luis Barrón.

Abajo de la tercera columna de los palcos están: los señores ingenieros Alberto, Arturo y Julio Pani, don José López Araiza, don Miguel Macías y don José López Alba.

Al pie de la cuarta columna, don Leobardo Bernal.

Bajo la primera columna, don Emilio López con las entonces niñas Anita y Constanza Thompson.

En la puerta de entrada, con sombrero de copa, don Francisco Cuéllar, y, en sombra, don Jesús López e Ing. Don Tomás Medina Ugarte.

Y seguramente, confundidos entre los concurrentes a los tendidos, figurarán otras personas más, tales como don Patricio Aispuru, don Ricardo Mier, don Pedro Martínez, don Juventino de la Torre, el Ing. Don Leocadio de Luna, los licenciados don Alberto Dávalos y don HermiónValdepeña, don Luis Aguilar, don Celestino Rangel, don Francisco Alonso, don Manuel Belaunzarán, don Marciano Núñez y muchísimos más de los infaltables a las tradicionales corridas de nuestras sugestivas fiestas primaverales, acompañados muchos de ellos, como en el caso del señor mi padre, de algunos de sus hijos, unos ya desaparecidos y otros de los que formamos actualmente la vieja guardia aguascalentense.

“El Ecijano”, torero español de gran renombre, supo dejar imperecedero recuerdo en la vieja afición de Aguascalientes, haciendo honor a su prestigio en sus tres actuaciones, sobre todo como formidable y seguro estoqueador. Además de haber dado muerte, en forma brillante, a todos sus toros, como una galantería se brindó a lidiar un semental español que el señor Dosamantes había traído de España para refrescar la sangre de su ganadería, y si mal no recuerdo fue este toro el primero de los corridos en la plaza de San Marcos, es decir, el primer burel que pisara la arena del flamante coso y justamente el que aparece en la fotografía en los momentos en que “El Ecijano” simula la suerte de matar, dejándolo con vida para que fuera a cumplir su misión en las dehesas del Venadero.

Este viejo lidiador que representara tan importante papel en la historia de la fiesta taurina en Aguascalientes, así como en la celebración de dichos festejos durante la feria del lejano año de 1896, tiempo después falleció en la ciudad de Durango a consecuencia de tremenda herida que recibiera en la plaza de Guadalajara.

Y a partir del 24 de abril de 1896, fecha memorable en los anales taurinos de Aguascalientes, el flamante coso de San Marcos se constituyó en teatro de innumerables festejos por espacio de muchos años en que la risueña tierruca se distinguió notablemente por la cantidad de corridas allí celebradas y a las que he venido refiriéndome en mis “Reminiscencias Taurinas”, publicadas en este órgano de la Provincia.

¡Cuántos recuerdos! ¡Cuánta añoranza! Todavía llega a mis sentidos el fresco olor a tierra mojada que despedía nuestro hermoso jardín al estarlo regando, cuando lo abandonábamos para dirigirnos a la plaza de toros después de haber saboreado ricamente el mole de guajolote gustado en la famosa fonda de Valentina Uvario, especialista en la materia, como lo fuera también de las sabrosas nieves y fruta de horno que por las noches, en familias completas, acudíamos a probar golosamente todos los aguascalentenses y fuereños, como remate al paseo cotidiano en el jardín amenizado por la bien instrumentada banda municipal, o bien después de haber dejado los salones de “La Primavera”, instalados en los bajos de lo que fuera casa habitación de la distinguida familia Otálora, en donde tomaban asiento, por espacio de quince días, las partidas y ruletas, principal atracción de numerosísimos adoradores de Birján. Todavía suenan en mis oídos los continuados gritos de don Cuco Reyes, repitiendo sin cesar: “La sota de bastos…, el caballo de oros…, el cuatro de espadas….”, así como el constante ofrecimiento de los vendedores de los sin igual “¡¿Cuánto de pasteles, cuaaaanto?!…”