Discursos radicales y sus peligros

Itzel Vargas Rodríguez

Rara e incómoda es la época en que vivimos. Pareciera que viejos rencores renacen y hay muchas pruebas de ello. Para empezar, la ya casi inminente llegada de un candidato a la Presidencia de los Estados Unidos con un discurso tan xenófobo y racista como el que trae Trump, y que era considerado en un inicio como un chiste, pero esa broma ha evolucionado y ganado adeptos en el camino a un punto aterrador, posicionándolo como un fuerte candidato a Presidente, que sí, ahora puede llegar a serlo.
De igual forma ese mismo sentimiento xenófobo se ha reavivado en Europa tras los continuos ataques de ISIS y el crecimiento de las migraciones, en donde varios países encuentran en el rechazo, una forma de autoprotección.
Increíblemente, en el continente que más guerras ha encarado históricamente, renacen dichos sentimientos de odio. El “Brexit” fue justo un ejemplo de ello. Una dinámica ciudadana que pretendía llegar a un acuerdo democrático, se ha convertido en toda una demostración de xenofobia. Dentro del mismo territorio inglés, se han radicalizado las posturas y pensamientos, sintiéndose más de la mitad de su población, confundida, dispersa, con rencor hacia quienes pedían su salida y, por ejemplo, en la población joven se encuentra un profundo sentimiento de frustración, porque los adultos, la gente que votó mayoritariamente por salir de la Unión Europea, le está negando a las nuevas generaciones una oportunidad de migrar para desarrollarse profesional o laboralmente hacia los países miembros de la Unión Europea. Ser un “erasmus” o un becado por la UE para estudiar en otro país con la mayoría de los gastos pagados, ahora será una aspiración e incentivo que quedará en el pasado.
Todo esto fue motivado por un discurso fuerte de individualización, odio y miedo hacia los migrantes que llegaban a la UE y aspiración por hacer crecer la economía inglesa.
Cosa no tan lejana sucede en México con el tema de la homofobia. Bastaron legislaciones que en materia de Derechos Humanos permitían la unión matrimonial de personas del mismo sexo, y de su defensa desde la Suprema Corte de Justicia, para que un gran porcentaje de la sociedad, encabezado por líderes de asociaciones promotoras de la familia (concebida como el núcleo conformado únicamente por un hombre y una mujer), así como una gran cantidad de políticos que han antepuesto sus creencias personales por encima de las necesidades colectivas y la representación que debieran darle a las mayorías, volviera a sacar a flote y discusión en la agenda pública, el tema de la intolerancia hacia la homosexualidad.
Pareciera que los avances en materia de tolerancia que venían lográndose desde el siglo pasado, sufren un retraso eminente y repentino, mostrándonos como sociedad lo mucho que nos falta para respetar la vida y decisiones ajenas.
De igual forma, esta radicalización social está motivada por un discurso fuerte, cargado de imposición moral, que mezcla las decisiones públicas con las ideologías personales y un fuerte rechazo a la diversidad.
El peligro, enorme peligro de manejar un discurso así, es que al igual que lo que está pasando en Inglaterra, se están polarizando terriblemente los pensamientos y la gente en sociedad. Dando pie justo a sentimientos de rencor, odio y eso, históricamente, nos ha demostrado que puede causar grandes catástrofes.
El discurso homofóbico en México, al igual que la decisión del “Brexit” en Inglaterra, está impactando en las generaciones más jóvenes de forma negativa. Mientras los grupos ultraconservadores y políticos se enfocan en imponer su agenda, las juventudes, con más apertura al diálogo y respeto, encuentran justo en acciones como ésta, motivos para creer aún menos en la política y las instituciones públicas, y por otro lado, encuentran en la Iglesia católica, la imagen de un organismo que es incapaz de evolucionar pese los discursos de tolerancia que ha emitido su mayor representante, el Papa Francisco.
La parte negativa de los discursos radicales es precisamente que no abonan a la construcción de proyectos en equipo, ni a sentimientos colectivos como el humanismo, respeto o la tolerancia.
La radicalización de un discurso fuertemente cargado de ideologías excluyentes o discriminatorias, se paga caro al mediano plazo. Comunicacionalmente no es nada recomendable. En cuyo caso, a nivel local y nacional, tanto la política como los líderes sociales, ya debieran de empezar a manejar un discurso más conciliador o por lo menos tolerante, porque de otra forma se generarán antagonismos, sobre todo entre las generaciones más jóvenes, que por cierto son las demográficamente más grandes.

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