Las historias detrás de un puño en el rostro
Es en los confines de una geografía geométrica delimitada por cuatro lados y sus fronteras encordadas donde el cine ha logrado ubicar muchas de sus más cruentas anécdotas, ya que la superficie de dicho espacio suele verse sembrada por historias de derrotas y ambiciones truncadas o de triunfos avasallantes que rebasan su momento y lugar para transformarse en mitos culturales y que suelen germinar en filmes igualmente míticos por sus cualidades inspiradoras, en su tratamiento donde concilia las motivaciones y aspiraciones de sus personajes con las del hombre común, pero conquistadas a fuerza de impactos brutales entre adversarios. Si la vida suele traducirse a un encarnizado combate ante elementos adversos y sistemáticos por obtener lo que queremos ¿Cómo no iba a ser el boxeo el medio esencial para su proyección sígnica? Y por supuesto, su trayectoria intrínseca hacia la fenomenología dramática la vuelve irresistible para ese acto comunitario de locura humanista llamada cine. Tanto así que cuando Edison perfecciona a finales del siglo XIX su aparato Kinetoscopio, el invento predecesor al cinematógrafo y dador de las primeras imágenes en movimiento (conocidas como “vistas”), no pudo resistir el probar la capacidad de captura de su artefacto con la activa y cinésica actividad boxística, seduciendo a la cámara por vez primera ante la cadencia de movimientos de los contrincantes y encontrando réplica posteriormente con los hermanos Lumiére, quienes también sucumbieron a la tentación de registrar tan violenta coreografía tanto a la subyacente aproximación que la expresión cinematográfica ya cernía sobre la experiencia humana como la natural cualidad que el boxeo exudaba para la manufactura de historias, ya que tan apasionante podría resultar el seguimiento de esas dos figuras que castigan su anatomía con jabs y ganchos al hígado con el fin de determinar un vencedor que valide la primigenia efigie del masculino Marte en la Tierra como los elementos sociales y formativos que los llevaron ahí, a ese cuadrilátero donde sangrarán y comprometerán su integridad física y mental para nuestro entretenimiento y fugaz escapismo.
Además de los mencionados experimentos silentes, el cine mudo aprovechó las características oscilatorias del boxeo para que todos sus cómicos célebres, desde Charles Chaplin hasta Buster Keaton, desfogaran sus capacidades anatómicas generando rutinas cómicas sobre el ring, donde los malentendidos y las acrobacias estaban a la orden del día. Mas una vez alcanzada la depuración técnica y la sonorización de los filmes en Hollywood, el boxeo vuelve su atención hacia el drama, comenzando en 1931 no sólo con uno de los grandes clásicos del género, sino del cine dramático norteamericano en general: “El Campeón”, dirigida espléndidamente por el especialista King Vidor (“El Mago de Oz”) y estelarizada por un masivo Wallace Beery, quien pondría la muestra para los pugilistas de celuloide venideros con su personaje de Andy “Champ” Purcell, un alcohólico venido a menos que en sus tiempos de gloria fue campeón indiscutible de los encordados y que ahora, al tratar de recuperar su carrera, sólo encuentra apoyo en su pequeño hijo Dink (un Jackie Cooper potente y verdadero estelar de la cinta), dando pie a dolorosas escenas de patetismo humano que después se verían caricaturizadas en el aparatoso remake de 1979, donde Jon Voight exacerba los aspectos dramáticos de su personaje a niveles irritantes y el pequeño Ricky Schroeder sólo funge de compresor de lágrimas a una audiencia ya acostumbrada a la manipulación sensiblera gracias a las telenovelas y Steven Spielberg.
