Por: Juanpablo Martinez Zuniga

Fue a la edad de nueve años cuando tuve oportunidad de ver en mi maltrecha videocasetera Betamax una copia ídem de “El Día del Chacal”, el tenso, terso y denso clásico de Fred Zinneman donde un asesino profesional (Edward Fox en su único rol memorable) apodado “Chacal” es contratado para asesinar ni más ni menos que a Charles de Gaulle, presidente de Francia en aquel entonces. El personaje cautivó mi pueril mente al mostrarse como un individuo con un rostro inescrutable cual caja fuerte que salvaguarda una mente calculadora y precisa, a la que puede acceder tanto el frío acto de matar como el deseo a una mujer. La psique del asesino cinematográfico ha diluido su auscultación en términos narrativos con el paso de los años para obsequiarnos todo tipo de mercenarios implacables, ahora más identificados con rostros otoñales como Liam Neeson o Denzel Washington, quienes sacrifican personalidad y psicología por magnificencia coreográfica al momento de matar. El guión ya no se pone al servicio del personaje y su entorno sino al de la adrenalina, y aún si el efecto que se produce al ejecutarse con acierto y rigor puede erogar en satisfacción momentánea -cual masturbación mental- como en “John Wick: Otro Día Para Matar” (Stahelski, E.U., 2014), al final es otro día en esa montaña rusa llamada cine. Ahora llega el cuarentón Ben Affleck quien, seguramente harto de que le pregunten lo que sea relacionado con Batman y derivados, ha decidido subirse a este posmoderno cabús con “El Contador”, personaje que si bien se exhibe como el ya acostumbrado matón infalible que despacha balas como si estuviera en el Bolshoi, posee ciertas peculiaridades que debemos suponer añaden textura y dimensión a su figura, pero con un tratamiento digno de cómic. Affleck encarna a Chris Wolff, un contador que opera con una forma de autismo vinculado al Síndrome de Asperger (disociación antropocéntrica, o sea incapaz de relacionarse adecuada y/o funcionalmente con otros seres humanos) pero que le dota, como ya nos ha mostrado Hollywood en otros retratos sobre esta aún misteriosa falla cerebral, de una capacidad matemática sorprendente, por lo que la contabilidad es tan solo un juego para él. De día utiliza sus habilidades para auxiliar al ciudadano común que recurre a su asesoría fiscal para que logren esquivar los duros impuestos que ejecuta el fisco gringo, pero de noche es un sicario implacable a las órdenes de gángsters, capos y narcos. Su identidad es un misterio para el Departamento del Tesoro Norteamericano, y su director Raymond King (J. K. Simmons) ha contratado a la analista Marybeth Medina (Cynthia Addai-Robinson) para localizar y atrapar a Wolff. Mientras tanto, éste ha sido contratado por una compañía especializada en robótica dirigida por el ambivalente Lamar Black (John Lithgow) para descifrar la pérdida de una cuantiosa suma de dinero, irregularidad descubierta por la entusiasta contadora de la empresa Dana Cummings (Anna Kendrick). Como es de esperarse, las indagaciones colocarán a ambos en una situación peligrosa, por lo que deberán resolver el enigma antes de que King y su equipo de federales atrapen a Wolff o que un misterioso grupo de mercenarios liderados por un sujeto llamado Braxton (Jon Bernthal) los liquide.
Para una película titulada “El Contador”, en verdad hay poca contabilidad en ella, por lo que los momentos más interesantes son precisamente cuando Affleck hace aquello por lo que en realidad se percibe especial: usar su mente. Una escena, tal vez la mejor de la cinta, muestra a Wolff y a Dana emocionarse al máximo mientras realizan cuentas y calculan números al tratar de desenmarañar el misterio del desfalco, y tanto la dinámica expuesta como el flujo visual y narrativo en ella condensan muy bien las posibilidades argumentales de esta producción. Desafortunadamente el normalmente acertado director Gavin O’Connor (“Código de Familia”, la excelente “La última Pelea”) prefiere concentrar sus esfuerzos en las bien ejecutadas pero vacías secuencias de disparos y correrías, dejando que el personaje se defienda sólo en términos narrativos asumiendo que el público debe fascinarse con él sólo por su autismo, encerrase en habitaciones para escuchar música pesada a decibeles estridentes mientras contempla luz estroboscópica, lacera sus tobillos con un tubo y se sopla la punta de los dedos cada vez que hará algo importante. Estas son tan sólo puntadas, no detalles o componentes esenciales en la construcción de un personaje y toda oportunidad que tiene el personaje de sobresalir en el panteón de asesinos rigurosos cinematográficos se pierde cuando el guión no le obsequia ni una pizca de personalidad.
Si “El Contador” entretiene, es por lo compacto y sólido de las actuaciones. Ben Affleck vende al personaje gracias a su carisma y tanto Kendrick como Simmons muestran resolución y convicción en sus interpretaciones, es una pena que sus esfuerzos no conduzcan a algo genuinamente productivo. Pasándola por una auditoría cinéfila, la cinta queda mucho a deber, pues se concentra demasiado en los “activos” cuando lo que requiere para un equilibrio y balance adecuado son más “pasivos”.

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