Prof. Flaviano Jiménez Jiménez
Fernando Savater plantea varias causas que originan la crisis de autoridad de los padres de familia ante sus hijos. En la colaboración anterior se mencionaron algunas y en ésta se abordarán otras más, con miras a entender la complejidad del asunto, pero también con objeto de avizorar soluciones viables para la mejor conducción de la progenie.
El padre fue el modelo de autoridad de la familia tradicional, hoy es la figura más eclipsada, la más cuestionada y la menos grata de asumir por el hecho de administrar, generalmente, la frustración. Según estudios sociológicos, hoy el modelo de una familia es la madre, y más aún en los casos de las divorciadas y de las madres solteras. No pocos relacionan la delincuencia juvenil y la pérdida de autoestima al desdibujamiento de la figura paterna. Sin embargo, no todas las causas del eclipse de la familia están en los adultos, Neil Postman, en su libro “La desaparición de la infancia”, concluye que también se debe a la televisión; argumenta: el problema no está en que la televisión no eduque, sino que educa demasiado y de manera irresistible. Durante siglos, la infancia se mantuvo en el limbo, conocía únicamente lo que la pedagogía de los mayores permitía saber. Las dos principales fuentes de información eran, por una parte, los libros que exigían un largo proceso de aprendizaje y, por la otra, las lecciones orales de los padres y de los maestros. Sólo años después cuando llegaban a cierta madurez, los niños podían conocer más cosas del mundo y de la vida. En cambio, la televisión acabó con ese desvelamiento de las realidades de la vida humana, las verdades de la carne como el sexo, la procreación, las enfermedades y la muerte; y las verdades de la fuerza como la violencia, las guerras, el dinero, la ambición y las incompetencias de altos dignatarios. La identidad infantil (la mal llamada “inocencia”) consistía en ignorar esas cosas o conocerlas a través de fábulas, mientras los adultos eran los depositarios y administradores de la clave de tantos secretos. Pero la televisión rompe con esas prohibiciones y profusamente lo exhibe todo: los niños ven en la pantalla escenas de sexo y matanzas; también atestiguan agonías en hospitales; se enteran de que los políticos mienten, estafan, o de que otras personas se burlan de todo aquello que sus padres les dicen que veneren. Además, para ver televisión no hace falta aprendizaje especializado, no requiere alfabetización como los libros. Con unas cuantas sesiones viendo televisión, los niños quedan aptos y conocedores de todo lo que antes les ocultaban los adultos, mientras los propios adultos se van infantilizando. La televisión ofrece modelos de vida, información en abundancia, socializa a través de gestos, de climas afectivos, de tonalidades de voz y promueve creencias, emociones y adhesiones totales; mientras que la función educativa de la autoridad paterna se eclipsa. No hay nada tan educativamente subversivo como un televisor: lejos de sumir a los niños en la ignorancia, como lo creen los ingenuos, les hace aprenderlo todo desde el principio sin respeto a los trámites pedagógicos. Si tan sólo estuvieran los padres junto a ellos y les comentaran lo bueno y lo malo de tanta información que ven y oyen, algo bueno se rescataría; pero sucede que la televisión opera cuando ellos no están presentes para distraerlos, y cuando se encuentran con sus hijos están tan embelesados ante la pantalla como los propios niños.
Ante este orden de cosas, la tarea actual de la escuela y de los maestros resulta así doblemente complicado: por un lado, tienen que encargarse de muchos aspectos de formación básica de la conciencia social y moral de los niños que antes era función de la familia y, también, tienen que propiciar aprendizajes de las asignaturas, que le son propias, y con métodos no tan afectivos o persuasivos como pudieran ser los de la familia; y, por el otro lado, tienen que competir con la socialización televisiva, hipnótica y apabullante. El maestro antes podía jugar con la curiosidad de sus alumnos deseosos de penetrar en los misterios vedados; pero ahora los niños llegan a la escuela ya hartos de noticias y visiones diversas que no les ha costado nada por escucharlas y verlas. El maestro tiene que ayudarles a organizar esa información, a combatir parte de la misma, y brindarles herramientas cognoscitivas para que puedan aprovechar otra parte, o por lo menos para que no les resulte tan dañina. Empresa titánica para los maestros. Reto que, desde luego, no es congruente con los sueldos bajos que reciben y el escaso prestigio social que se les concede; pero habrá que encarar los desafíos con la misma dignidad y galanía con la que superaron adversidades los docentes de ayer, dándole brillo y prestigio a su profesión de servicio.
Si a lo antes descrito, se le agregan las redes sociales que hoy inundan, para bien o para mal, la vida de los niños, de los adolescentes, de los jóvenes y de algunos adultos, evidentemente los problemas de la familia y de la escuela se vuelven más complicados y complejos aún; pero ante estos y otros fenómenos sociales de la misma dimensión, es bueno tener presentes las enseñanzas que ha dejado la historia de la humanidad, las cuales han hecho patente que los problemas, por muy grandes que sean, tienen solución; siempre y cuando exista conciencia de las dificultades imperantes, que exista la firme intención de afrontarlas y que se actúe con perseverancia para alcanzar los propósitos y las metas que se establezcan. Los padres de familia deben entender y aceptar que es su responsabilidad formar inicialmente a sus hijos y que los maestros son sus mejores aliados para continuar educándolos. Para ello, los padres tienen que creer y confiar en los maestros.