Carlos Reyes Sahagún

Cronista del municipio de Aguascalientes

Viernes santo… En el crucero que forman las avenidas Bulevar Guadalupano y Ojocaliente, una procesión avanza en busca del Monte Calvario, para crucificar al joven revoltoso que se dice Hijo de Dios.

Caminamos hacia el sur, y en la Rodolfo Landeros damos vuelta en u, para dirigirnos al norte. Atravesamos el Bulevar Guadalupano, y nos internamos en la colonia Ortega Douglas, en una serie de calles fueron las lomas bajas que muchos alcanzamos a ver en espera de que el Sol saltara por los aires iluminándolo todo. Las vimos pelonas; desiertas, apenas con unos cuantos arbustos; campo cercano a la urbe.

Hoy son la urbe misma; la nueva Aguascalientes, calles y casas y gente que se asoma a ver este insólito desfile, y perros que ladran y baten el aire con la cola, como ese dálmata que se las ingenia para mantenerse en el borde sin perder el equilibrio, al tiempo que adelanta peligrosamente la cabeza en el acto de ladrar, o como aquel otro, huérfano de pedigrí, que observa atentamente a los viandantes.

Encabeza el cortejo una camioneta que remolca una plataforma. Trae una pequeña planta de electricidad que da vida al equipo de sonido que proyecta los rezos y cantos, además de los parlamentos del selecto cuadro de actores que escenifican la pasión de Cristo en la delegación Jesús Terán de Aguascalientes.

La procesión transcurre inmersa en un paisaje urbano de casas terminadas, pequeñas, o a medio acabar, carentes de enjarres y pintura, a la vista el ladrillo y el tabicón, y en la azotea, abundancia de tinacos, de plástico negro, de asbesto, uno que otro calentador solar, la ropa tendida, el viento jugando con ella, el perro y uno que otro plato que atrae señal televisiva, y en la de aquella casa, una lavadora desconchinflada. En las paredes se aprecian las evidencias de la campaña electoral del año pasado, la cara de la candidata toda descolorida, no por haber perdido la elección, sino por la acción implacable del Sol. También abundan las paredes blanqueadas –como los sepulcros–; encaladas, listas ya para la campaña que se avecina.

El espacio que ocupan los reos, los soldados y el pueblo judío está resguardado por un grupo de jóvenes de la parroquia del Tepeyac. Van tomados de las manos y empujan a la gente hacia las banquetas. Intento mantenerme cerca de los figurantes, pero me resulta prácticamente imposible. Las calles son estrechas y muchos los seguidores del cortejo. Además, hay que tener en cuenta los vehículos estacionados, que convierten aquello en un embudo, impúdico hacinamiento de cuerpos: con permiso, señorita; gracias, señora. El hecho es que poco a poco voy rezagándome, hasta que los rezos y cantos terminan por convertirse en un murmullo perdido en un sinfín de conversaciones como se suscitan en la retaguardia. Mucha gente habla, incluidos los jóvenes del Tepeyac. ¿De qué hablan? Es extraño, pero por más que aguzo el oído, nomás no encuentro nada inteligible; nada, no entiendo nada. ¿Por qué no rezan? ¿Qué sentido tendrá, sin rezo, participar de esta ceremonia? ¿El relajo, lo excepcional, la inercia? Luego, en las detenciones que ofrecen las estaciones del viacrucis, los soldados fraternizan con los ladrones y todos chacotean hasta que, terminado el rezo, los hijos del imperio recobran la compostura, se les endurece la expresión y comienzan a gritar: ¡Vamos, vamos!

La marcha es un tanto caótica, subimos bajamos, subimos bajamos, de tal manera que el trayecto se torna lo suficientemente pesado como para que sean varios los hombres que se turnan en el acarreo de las cruces.

Algo no va bien con este viacrucis, evidentemente, porque ahora resulta que llegamos a la cuarta estación: Jesús encuentra a su madre santísima, justo después de que Simón Cireneo acabó de cumplir su misión, que corresponde a la quinta, y además la escena que representan corresponde a la sexta parada, en la que la Verónica enjuga el rostro de Jesús…

Pero bueno, la gracia es llegar hasta el final. Nadie parece darse cuenta; nadie corrige… Así que seguimos de frente, mientras el viento de febrero loco marzo otro poco se hace presente y se ensaña con los mantos de los judíos, los levanta y los hace flamear al Sol.

Ante la falta de rezo, desde el sonido, las mujeres invitan al respetable a hacerlo, pero uno de los soldados, micrófono en mano, dice: “¡No, no! ¡No quieren rezar; lo que quieren es que ya se acabe esto!” Sí, mano, porque ya hace hambre, y más con esto del ayuno… Y, luego, como lamentando estar en semejante trance, agrega: “ahorita estaríamos de vacaciones”. Sí… de perdida en Puerto Vallarta, ante un suculento pescado empapelado, y no en estas calles sinuosas.

Novena estación… Jesús cae por tercera vez. De seguro el joven agradece estos momentos de pausa en que es liberado de su pesada carga. En la calle Berna llegamos a la parte más alta del recorrido e iniciamos el descenso… Entonces se nos aparece una visión monumental de la ciudad, el cerro del Muerto al fondo, la Sierra de Jesús María que luego se convierte Sierra de Pabellón.

Décima estación: Jesús es despojado de sus vestiduras. Al joven le quitan el manto rojo y la túnica blanca, y lo dejan do en taparrabos… Finalmente llegamos al lugar de la crucifixión, que ocurre justo como se realiza el fusilamiento de mi general Benjamín Argumedo: en público de la gente, es decir, frente a la ciudad, que desde aquí se divisa.

Una vez que las cruces son levantadas, vienen los momentos finales, las siete palabras. A la hora de la muerte hasta los soldados se ponen de rodillas, se quitan el casco y se ponen a rezar… El cuerpo es bajado, apoyándose los soldados en una sábana, para luego depositarlo en brazos de su madre. Luego llegan unos hombres con una camilla, suben el cuerpo exánime del salvador y se lo llevan rumbo a la parroquia del Tepeyac. Se acabó… Poco a poco la gente va dispersándose y desapareciendo en sus casas.

Las calles lucen ahora desiertas. El viento barre el pavimento, pero sólo para llevar la omnipresente basura de un lugar a otro. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).