… pero en la cinematografía, los hombres y mujeres de prolongados hábitos que salvaguardan la fe católica suelen amar algo más que una representación antropomórfica de la abstracción divina, erogando en relatos que invariablemente absorben la atención de aquellos espectadores que no logran concebir historias donde inocentes aspirantes a abandonarse ante la gracia del Señor son tomados subsecuentemente de la mano por la terrena carnalidad en una travesía de autodescubrimiento donde la trascendencia espiritual reside en los procesos de libertad dogmática y la única deidad que se venera está en el altar del cuerpo.
Generalmente, el arquetipo del predicador evangelista siempre se muestra como la medida perfecta del equilibrio entre la humanidad y la santidad, rechazando todo vestigio de conductas e inquietudes que mancillen su sacra misión para concentrarse en las inquietudes teológicas propias de su vocación. Sin embargo, sus procesos de conciencia siguen -y seguirán- siendo rehenes de la más destilada humanidad, la cual puede ser provocada cual bestia enjaulada por los barrotes de la castidad por aquellos aspectos que moldean las necesidades básicas de subsistencia emocional e intelectiva: el amor y el deseo.
‘Nazarín”, dirigida por el maestro Luis Buñuel en 1959, explora este concepto de forma magistral al mostrarnos un sacerdote llamado Nazario (el formidable Francisco Rabal), en constante y dual batalla con el mundo y consigo mismo al tratar de ceñir su existencia y proceder en paralelo al de Jesucristo, lo que fungirá como elemento antagónico una vez que Nazario comprende que la divinidad no compagina con lo mundano, especialmente cuando se torna objeto de adoración y subyacente deseo de la prostituta del lugar (Marga López). La reflexión de Buñuel estriba en la figurativa corona de punzantes pesares que debe llevar sobre su atribulada testa una vez que su autocomplaciente martirio lo lleva a un punto de iluminación estrictamente humana.
A niveles más pueriles encontramos “Más Allá del Amor” (Kramer, E.U., 1979), gentil fantasía donde el otrora comediante Dick Van Dyke pretende asumir un rol serio con un personaje de investidura religiosa que gradualmente se ve atraído por una joven monja (Kathleen Quinlan), única confidente en un retrógrada pueblo minero. Algo semejante ocurre en la popular miniserie “Amor Entre Espinas” (Stanley, E.U., 1983), edulcorada y exitosa producción televisiva donde Richard Chamberlain ve tambalear su actividad kerigmatica ante Meggie Cleary (Rachel Ward) y su inquietante presencia física. Una épica que se colocó en el gusto del público ochentero a pesar de sus personajes diluidos y un romance propio de Yolanda Vargas Dulché.
El otrora Superman, Christopher Reeve, encarnó a un sacerdote que era igualmente concupiscente como conspirador en la mediocre cinta “Monseñor (Perry, E.U., 1982), drama seudopolítico ubicado en el Vaticano donde el personaje de Reeve seduce monjas, engaña a obispos y pisotea a quien se ponga enfrente con el sano propósito de llegar a la cumbre del poder católico. Toda semejanza con la realidad es pura coincidencia. En contraste, la cinta argentina “Camila”(Bemberg, 1984) muestra una apasionada relación entre una parroquiana (Susú Pecoraro) y su cura (Imanol Arias) en el Buenos Aires de 1840. Los niveles de friccionalidad carnal sobrepasan el promedio expuesto en otras producciones similares y los conflictos que produce el abandono de la actividad pastoral son abordados con el mayor realismo psicológico posible.
Desde Alemania se nos lega la más gentil “Vaya Con Dios” (Spirandelli, 2002), una pequeña odisea en bis cómica donde tres enclaustrados monjes deben confrontar por vez primera a la urbanidad, con todo lo que eso implica (o sea, su primer contacto con féminas). La dirección de Zoltan Spirandelli bordea la amabilidad absoluta sin adentrarse en aspectos sórdidos u ominosos, al igual que la maravillosa cinta “De Confesiones y Cosas Peores” (2003), una fulgurante comedia sueca dirigida por el entonces desconocido Daniel Lind Landergörf donde el Padre Tobías (Karl Larsson), un idealista sacerdote suburbano, se enamora irremediablemente de la atractiva y paralítica Carola (Livia Millhagen), su único refugio en un pequeño pueblo donde sus habitantes muestran total apatía ante toda costumbre cristiana. La tesis de este filme no podría ser más contundente: el mejor refugio ante el agnosticismo, son los brazos de una mujer. Una producción ágil y francamente divertida que supera a cualquier intento de comedia romántica fraguada por los grises y francamente insoportables Zach Effron, Jennifer Aniston o Sandra Bullock.
“El Crimen del Padre Amaro”, producción mexicana del 2002 discursa inteligentemente, cortesía de la sólida dirección de Carlos Carrera, sobre las inquietudes y tentaciones de un joven sacerdote (Gael García Bernal) en un pueblo sojuzgado por el caciquismo y la mafia, situaciones con las que tendrá que lidiar además de la devoción que ahora le profesa la joven Amelia (Ana Claudia Talancón). Una producción que significó tanto escándalo y protestas en nuestro moralizado país como taquilla garantizada ante tal publicidad gratuita.
Estas son algunas de las producciones que muestran a los emisarios apostólicos enfrentarse a sus demonios, más personales y desafiantes capaces de poseerlos sin conflicto ni violentos espasmos que los induzcan a regurgitaciones verdosas. En estas cintas, la única posesión es la que acomete el fogoso espíritu de la pasión.

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