Para Arnoldo Kraus, que nos recomendó el libro,

con profundo agradecimiento de Lucila y Luis.

 

Luis Muñoz Fernández

La vida es abierta por naturaleza, aunque en quienes la barrera que han levantado en torno a lo propio pareciera ser más oscura que una mazmorra. El latido de la vida exige un intersticio, apenas el espacio que necesita un latido para seguir viviendo, y a través de él puede colarse la plenitud de un encuentro, como las grandes mareas pueden filtrarse aun en las represas más fortificadas. O una enfermedad puede ser la apertura, o el desborde de un milagro cualquiera de la vida: una persona que nos ame a pesar de nuestra cerrazón como una gota que golpeara incesantemente contra los altos muros. Y entonces la persona que estaba más sola y cerrada puede ser ella misma la más capacitada por haber sido quien soportó largo tiempo esa grave carencia. Motivo por el cual son muchas veces los que más orfandad han sufrido quienes más cuidado ponen en la persona amada. Amor que nunca se recibe como descontado, que siempre pertenece a la magnitud del milagro.

Ernesto Sabato. La resistencia, 2000.

Pocos meses atrás, nuestro amigo Arnoldo Kraus nos recomendó la lectura de La acabadora (Ediciones Salamandra, 2011), de Michela Murgia, una novela cuyo título misterioso sólo se podía explicar conociendo la frecuencia con la que Arnoldo reflexiona y escribe sobre la muerte.

El pasado 23 de abril, día de San Jorge, santo patrono de Inglaterra y Cataluña, y Día Internacional del Libro, buscaba uno para obsequiárselo a Lucila, acompañado de una rosa, como dicta la bella tradición catalana. Di con él. Lo leyó ella primero y lo acabo de leer yo. Es una novela a la que podríamos poner los adjetivos de bella, delicada y, a la vez, extraña.

La trama se desenvuelve en la isla italiana de Cerdeña durante los años cincuenta del siglo pasado. Como curiosidad que relaciona el libro con el catalanísimo día de San Jorge, Cerdeña es uno de los pocos lugares fuera de Cataluña en donde se habla el alguerés, una variante del catalán, lo que se debe a que invasores barceloneses reploblaron Alguer, al noroeste de Cerdeña, tras expulsar a la población sarda en 1372.

No encontramos Soreni en el mapa de Cerdeña, pueblo de los protagonistas de la novela, así que asumimos que es parte de la ficción creada por Michela Murgia, nacida en la isla. Lo suponemos una localidad pequeña, que conserva muchas de sus arcaicas tradiciones que Murgia recrea con pleno conocimiento de causa en su relato.

Todo gira en torno a sus dos principales protagonistas: Bonaria Urrai, una mujer mayor supuestamente viuda que, inopinadamente, decide adoptar a Maria (sin acento en la i) Listru, la cuarta hija de Anna Teresa Listru, también viuda y muy pobre, que no duda en entregar a su hija menor para quitarse de encima una boca que alimentar con sus exiguos recursos.

Bonaria Urrai, experta en tomar las medidas de los cuerpos ajenos, es la modista de Soreni, a quien todos le encargan la confección de sus mejores prendas, aquellas que se llevan en las fechas señaladas, que igual son el bautizo, la fiesta patronal, o el sepelio de algún vecino.

Además de su ocupación oficial, la tía Bonaria, como también se la llama, tiene una función oculta, que desempeña por las noches cuando se la requiere en la casa de algún moribundo. Ella examina la petición y, de no haber inconveniente, facilita el tránsito al otro mundo de aquellos que ya no desean vivir más o cuando todo parece indicar que la vida del enfermo ha perdido su sentido y daña de manera evidente la dignidad humana.

