Fernando López Gutiérrez
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En su libro El verbo de la juventud mexicana a través de los concursos de oratoria de El Universal, Guillermo Tardiff relata con gran elocuencia los acontecimientos y pormenores que tuvieron lugar en estos certámenes nacionales de la palabra, realizados en su primera época desde 1926 hasta 1930, y en la segunda, desde 1948 hasta 1968 (aunque el libro de Tardiff sólo se refiere a los concursos llevados a cabo hasta1959). Muchos de los que fuimos concursantes en esta disciplina leímos con gusto el libro de Tardiff y en sus páginas conocimos de la fuerza expresiva, la cultura y la capacidad crítica de los oradores de generaciones pasadas.
Una inclinación recurrente, entre los participantes que gustábamos de conocer la historia de los concursos, era intentar comparar a los mejores de nuestra generación con los jóvenes que Tardiff elogiaba en sus crónicas, cuando ellos tenían la misma edad que nosotros. Aunque confiábamos en la sinceridad del autor y creíamos en las cualidades de los oradores del pasado, que se habían convertido ya en maestros, líderes y leyendas; también sabíamos que la historia —más la que se cuenta bajo el influjo de la literatura—y el recuerdo tienden a magnificar los hechos. Tal vez conscientes de las limitaciones de nuestra generación, teníamos la esperanza de encontrar en quienes estuvieron en nuestro lugar alguno de los defectos y culpas que nos aquejaban en aquel momento.
Por medio de testimonios, referencias y la observación de muchos de los oradores de generaciones pasadas que pudimos conocer en su vida adulta logramos deducir que no éramos tan diferentes a ellos cuando tuvieron nuestra edad; sin embargo, se mantuvieron siempre ante nosotros como jóvenes con mayor madurez y compromiso debido a sus mensajes y a la respuesta que —según leímos— tuvieron de quienes los escucharon.
Estos recuerdos vinieron a mi mente cuando El Universal nombró a su certamen de oratoria de este año “el concurso del siglo”. Ciertamente, se conmemoran cien años del diario y noventa del primer concurso de oratoria, pero el título me pareció una especie de afrenta al recuerdo de los triunfadores en este evento durante sus dos primeras épocas. Pensé en que no existiría un solo participante que pudiera ser comparado con los ganadores de los concursos de las dos primeras épocas y al dar seguimiento al desarrollo del evento, realizado la semana pasada, descubrí con gusto que me había equivocado.
Desde mi punto de vista, por encima del resto de los participantes, los representantes de los estados de Veracruz y Yucatán mostraron su gran capacidad en la oratoria. Durante todas las etapas del evento fueron claramente superiores y exhibieron sus cualidades técnicas, hablando siempre con enorme responsabilidad.
Considero que el triunfo que les otorgó el jurado —primero y segundo lugar respectivamente—fue plenamente merecido; sin embargo, creo que lo más relevante de la participación de Paul Mil Hernández (Veracruz) y Ángel Daniel Torruco (Yucatán) debe observarse en su compromiso para construir mensajes con una intención más trascendente que la de ganar un concurso. Yo no sé si como oradores estos dos jóvenes puedan compararse con aquéllos que históricamente han sido reconocidos como los mejores en El Universal, pero tengo la certeza de que la sinceridad de sus palabras y la fortaleza de sus convicciones son tan firmes como las de cualquier otro que haya utilizado esa tribuna y estos atributos los convierten en los exponentes más sobresalientes de toda una generación.