Por J. Jesús López García 

Sin duda alguna, anterior al siglo XX existieron grandes maestros de la arquitectura, así como también varios y con una obra magistral y en no pocas ocasiones paradigmáticos para el devenir de la disciplina arquitectónica de todos los tiempos. Sin embargo el siglo XX contempló el arribo del hombre común como protagonista de todos los cambios sustanciales en prácticamente toda la experiencia humana: científicos, filósofos, políticos, papas y demás personajes con una importancia histórica y social; el individuo ordinario accedió a sitios en que hasta el siglo XVII, al menos formalmente, se le tenían fuertemente acotados.

Las desmedidas revoluciones sociales de inicios del siglo pasado -entre ellas la nuestra- consolidaron en gran medida lo que se estaba gestando desde el XVIII con el desarrollo de la ciencia y la tecnología, emparejado con una intelectualidad que propugnó la universalidad de los derechos para todos.

Las vanguardias artísticas buscaban expresar ese maridaje de progreso técnico y colectivo mediante manifestaciones abiertas a todos los públicos. De manera optimista aquellos artistas e intelectuales creían que lo revolucionario y experimental de su propuesta sería recibido por un nuevo auditorio democrático, si no con la agudeza crítica que antes dedicaran al arte los mecenas tradicionales, o los estamentos, cuya encumbrada situación social eran depositarios de la producción artística, si al menos con el entusiasmo de saberse partícipe, objeto y destinatario de los afanes estéticos, filosóficos, intelectuales e ideológicos de los recientes creadores.

Tal vez la respuesta de la comunidad democrática no fue tan abundante o entusiasta como los autores de vanguardia hubiesen deseado, pero sí fue la suficiente para apuntalar un cambio radical de apreciar el arte y con él las nuevas tendencias del pensamiento.

En cuanto a la arquitectura, el avance coincidió en nuestro país con la Revolución y su desenlace tuvo lugar al tiempo de desarrollarse episodios que detonaron grandes discusiones en materia de ciencia, arte e ideas, tal como la presentación de la Teoría de la Relatividad de Einstein en los primeros años del siglo XX, por lo que la manera de concebir ciudades y edificios a la luz de esos capítulos sirvió de incentivo para empatar el deseo nacional de trascender su trance bélico e insertarse entre el conjunto de las naciones modernas.

De los edificios aún observantes de tradiciones pasadas -evocando lo mejor de la amalgama mestiza en que se había convertido el mundo hispanoparlante, de acuerdo al pensamiento de José Vasconcelos-, se transitó rápidamente a la radicalidad de conjuntos como el taller y la casa que realizó Juan O’Gorman para Diego Rivera y Frida Kahlo, respectivamente. Los grandes proyectos modernos de construcción manifestaron en México los designios modernizadores de los regímenes revolucionarios hasta muy adentrados los años sesenta.

De la posguerra europea nuestro país pudo establecerse como un espacio abierto a la inmigración de intelectuales entre los que se contaron filósofos, médicos, escritores y por supuesto, arquitectos. Hannes Meyer, director de la legendaria Bauhaus (1928-1930) pasó en México una buena temporada entre los años 30 y 40 organizando a su paso los programas de construcción de hospitales del IMSS e interviniendo en cuestiones nacionales de urbanismo y planeación. Félix Candela por su parte llegó a obtener la nacionalidad mexicana y Vladimir Kaspé y Mathias Göeritz fueron además parte de la educación de muchos arquitectos mexicanos en su participación con la UNAM.

En Aguascalientes los ecos de los maestros de la arquitectura del siglo XX pueden hallarse a partir de los años cuarenta con el asentamiento de arquitectos locales formados en la ciudad de México, trayendo consigo nuevas modalidades de arquitectura inéditas en nuestro estado y en la ciudad acalitana. A partir de esos momentos la modernidad era apreciada como promesa de confort, economía, funcionalidad y ¿por qué no? Cosmopolitismo. Además del Sindicato Ferrocarrilero o el Seminario Diocesano -abiertamente implicados con la modernidad arquitectónica de su momento- podemos observar ejemplos de arquitectura moderna en toda la urbe aguascalentense.

Edificios que muestran todos los rasgos formales, constructivos e intelectuales de la Escuela Moderna y de sus exponentes más reconocidos, como la residencia ubicada en la calle González Saracho casi esquina con Cosío. Con un volumen superior que parece casi flotar sobre un plano horizontal revestido en piedra; ése cuerpo suspendido muestra el vano horizontal continuo a la manera de Le Corbusier y en algo se parece a la casa 15 que el maestro suizo realizó en la Colonia Weissenhof en Stuttgart, Alemania alrededor de 1927.

Como el anterior, hay infinidad de modelos en Aguascalientes que son resonancias de un momento de la arquitectura internacional en que se manifestaba el optimismo por compartir la promesa común de un futuro mejor para todos. Utopía sin duda pero que en el caso de la arquitectura se tradujo en un acervo de inmuebles que pese a su aparente sencillez poseen una congruencia tectónica no tan fácil de alcanzar. Lo anterior expuesto no deja lugar a dudas que Aguascalientes pasó de ser una villa provinciana a una ¡¡¡Ciudad Moderna!!!