Joan Royo
Agencia Reforma

RÍO DE JANEIRO, Brasil.- La Ciudad Maravillosa y bonita por “natureza”, como les gusta presumir a los cariocas, sumará en pocos días el título de olímpica a su larga lista de adulaciones. A cambio de los piropos, Río de Janeiro, que se ha sometido a un tremendo lavado de cara en ocasión de los Juegos Olímpicos, entregará al turista varios motivos para gozar en una de las urbes más frenéticas y deliciosamente alocadas del mundo.

Los clásicos
Visitar el Cristo Redentor, con sus 30 metros de altura y sus brazos abiertos sobre la bahía de Guanabara forma parte ineludible de cualquier visita a Río. El espacio de atención a los visitantes se ha ampliado para aumentar su capacidad, pero aun así las filas son largas, por ello es mejor comprar con antelación la entrada del Tren del Corcovado, que sube hasta la estatua. El Pan de Azúcar tiene unas vistas igualmente impactantes y las aglomeraciones se concentran únicamente por la tarde, cuando todo el mundo quiere subir a la montaña para ver cómo el cielo se vuelve naranja sobre Río. Al bajar, nada mejor que tomar un “chopp” (una cerveza) en la Mureta da Urca, un tranquilo bar a las orillas de la bahía, punto de encuentro de muchos cariocas.

Las playas
Es invierno austral, pero las suaves temperaturas de Río de Janeiro permiten ir a la playa casi todo el año. La playa de Ipanema es la mejor para disfrutar del atardecer. Allí, sobre todo desde las rocas de Arpoador, cientos de personas aplauden cada tarde cuando el sol se esconde tras la montaña de Dois Irmãos.
La playa de Copacabana, la curva de arena más famosa del mundo, añadirá a sus atractivos naturales el hecho de ser escenario de varias pruebas olímpicas, como el triatlón, la natación en aguas abiertas y el volley playa, en un estadio construido expresamente sobre la arena.
La pequeña Vermelha es un remanso de paz a los pies del Pan de Azúcar, pero los turistas con ganas de playas más salvajes deberían acercarse Prainha y Grumari, situadas en un parque natural a las afueras de Río. La sensación de estar en una isla desierta dentro de la ciudad es incomparable.

La naturaleza
Alguien dijo una vez que Río no es la ciudad más bonita del mundo, pero es la que está en el sitio más bonito del mundo. Con su arsenal de montañas cubiertas de frondosa selva, lagunas, islas, bahías y playas de arena blanca, el escenario natural de Río no tiene rival. Incluso tiene el título de Patrimonio Mundial como Paisaje Cultural por la Unesco.
El mejor lugar para dejarse llevar por la naturaleza es la Floresta da Tijuca, el bosque urbano más grande del mundo. Los tucanes y las cascadas sorprenderán al visitante a tan solo unos minutos de una anodina parada de autobús. Las excursiones para subir a los “morros” que pueblan la ciudad son cada vez más frecuentes entre turistas. Los más accesibles y con mejores vistas son Dois Irmãos, Pedra Bonita, la Pedra do Telégrafo o el Pico da Tijuca. Para llegar a la cumbre de Pedra de Gâvea, hay un pequeño tramo donde es necesario escalar. No es aconsejable para principiantes.

Redescubrir el centro
El centro de Río alberga un riquísimo patrimonio histórico, pero hasta hace poco había estado eclipsado por las bellezas naturales de la zona sur de la ciudad. Con los Juegos Olímpicos esta zona se ha revitalizado profundamente, con la implantación de un nuevo tranvía y la recuperación del puerto con nuevas plazas y avenidas. Ahora es posible redescubrir con calma tesoros como el Teatro Municipal, el Monasterio de São Bento o el Paço Imperial. Muy cerca está la Plaza Mauá, epicentro de las transformaciones olímpicas. Aquí se encuentra el Museo del Mañana, obra del arquitecto español Santiago Calatrava. Sus formas futuristas que parecen flotar sobre la bahía compiten con el vecino Museo de Arte de Río (MAR), otra incorporación reciente al panorama cultural de la ciudad.

El espíritu olímpico
Justo en la plaza Mauá y sus alrededores estará el llamado ‘Boulevard Olímpico’, un paseo junto al mar que concentrará los ‘Live Sites’, los lugares para que los fans disfruten en la calle del espíritu olímpico. Justo frente a la iglesia de la Candelaria estará el pebetero con la llama olímpica y alrededor varios escenarios acogerán conciertos y fiestas todos los días. No faltarán las pantallas gigantes, claro, para seguir de cerca lo que pasa en los estadios. Y cada noche, como fin de fiesta, un castillo de fuegos artificiales sobre el mar.
Habrá otras posibilidades de sentir los Juegos de cerca y sin pagar el precio de la entrada: los corredores de la maratón cruzarán las calles del centro, los regatistas navegarán en la bahía de Guanabara, frente a la playa de Flamengo, y una tarde de picnic a orillas de la Lagoa Rodrigo de Freitas puede convertirse en el pretexto perfecto para ver las competencias de remo.

La fiesta
Para los que tengan ganas de continuar la fiesta, Lapa es el barrio ideal. Basta recorrer los bares de la avenida Mem de Sá (con una visita obligada al Bar da Cachaça, con cientos de tipos de esta bebida típicamente brasileña).
Para escuchar algo de samba se puede optar por el Carioca da Gema o el Semente, aunque el ambiente más divertido se da en el bar A Vaca Atolada, en la calle Gomes Freire, que se autodenomina “templo de la bohemia carioca”.
Los que en lugar de la cerveza y el ambiente callejero prefieran algo más sofisticado tendrán que buscar entre los clubes de Ipanema o Gavea, o descubrir las fiestas que las delegaciones de los países prepararán por toda la ciudad. Cada país tendrá una “embajada” cultural en Río. La de México estará en el Museo Histórico Nacional. Visitar una escuela de samba siempre es una buena idea. Las más famosas y de fácil acceso para turistas son Mangueira, Salgueiro, Portela, Estácio y Unidos da Tijuca, que suelen realizar ensayos abiertos al público los fines de semana.