Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

René Descartes vive… en una máquina.

Cada generación posee un sustrato de narrativa (literatura, dramaturgia, fílmica) que procura contribuir al entendimiento colectivo de la realidad. El género de la ciencia ficción ha sido uno de los más aplicados al respecto debido a que se fundamenta en la especulación o enunciamiento teórico-evolutivo sobre los cimientos de la percepción cultural, inspirando a su desarrollo al punto que hace apenas 50 años que el hombre pudo circundar el espacio movido por la fantasía sobre traspaso de fronteras atmosféricas que sólo este género provee. Y así como los relatos paridos desde este punto incuban la ambición colectiva de un progreso tecnológico y social al grado de la despersonalización (no es coincidencia que al Facebook o Whatsapp se les considere equivalente al “Soma” profetizado por Aldous Huxley en su seminal texto “Un Mundo Feliz”), también fungen de microscopios para el hombre mismo, curioseando en sus componentes físicos y mentales para generar análisis, hipótesis e incluso diagnósticos sobre aquello que nos define como humanos, engendrando puntos de reflexión hermanados con la filosofía, la metafísica e incluso la teología (v.g. las obras de Philip K. Dick, Arthur C. Clark o Ladislaw Lem). Esta meditación sobre la condición humana sólo se valida mediante una consideración profunda de los aspectos que incumben tanto al medio mediante el cual es representada como la agudeza del argumento que plantea, pues de otro modo el resultado será palabrería vana o petulante calistenia narrativa.
Afortunadamente los ejemplos han sido varios en cuanto a posturas serias al respecto, y así como éstas pueden localizarse en portentosas obras de lírica cavilación como “Solaris” (Tarkovski, Rusia, 1972) o “2001: Odisea del Espacio” (Kubrick, G.B./E.U., 1968), también mediante el más laxo y estético medio de la animación. La cinta japonesa filmada en 1995 titulada “Ghost in the Shell” pertenece a esta categoría, pues ofrece un rastreo meticuloso y visualmente vigoroso sobre la identidad del alma utilizando como conducto un personaje principal femenino que no es más que una forma de vida sintética a quien se le ha adjudicado a través del complejo guión el examen ponderado sobre la constitución del alma mediante el filtro de la otredad, en este caso los ojos de una máquina. Aunado a esta densa pero fascinante premisa, se encuentra el motor visual que ha alimentado por décadas a la industria de la animación japonesa: la propuesta plástica, ya que el filme cuenta con algunas de las secuencias más exquisitas, perturbadoras e incluso dinámicas en la historia del anime, por lo que este trabajo ya se ha consolidado durante los últimos 20 años como referencia obligada (después de todo, las mismas hermanas Wachowski han reconocido en varias ocasiones que sin “Ghost in the Shell”, jamás hubieran localizado la inspiración para realizar su más blandengue y diluida versión llamada “Matrix”).
La trama, ubicada en una era futurista (el año 2029 para mayor precisión) donde el avance tecnológico no sólo apresa a la colectividad en una metrópoli dominada por la estilización de la ciencia sino trasciende las fronteras de la misma al crear los primeros avances concisos en materia de inteligencia artificial, expone desde las secuencias iniciales a su peculiar protagonista, la etérea Mayor Motoko Kusanagi, quien emerge de un depósito acuoso cual Dama de los mitos arturianos para mostrarnos su artificial ser en conjunto a su melancólica y penetrante mirada. El propósito de su existencia es el de colaborar con las fuerzas policiales de la localidad (definidas por Secciones) en varias lides, incluyendo fuerza bruta y análisis en situaciones donde su electrónica mente puede mejorar el rendimiento donde la humana no. El elemento adverso de la cinta lo provee una entidad autonombrada Puppet Master (“El Titiritero”), de quien se desconoce todo (paradero, identidad, apariencia, etc.) pero culpable de diversos actos de ciber-terrorismo y hackeo de personas mejoradas tecnológicamente en zonas neuronales. La premisa, una que coquetea con los aspectos más convencionales del cine de género, es tan solo un delicado pretexto para mostrar la encarnizada batalla entre la mente, el espíritu y el cuerpo que debe librar su protagonista, pues la línea narrativa del filme se centra particularmente en los cuestionamientos que Kusanagi realiza sobre la identificación del alma y su exclusividad para con los humanos, quienes se apropiaron el concepto y ahora una máquina quiere saber el porqué, tal y como la misma Mayor, una autómata, lo enuncia tan elocuentemente para aclarar el punto: “Existen incontables ingredientes que conforman el cuerpo y la mente humanas, al igual que los componentes que me identifican como individuo y constituyen mi personalidad. Claro, tengo una voz y un rostro que me separan de los otros, pero mis pensamientos y memorias son tan solo mías y únicas, además de poseer un sentido de mi propio destino. Cada una de estas cosas es tan solo una porción de ello. Recolecto información para utilizarla a mi modo. Todo ello se conjunta para crear una mixtura que me forma y da pie a mi consciencia”.
El director Mamoru Oshii, adaptando el igualmente cogitabundo manga de Masamune Shirow, replantea los fundamentos del dualismo cartesiano sobre la naturaleza hilemórfica del alma, aquello que constituye espiritual y categóricamente al ser más allá de la carne, para sujetar la materia filosófica con que se construye toda la trama y que aporta a su vez elementos de reflexión para su audiencia, pues los cuestionamientos que tanto la Mayor Kusanagi como su antagonista plantean un relato que acompaña al hombre mismo desde que se vio orillado a debatir el sentido de la vida para darle precisamente un sentido a su existencia. La extraordinaria y sofisticada animación que acompaña al proceso es tan solo un beneficio visual que complementa la absorbente experiencia.
“Ghost in the Shell” es aquel filme que puede desanimar a unos por tratarse de un proyecto gestado en un país donde se privilegia la espectacularidad y apabullamiento audiovisual sobre la calidad argumental y a otros porque precisamente no ofrece tales elementos al ser seguidores incondicionales de ese entretenimiento violento, banal y vacío proveniente de oriente -aun si también incluye algunas formidable secuencias de acción. Pero es necesario revisarla, no sólo por su sensata elucubración sobre el binomio hombre-máquina del que ya somos cautivos voluntarios gracias al Internet o por su vanguardista asomo a las técnicas y posibilidades de la animación moderna, sino porque, al final, todos somos ese cascarón que anda en busca de un fantasma que lo habite y le dote de sentido, pues de otro modo, sólo seremos materia en perpetua descomposición que ve películas por placer y no para aportar sentido a la realidad.

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