Josemaría León Lara Díaz Torre

Es conocido por todos que el México contemporáneo comenzó a conocer la “democracia” en el año mil novecientos noventa y siete, cuando por primera vez en la historia, el partido del Presidente de la República perdió la mayoría legislativa en el H. Congreso de la Unión. Lo anterior fue la antesala, para que las piezas del tablero se acomodaran y en el año dos mil tuviera lugar la primera transición real en el gobierno federal.

A pesar que el cambio de aires para muchos no dejó un buen sabor de boca, es necesario reconocer la apertura que trajo consigo la llegada de la democracia al sistema político mexicano: la transparencia, la rendición de cuentas, pero sobre todo la apertura de prensa y opinión.

Sin embargo, son pocos los que han volteado hacia un tema de carácter fundamental, y este engloba la reconciliación con nuestra historia patria. Con el triunfo de la Revolución y la creación del partido que gobernaría por poco más de setenta años, era necesario legitimar al nuevo régimen; es por ello que a beneficio de intereses propios se tergiversó la verdad, resultando lo que hoy en día se conoce como la “historia oficial de México”.

En poco menos de doscientos años que llevamos como nación independiente (cabe resaltar que no fuimos verdaderamente independientes si no hasta mil ochocientos veintiuno), en México hemos sufrido grandes transformaciones tanto a nivel político como social, en las cuales hemos conocido de todo un poco: invasiones extranjeras, guerras civiles, imperios, dictaduras, opresión religiosa, crisis, devaluaciones, etc.

Pero existe un periodo histórico que por sí sólo genera polémica, éste es el periodo comprendido desde mil ochocientos setenta y seis hasta mil novecientos once: “El Porfiriato”. Por su relevancia histórica, la Presidencia de Don Porfirio Díaz es conocida como de esa manera, más lo lamentable del asunto es el énfasis de la historia oficialista en satanizar, tanto a la figura del General Díaz como a su gobierno.

A cien años de su muerte, el recuerdo histórico de Don Porfirio permanece como el de un tirano, puesto que resulta obvio que tras el triunfo de la Revolución, debían de haber iniciado con el derrocamiento de un dictador. La memoria de un hombre que fallece en el exilio, se resume de manera política más no histórica.

La llegada de Díaz al poder dio término a la eterna lucha entre liberales y conservadores que tanto daño le hizo al país naciente; es por ello que algunos historiadores hablan de Don Porfirio como un gran negociador, puesto que su permanencia en el poder se debió en gran medida a su habilidad de pactar tanto con unos como con otros.

Basta con reconocer los vestigios históricos que permanecen de tiempos del Porfiriato. El ejemplo más claro es el esplendor del Centro Histórico de la Ciudad de México, desde la Alameda Central con el Hemiciclo a Juárez, el imponente Palacio de Bellas Artes (mismo que no se concluyó si no hasta terminada la Revolución), el Palacio Postal, por mencionar algunos.

Dato curioso, lo que hoy se conoce como el Monumento a la Revolución, no es más que la cúpula de lo que en tiempos de Don Porfirio sería el Capitolio Mexicano, recinto que albergaría tanto al Senado como a la Cámara de Diputados.

La Presidencia de Don Porfirio consiguió la tan anhelada paz para el pueblo mexicano, algo que con ansias buscaban desde que se había logrado la Independencia (dos invasiones francesas, una invasión estadounidense, una Guerra Civil); esto provocó que la economía nacional comenzará a crecer y llegara la segunda revolución industrial al país: ferrocarriles, telégrafos, aumento en las exportaciones marítimas, por mencionar algunos ejemplos.

Por supuesto que no todo fue gloria en tiempos del General Porfirio Díaz, pero al menos México creció y se mantuvo como una potencia tanto en materia económica como militar ante los ojos del mundo; espero que tras cien años de su muerte la Historia le dé el lugar que se merece, reivindicando su imagen.

Quisiera saber tu opinión: jleonlaradiaztorre@gmail.com

Twitter: @ChemaLeonLara