Juan Sergio Villalobos Cárdenas.
 Maestro en Derecho.

Hace dos décadas el japonés Kenichi Omahe proponía en su libro El fin del Estado Nación un concepto tan novedoso como inquietante: Los países tal y como los conocemos habrían de desaparecer. Tarde o temprano los países del mundo se integrarían en grupos formando bloques con intereses comunes. Lo que sucediera en un país afectaría al resto del bloque. Las fronteras físicas serían, más que una defensa, un estorbo para los países y tenderían a desaparecer.
Experiencias como la Unión Europea o el Tratado de Libre Comercio para América del Norte son ejemplos claros de esta tendencia. Ya no somos ajenos a lo que suceda con nuestros socios o vecinos; nuestros destinos están encadenados de muchas maneras.
El pasado 8 de noviembre las urnas norteamericanas hablaron y el polémico candidato republicano Donald Trump resultó electo. Sería un proceso electoral cualquiera si no fuese porque la teoría de Omahe es correcta.
He escuchado y leído en estos días la manifiesta preocupación de muchos sobre el destino incierto sobre los millones de migrantes mexicanos que viven en los Estados Unidos y sobre las futuras relaciones de México con aquél país. No son infundados los motivos de preocupación; y no tanto por las estrambóticas ideas que el presidente electo pudiera tener, sino por la lamentable circunstancia que su partido controlará tanto la cámara de senadores como la de representantes. En Estados Unidos un presidente no tiene en realidad tanta fuerza en sus iniciativas si no es apoyado por las cámaras. Ahí es donde radica realmente el riesgo de todo esto: un hombre con ideas peligrosas teniendo de su lado a senadores y congresistas dispuestos a materializarlas.
¿Cuál fue la razón de que ganara la elección contra toda lógica y encuesta? Porque Donald Trump encarna a la vieja Norteamérica: racista, misógina, xenófoba, esclavista e imperialista; y su discurso encontró campo fértil en un electorado anglosajón conservador, decepcionado de las políticas incluyentes de los últimos años de la administración demócrata. La fuerza electoral de las nuevas generaciones norteamericanas y el voto latino no fueron suficientes para detener los anhelos presidenciales del magnate inmobiliario. Una Norteamérica incluyente, equitativa y con políticas de migración más flexibles seguirá siendo por algún tiempo sólo un sueño.
¿Pero qué debemos esperar de todo esto?, ¿deportaciones masivas? ¿un muro como el de Berlín? ¿impuestos a nuestros aranceles? ¿fronteras cerradas a las importaciones y a las personas? Lamentablemente sí.
Adolfo Hitler espetaba como lema de campaña: ¡Alemania, despierta!; para Trump su grito de guerra durante la campaña fue: ¡Hacer a Estado Unidos otra vez grande!; Hitler culpaba a los judíos de los males de Alemania; Trump no deja de repetir que los males de la Unión Americana son los inmigrantes indocumentados, particularmente los mexicanos.
Temo que llegue el momento en que la patrulla fronteriza o el servicio de inmigración comiencen a realizar detenciones masivas de indocumentados sacando a la gente a media noche de sus casas y hacinándolas en estaciones migratorias. Donald Trump es un peligro real; se dijo antes y se reitera ahora.
Pero esta catástrofe que hoy nos cimbra debe permitirnos también tomar las riendas de nuestro propio futuro.
Este resultado electoral que hoy nos afecta -confirmando la teoría de Omahe- debe ser el fin de esta enfermiza dependencia económica-política con los Estados Unidos. No podemos seguir rezándole a todos los santos que a los vecinos del norte no les dé gripa en su economía, para que a nosotros no nos mate una pulmonía. No podemos seguir esperando que ellos metan un gol de último momento para poder clasificar al mundial de futbol. No podemos seguir esperando que el electorado norteamericano vote por el candidato que a nosotros nos parezca más favorable (o menos peor) para nuestros intereses.
Debemos ser francos y decirlo sin ambages: la victoria de la candidata demócrata hubiese significado una continuidad del status quo. Más migrantes hacia ese país, más remesas para el nuestro; más drogas hacia aquél país, más trasiego de armas hacia el nuestro; más inversión y capital golondrino para nosotros, más mano de obra barata para ellos; en suma, hubiese implicado tan sólo un cambio de administración para seguir acunados y cómodos en nuestra zona de confort. Por el contrario, el triunfo del republicano rompe nuestra tranquilidad, genera expectativas y ansiedad; pero también nos brinda una de las oportunidades más claras de nuestra historia para definir nuestro propio futuro.
Nuestra preocupación no sólo debe ser el destino de millones de mexicanos indocumentados que viven en aquél país; debemos ocuparnos ya que no haya mexicanos que deban irse de México buscando oportunidades de un trabajo bien remunerado que no encuentran en este país. Nos debe ocupar diversificar nuestras opciones comerciales con otras naciones; darle educación a la juventud; acabar con el flagelo de las drogas y el trasiego de armas que cruzan la frontera. Debería preocuparnos ser incluyentes con nuestras propias etnias y grupos indígenas y no sólo indignarnos con el racismo de los americanos. Y ante al reto que suponen los próximos cuatro años de administración republicana en los Estados Unidos, es urgente e impostergable encontrar verdaderos liderazgos políticos nacionales.
Deseo que este momento histórico implique el fin de todas nuestras destructivas inercias y el principio de un nuevo futuro para nuestro país. Nuestra actual realidad es tan amenazante para nuestro destino como las futuras políticas republicanas de Donald Trump.