Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

“En sueños. Camino contigo. En Sueños, hablo contigo. En sueños, eres mía, todo el tiempo. Por siempre. En sueños…”
Frank Booth (Dennis Hopper)

La cámara toma nuestra mente y la lleva mediante un ritmo sosegado por un breve recorrido a las viviendas utópicas de la Norteamérica bienaventurada y dichosa, resguardando sus perfectos núcleos familiares mediante cercas de inmaculada blancura vigiladas por la tersa perfección de capullos florales mientras los gentiles matices sonoros de Bobby Vinton acotan la atmósfera y el contexto mediante el tema musical que da título al filme. Pero ésta es una película de David Lynch, y no faltará mucho para que un prolijo estudiante universitario, verdadero vástago de su sistema proclamador de la identidad del éxito mediante buen estudio, buena casa y buena esposa, termine hallando una oreja mutilada y putrefacta en el impoluto césped de un jardín. El contraste no existe tan solo para producir un impacto visual y espontáneo en el espectador, sino para mostrar con inmediatez el punto de la cinta: todo esto es un sueño. Más allá de las sistemáticas aspiraciones de un país por mantener su faz con apolíneos rasgos para el mundo, son sus oscuras e infectas entrañas lo que definen su identidad, así que para el norteamericano promedio, sus ansias por habitar en algún rincón de su patria roja, blanca y azul no será más que un sueño…transmutada a delicada pesilla. Tal y como lo percibe Lynch, quien trabaja este grado de observación en toda su fascinante y honesta filmografía evidenciando su contorno y trabajando con su cultura mediante el microscopio que es su cámara. Un plato de cultivo donde lo único que brota es el virus de la mediocridad, la ambición y las ansias más devastadoras. Esto es “Terciopelo Azul”, epónimo de aquello que deseamos tocar pero termina repeliéndonos ante su toque de verdad.
“Terciopelo Azul”, tal vez la mirada más coherente con que su director nos ha obsequiado en casi 40 años de carrera creativa, arribó a las salas en septiembre de 1986 como una fuerza discursiva que, hasta la fecha, continúa fascinando y repugnando, tal y como David Lynch prefiere. Descrita por su director como “una historia de amor y misterio”, la trama asalta ambas perspectivas con meticulosidad y pavoroso primor ubicando la historia en una pequeña y hermética comunidad llamada Lumberton, Carolina del Norte, microcosmos donde las fuerzas binarias narrativas de esta película producen una combinación de amoralidad donde ningún personaje puede encasillarse como arquetipo. Jeffrey Beaumont (su entonces muso Kyle MacLachlan) es el mencionado joven quien traspasa la frontera de su cotidiano convencional cual Alicia y su espejo al transfigurarse en el espectro hitchcockiano a un ser movido por el enigmático oído posado en la hierba (aquí, mediante un pródigo extreme close up, Lynch logra hermanar sus delirios oníricos con los de Buñuel al mostrar el miembro cubierto de hormigas, dándonos la bienvenida a su narrativa de ensueño) para llegar a los brazos de Dorothy Vallens (la fulgurante y lasciva Isabella Rossellini), quien está conectada al hallazgo de dicha aurícula cortada. Ella, a su vez, moldea al circunspecto universitario en un voyeur mediante el perverso acto de ocultarlo en su armario mientras ella practica un violento rito sadomasoquista con su novio / amo emocional llamado Frank Booth (Dennis Hopper en la interpretación de su vida), violento, intransigente y mefistofélico hombre que sólo encuentra placer mediante el sometimiento corporal ajeno y dosis prolongadas de óxido nitroso, estímulo químico que anexa a su tóxica psicosexualidad de quebranto. Beaumont terminará encarando la naturaleza oscura del American Way of Life mediante su relación con Vallens y Booth, quienes lo transportarán al clandestino mundo de la Otredad, el universo que se mantiene a puertas cerradas detrás de las inmaculadas cercas de prístina blancura.
La capacidad de Lynch por abordar la normalidad para despajarla de sus caretos ordinarios es maximizada en esta propuesta, donde el espacio cinematográfico se aprovecha al máximo creando un lenguaje propio donde el centro siempre es la erotización y degradación simultánea del cuerpo y el espíritu, entablando una lucha constante por el orden en un contexto que no lo permite. Esto resulta más perturbador cuando la fotografía proyecta con una exquisita estilización de la imagen la belleza de los monstruos humanos, tomando el control de sus vidas aún si esto se percibe anatémico en una cultura donde la belleza emocional y física debe / quiere prevalecer.
Pero, como ya acoté, esto es una película de David Lynch, y la hipernormalidad de sus elaborados y ricos discursos no dan pie a complacencias. Tan solo el aferrarnos, como Booth, al suave, liso, brillante y satinado tacto del terciopelo, azul como la tristeza. Este es, según Lynch, el verdadero tono del infierno, donde todos habitamos ratificando lo que Sartre ya enunció y padecemos como pan de cada día. O tal vez sólo vivimos un sueño, uno donde nuestra Dorothy Vallens puede acariciarnos hasta olvidar que nuestro cuerpo es desprendible, un miembro a la vez. Un sueño basta, como “Terciopelo Azul”, muestra de que el cine siempre será la artística morada de quienes saben observar y expresar. 30 años y el misterio permanece como tal, para beneplácito de Lynch.

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