Dignidad de las fincas

Por J. Jesús López García 

En determinadas ocasiones nos encontramos con personajes, que al margen de su estatus económico o social, su edad, género u ocupación, irradian desde su persona una llamativa dignidad. Su porte, su manera de desenvolverse, que no obstante puede ser alegre y familiar, destila siempre una sobriedad que infunde cierto atractivo, una sincera admiración, un genuino respeto. Es de imaginarse que nos referimos a personas, sin embargo, lo anterior también es aplicable a la arquitectura, lo que puede ser felizmente contagioso a todo su paisaje.

En los edificios sucede que el enlace del esquema, ubicación de su emplazamiento, los materiales y la carga representativa, puede resultar lo mismo en una disgregación de la imagen, o en una percepción clara y legible de un sitio.

En relación a lo dicho podemos ejemplificarlo con el antiguo Banco de Zacatecas, obra del maestro Refugio Reyes Rivas, ubicado sobre el andador Juárez en su paramento oriente y conformando la esquina noreste del gran cuadrilátero que contiene a la Plaza de Armas.

Estilísticamente, la finca es un ejemplar ecléctico en clave neoclasicista con varios elementos, tal es el caso de la sillería muy evidente, de raigambre renacentista. Su composición se despliega en dos cuerpos terminados en la parte superior por un entablamento con balaustrada y trofeos, y cinco entrecalles, culminada la central por dos remates de perfil circular, interrumpido el más bajo.

De esta manera, el Banco de Zacatecas se entroniza como una excelsa arquitectura porfiriana en Aguascalientes y complementa el conjunto de obras que en el sitio realizó Reyes a principios del siglo XX –El Hotel Francia, el Hotel París y las naves laterales de la Catedral.

Es posible que la propuesta del maestro tuviera como fin representar la autoridad y jerarquía que un banco era conveniente que mostrara ante los ojos de los cuenta-habientes en su momento, por lo que la sobriedad del diseño manifiesta la certidumbre y seguridad que una institución debía poseer.

Con su fachada de piedra amarilla, remates alternados circulares y triangulares –tal cual se estilaba durante el Renacimiento–, columnas de capiteles jónicos y una claridad en su diseño de fachada con base en el ritmo de entablamentos y cuerpos salientes, la arquitectura de este edificio es congruente con lo que un banco debía expresar a sus clientes y a la sociedad en general.

Actualmente, en el bloque se alberga un establecimiento mercantil que no posee la misma personalidad que un banco hace un siglo, sin embargo, el inmueble continúa manteniendo su original dignidad. La actual ocupación tal vez sea incidental y se quede corta para los fines de representación, pero el edificio sigue en pie, no viviendo de glorias pasadas, pues es oportuno mencionar que lo hace esperando nuevos momentos de esplendor, al menos su grado de conservación lo permitiría sin problemas.

Lo anterior no es cosa menor, pues la banalización de la cotidianidad contemporánea y los imperativos del beneficio a cargo de cambios frenéticos, llega a incomodar a las instituciones también legando a la ciudad, a manera de edificios, cajones vacíos en los que fachadas y compartimentaciones interiores son prescindibles, realizados en materiales de fácil retiro o demolición, sujetos a mudar de apariencia, como un lienzo sobre el que se habrá de desplegar la publicidad correspondiente al momento actual, efímero e igualmente prescindible.

Así, es conveniente reflexionar al respecto, y tener en cuenta que las fincas como la que analizamos, siguen manifestando su pundonor a pesar de los embates del tiempo y de sus nuevos funcionamientos; es responsabilidad de todos los acaliteños se preserve su arquitectura –particularmente la que nos confiere nuestra identidad, aquello que nos hace pertenecer a la hermosa Aguascalientes y no a otras ciudades, como equivocadamente piensan y sienten algunos– para seguir aportando su presencia a un sitio urbano donde finalmente lo accesorio irá desvaneciéndose, para en su lugar resurgir ante los transeúntes un ámbito apto para adherirse en la memoria de la comunidad, ya que no es lo mismo apreciar un edificio que parece mudar sus rasgos en cada nueva manera de ser utilizado, que disfrutar de la existencia de otro que a lo largo de los años sigue expresando el momento y circunstancias de su fábrica original, así como las vicisitudes de la ocupación posterior que ha de dejar su impronta también, como en los rostros y cuerpos de esos personajes que encontramos de vez en vez y que llaman nuestra atención por la dignidad con la que parece, han abordado su vida.

A pesar de lo expuesto, parece ser que hasta no perder algo –en este caso, fincas–, nos percatamos de su gran valía; por lo tanto conviene vivirlos ahora que aún se encuentran en pie. Pongamos atención en ellos; vamos a trabajar en su conservación a través del respeto para el disfrute conciente de las bondades de infundir dignidad a nuestro espacio público a partir de la buena arquitectura, que de manera independiente a su ocupación, nos proporciona asideros para reforzar no sólo el tejido urbano a partir de inmuebles que vale la pena preservar, sino también la remembranza colectiva aguascalentense.