El corazón en triana

Cirze Tinajero Agencia Reforma

SEVILLA, España.- Cuando un cantaor o bailaor irradia un brillo especial y posee un talento que roza en la perfección se dice que “tiene duende”, como si un ser se hubiera apoderado de él llenándolo de magia.
La conocida expresión resulta el mejor halago para cualquier artista que dedica su vida al flamenco, pero resulta que esta ciudad andaluza también “tiene duende” y para muchos se llama Triana.
De hecho, hay quienes aseguran que en este barrio, situado en la orilla este del río Guadalquivir, se halla la esencia de la capital.
Pese a que la mayoría de los visitantes llega hasta este barrio cruzando el Puente de Isabel II -levantado entre 1845 y 1852 y también conocido como el Puente de Triana-, los lugareños recomiendan entrarle a Triana por el Puente de San Telmo, que también conecta con el Barrio de Los Remedios.
Apenas atravesarlo el viajero se encuentra a mano derecha con la calle de Betis, nombre con el que se le conocía al Guadalquivir en época romana y que con orgullo lleva el famoso equipo del pueblo: el Real Betis Balompié.
La calle de Betis tiene su encanto, locales que ofrecen tapas, vinos y cervezas obligan a detener el paso; y las tonalidades de sus pequeñas fachadas invitan disparar una y otra vez la cámara para obtener bellas postales. No falta la invitación para regresar por la noche a visitar algún tablao como Lo Nuestro y dejarse seducir por el cante, los acordes de la guitarra y el zapateo.
Pese a que hay distintas versiones, Triana es considerada como una de las cunas del flamenco. Basta merodear por la zona para constatar la importancia de este arte.
Al pasar por la Casa 3 de la calle Rodrigo de Triana, se observa una placa que rinde tributo a Manolo Marín, bailaor reconocido por sus coreografías con la Compañía Andaluza de Danza y del Ballet Nacional de España.
Al seguir recorriendo esta calle aparecen más historias, como la que cuenta que fue habitada por gitanos. Todo un placer resulta husmear por esas edificaciones que aún conservan esos grandes patios donde se solía desde lavar la ropa hasta leer las cartas. Hoy, por algunas puertas y ventanas se escapan las risas de pequeños que juegan y el llamado de alguna madre para que vayan a comer.
Tras perderse por las laberínticas calles de Triana irremediablemente se llega al Puente de Isabel II. Antes de dejar el barrio, “el duende” se hace presente. Atardece, los rayos del sol iluminan las moradas, una pequeña capilla -dedicada a la Virgen del Carmen- realza el paisaje. Algunas parejas presumen su amor, mientras otros viajeros constatan que Triana enamora y embruja.
Las ganas de quedarse en Sevilla son infinitas.