Luis Muñoz Fernández

Cuando ya se alejaba hacia el siguiente vagón, me encontré con la mirada triste de una chiquita que cargaba sobre sus espaldas. Me hizo pensar en lo que está sucediendo: un mundo que parece marchar hacia su desintegración, mientras la vida nos observa con los ojos abiertos, hambrientos de tanta humanidad.

Ernesto Sabato. Antes del fin, 1999.

El pasado 26 de abril de 2015, Arnoldo Kraus, médico mexicano muy interesado en la bioética, publicó en el periódico El Universal una reflexión a la que tituló “Releer a Ernesto Sabato”. Cita allí las memorias del escritor, pintor y físico argentino con las siguientes palabras:

Antes del fin es un libro de un testigo. Sus ideas viejas no son viejas. Retratan la cotidianeidad. Dibujan el fracaso de la condición humana. Cuestionan grandes palabras: Tecnología, conocimiento, progreso y Producto Interno Bruto son nociones vacuas para los miles de millones de desposeídos.

Cuando inicié la lectura de Antes del fin (Seix Barral, 1999) supuse que su autor quería dejar un legado antes de que lo alcanzase la muerte, sin embargo, conforme fui avanzando en su lectura, me di cuenta de que el fin del que habla Sabato -pronúnciese Sábato- no es el propio, sino el de esta humanidad actual y su forma demencial de vida. He aquí algunas de las frases que Kraus extrajo del libro de Ernesto Sabato (Rojas, Argentina, 1911-2011):

* El desarrollo facilitado por la técnica y el dominio económico, han tenido consecuencias funestas para la humanidad. Y como en otras épocas de la historia, el poder… se prepara nuevamente para dar la última palada de tierra sobre la tumba de su colosal imperio.

* Al parecer, la dignidad de la vida humana no estaba prevista en el plan de globalización… Es un mundo que vive en la perversidad, donde unos pocos contabilizan sus logros sobre la amputación de la vida de la inmensa mayoría.

* La sangre, el horror y la violencia cuestionan a la humanidad entera y nos demuestran que no podemos desentendernos del sufrimiento de ningún ser humano.

Este desentendernos del sufrimiento ajeno, tan común en nuestros días, es a lo que Zygmunt Bauman y Leonidas Donskis han dedicado su libro más reciente: Ceguera moral. La pérdida de la sensibilidad en la modernidad líquida (Paidós, 2015):

El mal no se limita a la guerra ni a las circunstancias en que las personas actúan bajo una presión extrema. Cada vez con más frecuencia, el mal se revela en la cotidiana insensibilidad hacia el sufrimiento de los demás, en la incapacidad y el rechazo a comprenderlos y en el eventual desplazamiento de la propia mirada ética. El mal y la ceguera moral acechan en la trivialidad y la banalidad de la vida cotidiana, y no sólo en los casos anormales y excepcionales.

Si de testigos argentinos del acontecer del mundo actual hablamos, no puedo pasar por alto otro que, a mi juicio, es extraordinario. Se trata de Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957), hijo de Antonio Caparrós, psiquiatra, psicoanalista y refugiado de guerra español. El año pasado publicó el resultado de una investigación sobre el hambre en el mundo que lo llevó a un viaje por la India, Bangladesh, Níger, Kenia, Sudán, Madagascar, Argentina, Estados Unidos y España. El resultado es un libro de poco más de 600 páginas con un título corto y contundente: El hambre (Planeta, 2014).

Como escritor, Martín Caparrós tiene la virtud de mezclar con gran acierto la ironía y la dulzura con la verdad desnuda, lo que nos obliga a negar con la cabeza, incrédulos y horrorizados, ante las escenas y las cifras que aparecen en su libro.

En esta obra nos lleva de la mano para que contemplemos sin paños calientes lo que de hecho es uno de los mayores crímenes del género humano: el exterminio del hombre por el hombre, la repetición incesante del asesinato original de Abel en manos de su hermano Caín mediante la lenta tortura del hambre, la plaga más mortífera de cuantas han asolado a la humanidad. La más letal y, paradójicamente, perfectamente evitable:

Conocemos el hambre, estamos acostumbrados al hambre: sentimos hambre dos o tres veces al día. Pero entre ese hambre repetido, cotidiano, repetida y cotidianamente saciado que vivimos, y el hambre desesperante de quienes no pueden con él, hay un mundo…

… El hambre es, en mis imágenes más viejas, un chico con la panza hinchada y las piernas flaquitas en un lugar desconocido que entonces se llamaba Biafra; entonces, a fines de los sesentas, escuché por primera vez la versión más brutal de la palabra hambre: hambruna. Biafra fue un país efímero: declaró su independencia de Nigeria el día que yo cumplí diez años; antes de mis trece ya había desaparecido. En esa guerra un millón de personas se murieron de hambre. El hambre, en las pantallas de aquellos televisores blanco y negro, eran chicos, moscas zumbando alrededor, su rictus de agonía.

Caparrós desenmascara la gestión de este viejo y nuevo genocidio mediante las palabras tramposas del discurso oficial difundidas por los medios de comunicación masiva. Llama “burocratés” al idioma engañoso de los políticos y sus asesores que embotan la conciencia de la sociedad. Como cuando dicen “inseguridad alimentaria coyuntural” en lugar de hambruna:

Y hambre, por supuesto, significa mucho más que eso. Pero la palabra hambre es una que los técnicos y burócratas pertinentes suelen evitar. Es probable que les parezca demasiado brutal, demasiado rústica, demasiado gráfica. O -supongamos, amables- que no les parezca suficientemente precisa. Los términos técnicos suelen tener una ventaja: no producen efectos emotivos. Hay palabras que sí; hay muchas que no. Ellos -y los organismos para los que trabajan- suelen preferir las que no. Entonces hablan de subalimentación, de desnutrición, de malnutrición, de inseguridad alimentaria -y los términos terminan por confundirse y confundir a quien los lee…

… En mis papeles de trabajo, el capítulo sobre Níger siempre llevó el título “el hambre estructural”: el hambre que responde a condiciones profundas, casi una ontología…

… No hay tal cosa como el hambre estructural, inevitable. Siempre hay causas, razones, decisiones.

Cuando dicen estructural te están diciendo fatal, inalterable. Más trampas del burocratés.

Y Martín Caparrós cita a Jean Ziegler, ex relator especial de Naciones Unidas para el Derecho a la Alimentación, cuando se refiere al “escándalo de nuestro siglo: la destrucción, cada año, de decenas de millones de hombres, de mujeres y de chicos por el hambre”:

Cada cinco segundos un chico de menos de diez años se muere de hambre, en un planeta que, sin embargo, rebosa de riquezas. En su estado actual, en efecto, la agricultura mundial podría alimentar sin problemas a 12 mil millones de seres humanos, casi dos veces la población actual.

Tal como están las cosas, ser testigo y denunciar es un deber. Como este par de argentinos.

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