Prof. Flaviano Jiménez Jiménez  

Se necesita reflexionar seriamente, reconocer y aceptar con honestidad lo que está pasando con los niños y los adolescentes en el seno familiar, en la escuela y en los distintos espacios donde ellos conviven diariamente. De esta forma, se conocerían las causas de sus reacciones y conductas y, también, se podría intervenir en su orientación o reorientación hasta lograr que se formen seres humanos respetuosos y útiles a sí mismos, a la familia y a la sociedad. Pero para que esto suceda, se requiere actuar con responsabilidad y decisión inquebrantable.

Al respecto, Fernando Savater, en el capítulo 3 de su libro “El valor de educar”, asienta, lo que todos saben por sentido común, que los niños pasan más tiempo en el hogar que en la escuela, sobre todo cuando son pequeños. De manera que cuando tienen los primeros contactos con los maestros ya han experimentado ampliamente la influencia educativa de su entorno familiar y de su medio social. En la familia, los niños aprenden, o deben aprender, aptitudes tan fundamentales como hablar, asearse, vestirse, obedecer a los mayores, proteger a los más pequeños, compartir alimentos, participar en juegos colectivos respetando reglas y, en entre otras cosas, distinguir lo que es bueno y lo que es malo. A estos aprendizajes iniciales, que se desarrollan en la familia, se le llama socialización primaria, la que permite introducir y relacionar a los niños con la sociedad. Después viene la escuela, el grupo de amigos, el sitio donde juegan, el lugar donde trabajan. En estos espacios es donde se lleva a cabo la socialización secundaria; es decir, donde se aprenden conocimientos y competencias especializadas.

Ahora bien, dice Savater, si la socialización primaria se realiza de modo satisfactorio, la socialización secundaria (en la escuela por ejemplo) será mucho más fructífera, toda vez que los niños tienen una base sólida desde su hogar. Pero si no tienen atención satisfactoria en sus hogares, los maestros tendrán problemas y deberán emplear más tiempo puliendo y civilizando a quienes debían estar listos para mayores y mejores aprendizajes. En la familia, los pequeños aprenden, o deben aprender, en un clima de afecto, de cariño y de amor. Si el nido familiar funciona bien los niños y los adolescentes paladean por primera y última vez la sensación reconfortante de ser invulnerables, siendo así felices. Pero si la familia no funciona bien, si en lugar de afecto y cariño los niños son rechazados visceralmente, golpeados y abandonados a su suerte; entonces éstos serán infelices, y la infelicidad y el trato patológico provocarán en ellos reacciones y comportamientos indeseables e impredecibles. Por otra parte, los padres y las madres de familia deben estar conscientes que en el hogar se educa con el ejemplo y no con discursos. En otras palabras, los niños entienden, aprenden y aprecian lo que ven en los gestos, en los ademanes y en las muestras de ternura, cariño, comprensión, amabilidad y respeto. Por eso, lo que se aprende en casa tiene una indeleble fuerza de convencimiento que sirve para acrisolar principios morales y éticos, capaces de resistir las más duras pruebas de la vida. En cambio, el desdén, el desprecio, el rechazo, el trato mezquino, los castigos y el abandono, hacen arraigar en los niños y en los adolescentes prejuicios, resentimientos, rencores, trastornos psicológicos y conductas delictivas que afloran el día menos pensado. En los hogares donde está pasando esto, donde no hay socialización primaria o no hay un buen trato para los niños, ni enseñanza eficaz; ahí, según Savater, se está dando el eclipse de la familia, lo que constituye un serio problema para los maestros, para la escuela y para la sociedad.

Otra causa que origina el eclipse familiar es el fanatismo por lo juvenil. En los tiempos actuales los ideales, casi de todos, son: ser joven, la moda joven, la despreocupación juvenil, el cuerpo ágil y hermoso eternamente, ser joven a costa de cualquier sacrificio (dietas y remiendos) y, entre otros, la alegre camaradería de la juventud. Y en esta visión de prototipos, ante los primeros síntomas de la pérdida de juventud hay angustias y enfermedades graves. Ya no hay, pues, ideales de señor o de adulto. Ser viejo hoy casi es obsceno que condena al pánico de la soledad y del abandono. A los viejos ya no los quieren ni laboralmente; se prefiere a los jóvenes, en lugar de la experiencia. El héroe de hoy ya no es Miguel Hidalgo, Juárez o Zapata, sino Justin Bieber o Zayn Malick, los adolescentes prodigiosos que ni siquiera han necesitado crecer para hacerse multimillonarios. Sin embargo, para que una familia funcione educativamente es imprescindible que alguien en ella se resigne a ser adulto para conducir, responsablemente, los aprendizajes primarios de los niños y de los adolescentes. El padre que únicamente quiere figurar como el mejor amigo de sus hijos, sirve de poco; y la madre que tan sólo desea pasar como hermana mayor de sus hijas, tampoco vale mucho. Psicológicamente sus actitudes son comprensibles, pero no son efectivas para la formación moral y social de sus hijos; por eso los maestros sufren en las escuelas para conducir la enseñanza, porque en estos casos no hay socialización primaria. Y cuando los padres reconocen que no pueden guiar a sus hijos, ni pueden ser guardianes de ellos, entonces exigen que sean las autoridades municipales, estatales y federales, los que controlen a sus hijos. Esta es la crisis de autoridad o, en otras palabras, es el eclipse de la familia. ¿Qué hacer ante este orden de hechos? De ser posible, en la próxima colaboración seguirá abordándose el tema.