Michela Murgia ha señalado en algunas entrevistas que no existen pruebas históricas de la existencia de las acabadoras en los pueblos de Cerdeña, lo que no impide suponer que así haya sido:

La figura de la acabadora no se consigue demostrar históricamente. Se han buscado -sin encontrarlas- pruebas escritas de la presencia de unas mujeres que ayudaban a los enfermos a morir. Sin embargo, no significa que no existieran, sino que su figura se escapa de los métodos de investigación, aunque la memoria de estas mujeres se mantiene viva en Cerdeña.

 

El método utilizado por Bonaria Urrai para acabar con la vida de los moribundos sólo aparece brevemente durante el único episodio en el que quien solicita sus servicios no es precisamente un agonizante. Nicola Bastíu, un joven al que no hubo más remedio que amputarle la pierna herida, siente que no puede enfrentar la vida como un tullido.

En su desesperación, Nicola le pide a Bonaria que termine con su vida. En un principio, ella se niega. Pero la insistencia del joven y la amenaza de que sea él mismo el que acabe con su propia vida hacen que la acabadora cambie de opinión.

A partir de ese hecho, se desencadena con toda su fuerza la tragedia central del relato, que lleva a Maria Urrai, la hija adoptiva –fill’e anima, “hija del alma” en el lenguaje local– de Bonaria, a alejarse de su madre y a abandonar Soreni para instalarse como institutriz y niñera en Turín. Será una estancia temporal que se verá interrumpida por hechos accidentales y, sobre todo, por la grave enfermedad que amenaza la vida de Bonaria.

Pensamos que uno de los aspectos más hermosos de la novela es su delicadeza. Hasta los asuntos más escabrosos como el nacimiento del deseo y la misma muerte son tratados con sumo cuidado. Incluso quienes pudiesen estar en desacuerdo con la eutanasia y considerasen que lo relatado es un conjunto de costumbres arcaicas, ajenas de nuestra cultura e inaceptables en tiempos como los que corren, tendrían que admitir que esa delicadeza es una forma de elegancia irresistible.

Diríamos incluso que es una magnífica oportunidad de poner una vez más sobre la mesa nuestra idea del proceso de morir y del peso que estamos dispuestos a darle a la dignidad, la autonomía y el derecho a decidir de quienes se encuentran en el trance postrero. Aunque las resistencias que enfrentamos son muchas, especialmente en una sociedad como la nuestra, su lectura es como una brisa fresca que renueva el aire viciado de una habitación largamente cerrada.

Habiendo recibido el beneficio de que Arnoldo nos lo recomendara, somos ahora nosotros quienes animamos a que nuestros amigos emprendan su lectura. Es una novela de poco más de 180 páginas, así que su lectura que, a decir nuestro, “atrapa desde el primer momento”, puede acometerse con buen ánimo. No hay excusa.

En uno de los episodios secundarios, Maria Urrai, que, a diferencia de sus hermanas y gracias a Bonaria, puede ir a la escuela, es objeto de la burla de su madre por dedicarse con afán al estudio. Ese episodio es también un canto al poder liberador de la educación. Ojalá lo tomaran en cuenta quienes en nuestro país ostentan el poder de decisión en materia de políticas educativas.

No contaremos el final. Sólo una muestra de la delicadeza a la que hemos hecho referencia:

Ella no replicó y permaneció junto a la puerta mientras Andría, en silencio, miraba el rostro demacrado de la acabadora de Soreni. Lo vio inclinarse hasta apoyar la cabeza sobre la manta, pero sin abandonarse, como si temiera aplastar el cuerpo frágil que estaba debajo, en un gesto de ternura que reveló a Maria la parte de él que creía perdida. Estuvieron así durante un tiempo necesario e impreciso, ella de pie mirando, él de rodillas respirando. Finalmente, Andría se levantó y rozó apenas la mano inerte sobre la anciana en coma. Maria abrió la puerta y ambos se dirigieron sin cruzar palabra hacia la salida.

 

Sólo el arte nos puede mostrar con claridad y delicadeza los misterios de la vida humana.

 

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