Por supuesto, una vez superada la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos encontraron en el boxeador la figura perfecta para representar alegóricamente el espíritu aquejado por la debilitada economía de su nación que logra incorporarse para batallar a los infortunios que se le presenten, favoreciendo y encumbrando a sus protagonistas tanto fuera como dentro de la pantalla, dando pie a cintas tanto desiguales como formuladas como la serie de cintas sobre Joe Palooka, personaje surgido de las tiras dominicales que encontró resonancia en el cine; “Campeón” (1949) con un robusto Kirk Douglas que funciona como fábula moral sobre los peligros de la monomanía y la fama mal administrada; “El Hombre Quieto” (1952), icónico filme de John Ford con el igualmente icónico John Wayne desechando las chaparreras y su revólver para enfundarse los guantes de boxeo como un irlandés de oscuro pasado y dudoso porvenir y “Réquiem por un Peleador” (1962), con Anthony Quinn interpretando al personaje titular en el ocaso de su carrera de forma tan memorable que le valió una nominación al Oscar. Invariablemente, este fenómeno se vio mimetizado en nuestro país, donde el pópolo localizó a sus héroes sociales y urbanos en el mundo del pugilismo y sus dioses de barro, iniciando con “El Gran Campeón”(1949), filme semibiográfico sobre y estelarizado por Kid Azteca marcando el paradigma que la representación fílmica sobre el boxeador mexicano y su dialéctica de los amolados traería a la consciencia colectiva, viéndose perdurado en filmes como “Campeón Sin Corona” (1950), magistral filme de Alejandro Galindo que a su vez arranca una serie de afortunadas colaboraciones con su estrella David Silva, quien a la postre se transfigura como el ídolo de barriada por excelencia a través de una sublime interpretación que carece de todo tic melodramático asociada a la narrativa pugilística y llevada con fuerza y solvencia por un Galindo inspirado en la vida y obra de Raúl “Chango” Casanova. “Kid Tabaco” (1955) por su parte es el intento del director Zacarías Gómez Urquiza de instaurar a Carlos Ancira como el nuevo favorito de las cuerdas en cine, solo para quedar en un penoso intento, mientras que “Pepe El Toro”(1953) fue tan sólo el pretexto de Ismael Rodríguez para cerrar su trilogía sobre el lumpen metropolitano en términos de arrebatos funestos inverosímiles con un personaje que semeja una tragedia griega paroxista (¿O habrá quien crea que “Nosotros Los Pobres” y “Ustedes Los Ricos” son dramas cabales y serios?). Por supuesto, además de estas expresiones propias de la época, el cine mexicano logró mimetizarse con las pautas establecidas por los anglos permitiendo que todos, pero todos sus comediantes realizaran alguna secuencia, escena o toda una película sobre boxeo, incluyendo a “Cantinflas”, “Resortes”, “Clavillazo”, “Tin Tan” y demás motes de la fauna jocosa nacional. Notable también resultó la reivindicación-validación-testificación de las figuras reales que llenaban los graderíos con vociferantes masas que exigieron ver a sus ídolos en la pantalla grande, permitiendo que encumbrados personajes de nula capacidad histriónica protagonizaran sus proyectos, desfilando celebridades tales como Raúl “Ratón” Macías, “Mantequilla” Nápoles y Rubén Olivares “El Púas”, entre otros.
El box logró consolidarse como todo un subgénero, y fenómenos como “Rocky”, ahora en boca de todos nuevamente gracias al estreno reciente de su spin off titulado “Creed” (Coogler, E.U., 2015) o representaciones actuales meticulosas y centradas que rayan el revisionismo como “Boxer, Golpe a la Vida”(Sheridan, E.U., 1997), “Golpes Del Destino” (Eastwood, E.U., 2004) y “Revancha” (Fuqua, E.U., 2015) solo hacen ver a sus primos hermanos sobre disciplinas semejantes como el kickboxing o las artes marciales en un peso minimosca en cuanto a su potencial de exploración humanista y reflexivo, pues todos hemos padecido los crochets o uppercuts que nos propina el cotidiano, las lagunas existenciales y Peña Nieto sin un referee imparcial que dictamine nuestra victoria o derrota. Sólo el conteo que percibimos una vez que, tendidos en la lona, esperamos ponernos de pie antes del último round….
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