“La cinematografía es el fraude más hermoso del mundo´´.
Jean-Luc Godard

Por supuesto, no debemos interpretar literalmente lo que Godard enuncia. Tan solo es un lúdico juego de palabras que expone dos elementos esenciales en el quehacer de tan notable director: 1.- Su socarrón afán de remover e irritar a los paradigmáticos académicos y sus caducas formalidades narrativas y plásticas que fueron alojados en la hostería fílmica por décadas, y 2.- Las honestas y genuinas cualidades de este cineasta para fungir como vocero de un movimiento representativo del cambio y descomposición de las líneas clasistas y clásicas del cine para fragmentar sus bases narrativas y gramáticas en pos de su actualización.
Porque, verán, Jean-Luc Godard era un ente creativo 85% iconoclasta y 15% desdeñoso de las experiencias cinematográficas complacientes por lo que, armado de un nuevo set de herramientas lingüísticas sustentadas en los radicales aportes al montaje tradicional, puesta en escena libre y espontánea e historias que integraban la cultura cinéfila más allá de una referencia vaga, reestructuró y reformalizó la experiencia de ver una película a lo largo de la década de los 60’s. Por supuesto no actuó solo, ya que tenía el respaldo del teórico y cinéfilo empedernido André Bazin y su compendio de postulados analíticos y decodificadores de la moderna experiencia de ver una película: el Cahiers du Cinéma -o los Cuadernos de Cine-, publicación hecha por y para cinéfagos que a su vez fungió como campo de entrenamiento tanto para los disertantes de la nueva cultura fílmica como para aquellos que estaban dispuestos a aplicarla en la práctica. Así surgió un movimiento que jamás tuvo intención de serlo pero que aún así cimbró las bases fundamentales del discurso cinematográfico con sus neologismos plásticos y discursivos. A falta de una designación más aproximada, se le conoció como la Nueva Ola Francesa, donde el cine se hacía en base a sí mismo.
Entre los arquitectos que esquematizaron las novedosas propiedades argumentales de esta vanguardia se encuentran, además de Godard:  François Truffaut, Claude Chabrol, Eric Rohmer, Alain Resnais, Louis Malle, Claude Lelouch y Jacques Rivette, entre otros. A todos se les puede identificar alguna cinta que, tanto contribuyó al movimiento, como se convirtió en referencia consolidada en los anales de la historia fílmica, gracias a su cuidadosa manufactura y especial empeño en sus estructuras metalépsicas, siendo pues una de las generaciones de creadores cinematográficos más notable y al servicio de la propuesta.
“Los 400 Golpes´´, filme dirigido en 1959 por Truffaut ignita la máquina de la inventiva audiovisual, a través de un relato enfocado en un joven parisino estudiante de secundaria que se ve inmerso en conflictos sinecdóticos para emular los extravíos existenciales de esta nueva generación de la posguerra cuyas experiencias familiares, académicas, sociales y culturales ya no resultan suficientes, sobre todo si se tiene al alcance una mundología validada por los medios de comunicación y la desobediencia – rebeldía.
El filme obtuvo tanto un éxito considerable en el público como el reconocimiento de las mismas autoridades de la industria, al recibir la Palma de Oro en el Festival de Cannes de ese año, un detonador para la pavimentación de este original sendero que inspiró a toda la comunidad creativa europea y que se consolidó con la presentación en 1960 de la cinta “Sin Aliento´´ de Godard, el pináculo de su expresión insurrecta y despedida definitiva a las configuraciones tradicionales del filme de antaño, a través de una historia que pone al frente del estrellato a un joven Jean Paul Belmondo quien acrisola en su gallarda y antiestética fisonomía todos los manierismos y elementos arquetípicos de la rudeza hollywoodense (cigarrillo perpetuo en la cavidad bucal, fedora, gafas oscuras, gestos y detalles heredados del cine negro, etc.) mientras se contrapone a la delgada Jean Seberg, quien viste, luce y habla como toda una hija de su tiempo y generación en una historia de fugas, amor loco y romance erigido más en la bohemia coqueta que en un intercambio de palabras melosas retratados con la inédita cámara inquieta de Godard, quien a su vez recorta diálogos, experimenta con la puesta en escena y expande exponencialmente la naturaleza de lo cool. Al finalizar la revisión de la cinta, la sensación de haber participado de algo importante e irrepetible jamás nos abandona.
La influencia de la Nueva Ola Francesa es indeleble, marcando la obra de algunos de los directores más celebrados en la actualidad como Robert Altman, Martin Scorsese, Francis Ford Coppola, Gus Van Sant, Alejandro González Iñárritu e incluso Quentin Tarantino, quien jamás hubiera planificado sus características escenas de diálogos extendidos y recurso de cámara en mano para involucrar al espectador en el estado de ánimo del personaje sin las proezas monocromáticas de la Nueva Ola Francesa, la última gran corriente y escuela cinematográfica en su historia.
Nota: Los filmes representativos de la Nueva Ola Francesa están disponibles a la renta en la Videoteca del C.C. Casa Jesús Terán.

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