Por: Octavio Díaz García de León

 

Madre, yo al oro me humillo, 
él es mi amante y mi amado,
pues de puro enamorado
anda continuo amarillo.
Que pues doblón o sencillo
hace todo cuanto quiero,
poderoso caballero
es don Dinero.

Francisco de Quevedo

Hace poco releí el cuento de Jorge Luis Borges, El Zahir. Hace muchos años lo hice por primera vez junto con los demás cuentos que integran esa enciclopedia que por su brevedad se puede pensar que es un Aleph y que forma parte del libro de este nombre. Allí, en el primer tomo de las obras completas se encontraba incluido este libro cuyos cuentos me ha tomado mucho esfuerzo entender. Por ello, la relectura no era mala idea. A veces la falta de inteligencia puede ser suplida con paciencia y tenacidad. Había que acometer de nuevo la lectura de este libro.

Como cualquier texto, estos cuentos tienen varias interpretaciones y quizá ninguna es la que intentó el autor, porque cada lector es diferente. En esta ocasión El Zahir me ayudó a comprender que el dinero puede ser una obsesión por la cual las personas están dispuestas a cometer los peores crímenes o sacrificar su vida en la búsqueda del mismo.

Para Borges, un Zahir es un objeto que tiene la terrible propiedad de que no se puede dejar de pensar en él. En el cuento de Borges todo empieza con una moneda de veinte centavos a la que llama Zahir y en la que no puede dejar de pensar el narrador; pero, dice el autor, así se le llamó también a un tigre, a un ciego de la mezquita de Surakarta, a un astrolabio, a una pequeña brújula, a una pequeña veta en el mármol de uno de los mil doscientos pilares en la Aljama de Córdoba en la judería de Tetuán, o bien al fondo de un pozo.Seguramente habrá otros en los que no se puede dejar de pensar.

Pero entre aquellos que identificó Borges como Zahir, está esa moneda con la que empieza su cuento: sencilla, modesta, sin ningún rasgo importante. Pero no es la apariencia inocente de la moneda la que nos da la pista de su relevancia sino lo que ésta significa. La moneda puede ser ese objeto curioso de metal, o un billete, o una cuenta bancaria, o un cheque, o un bitcoin o cualquiera de sus modernas manifestaciones. La moneda que recibe el narrador en el cuento de Borges es un Zahir, pero, dice el autor, también son todas las monedas paradigmáticas de la historia y cita algunas: el óbolo de Caronte, el óbolo que pidió Belisario, los treinta dineros de Judas, las dracmas de la cortesana Laís, la onza de oro que hizo clavar Ahab en el mástil, el florín irreversible de Leopold Bloom y entre otros, el luis cuya figura delató a Luis XVI cuando huía. Esta moneda representa al dinero en sus múltiples facetas.

Dice Borges que la moneda simboliza el libre albedrío porque a través de ella transformamos nuestros deseos en realidades. Nuestras realidades comprables, acotaría, pues hay otras que no lo son. Para cambiar o expandir nuestra realidad que puede ser desagradable o confinada, se anhela tener más dinero y entonces se convierte en una obsesión por hacer crecer nuestra posesión del mismo. Las personas atraídas por ese mágico poder de adquirirlo todo, se suelen confundir perdiendo de vista el fin y concentrándose en los medios. El dinero es sólo ese intermediario que podría acercarnos a cumplir sueños y deseos, pero no debe ser un fin en sí mismo, porque no tiene sentido.

Desde que se inventó el dinero las personas se han dejado hipnotizar por sus poderes casi mágicos. Y es que puede ser la diferencia entre la vida y la muerte, el hambre y la saciedad, la protección y la indefensión, la felicidad y la infelicidad. Desafortunadamente en nuestra época, la vida de todos se desarrolla en torno al dinero: el trabajo, la economía, el bienestar, la salud, etc., dependen de él y determinan el destino de casi toda la humanidad. Nos hemos vuelto rehenes de este invento que desata todas las pasiones, especialmente las más bajas.

La obsesión por el dinero está en el fondo de nuestra descomposición social. Allí está la respuesta al por qué de la inseguridad pública, el enriquecimiento ilícito sin límites, la corrupción desatada. Políticos corruptos, delincuentes y otros obsesionados con el dinero no se conforman con tener lo suficiente para una vida digna, sino que se empeñan en obtener fortunas que no podrán ser gastadas en varias generaciones. Están dispuestos a causar enormes daños al resto de las personas con tal de acumular dinero. Por ello, los narcotraficantes son capaces de la mayor violencia, cometiendo asesinatos brutales, torturas y mutilaciones y los corruptos son capaces de causar la miseria de millones de personas desviando para su beneficio personal el dinero que serviría a los necesitados.

Nuestro país es víctima de esta obsesión. Demasiadas personas sólo ven por sus propios intereses que traducen en acumular dinero sin importar los demás. Borges vio la cualidad terrible del dinero en una moneda inocente de veinte centavos. Supo que la humanidad gira alrededor de él y que los hombres no pueden dejar de pensar en él. Supo que allí está el fin de la humanidad: como objetivo de todos y como destino.

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