Luis Muñoz Fernández

El destino de un país no depende de cómo votas en las elecciones –el peor hombre es tan fuerte como el mejor en ese juego–, ni depende de qué tipo de papel metes en la urna electoral cada año, sino del hombre que cada mañana sacas de tu cuarto y lo pones en la calle.

 

Henry David Thoreau. La esclavitud en Massachusetts, 1854.

Los escasos días que transcurren entre el final de las campañas electorales y el día mismo de la elección son un solaz largamente ansiado tras tantas semanas de bullicio. Pero ese tiempo no debe destinarse a la holganza, sino a pensar muy bien por quién se va a votar el día clave. Una vez escuchadas hasta la náusea las propuestas de los candidatos a los diversos cargos de elección popular que, dicho sea de paso, no difieren sustancialmente en lo general, dispongámonos a dejar que las partículas suspendidas que enturbian el ambiente se asienten para así ver con mayor claridad los posibles escenarios futuros derivados del ser y del quehacer de cada uno de los contendientes.

Para ello puede resultar de gran ayuda la lectura reposada de algún autor solvente que haya escrito sobre el tema. Existen varias opciones, pero un artículo recientemente publicado por el doctor Arnoldo Kraus en su columna Bioéticas de la revista Nexos nos convence de que durante esta semana será apropiado acercarse a los escritos políticos de Henry David Thoreau (1817-1862).

No faltará quien ponga el grito en el cielo, pues Thoreau es considerado por algunos un anarquista (o un libertario, según otros) y ya se sabe que en México, donde la cultura política es tan precaria, el anarquismo goza de muy mala prensa. ¿Cómo es posible –exclamará airado el representante de la buena conciencia hidrocálida– que sea aconsejable leer a quien escribió un libelo como Desobediencia civil? ¿Acaso la gente buena de Aguascalientes puede esperar algo decente de un escrito con ese título incendiario?  Al gregario morador de la hidrotermópolis tal vez le sorprenda saber que las ideas de Thoreau influyeron de manera decisiva en Tolstói, Gandhi, Romain Rolland y, sobre todo, en el Movimiento de los Derechos Civiles de Martin Luther King.

Es por muchos conocido que Thoreau pasó dos años, dos meses y dos días viviendo casi siempre solo en una cabaña de madera que él mismo se construyó a la orilla de la laguna Walden, cerca de Concord, Massachusetts, su pueblo natal y lugar habitual de residencia. Lo hizo para encontrarse consigo mismo y, a juzgar por lo que escribió después, parece que lo consiguió. Internado en aquellos bosques frondosos, Thoreau decía que allí no se sentía la presencia del gobierno:

Vine a los bosques porque quise vivir deliberadamente, enfrentarme solo a los hechos más esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que esta tuviese que enseñarme; para no tener que descubrir, a la hora de mi muerte, que no había vivido.

Como pensador siempre fue difícil de clasificar, aunque lo que importa es que sus ideas permanecen vigentes gracias a que fue un individuo dueño de sí mismo, opuesto a la opinión de la mayoría, que se rebeló contra la injusticia política y la hipocresía religiosa y que rechazó la adicción al dinero y el trabajo para proponer un modelo de vida simple y feliz, liberado del consumismo y consciente de los riesgos que entraña una explotación abusiva de la naturaleza.

No fue político en el sentido habitual que nosotros le otorgamos al término, es decir, nunca buscó cargos de elección popular para vivir del erario público, sino todo lo contrario. Pero lo fue en el sentido que todos deberíamos recuperar: interesado en la vida de la comunidad de los humanos. Incluso más allá: vivamente interesado en la relación de los seres humanos con el resto de los seres vivos. Todo un hombre de nuestro tiempo de cuya estirpe, por desgracia, padecemos una escasez crónica.

Lo más preciado de su legado es el haber reivindicado el valor del individuo frente al poder masificador de las instituciones. El haber dado rostro al ciudadano individual, capaz de pensar por sí mismo sin dejarse arrastrar por los lugares comunes, los eslóganes y los juicios de los líderes de opinión que, hoy como ayer, nos abruman a pesar de su vacuidad. El ciudadano que también es capaz de hacer, de obrar más allá de las migajas que se le ofrecen, muy distinto de tanto parásito que medra siempre al amparo del poder.

Para Thoreau el mejor gobierno es el que menos gobierna, incluso el que no gobierna en absoluto, es decir, aquel que le permite al ciudadano desarrollar todo su potencial –que no es más que el poder llegar a ser uno mismo–, sin estorbarle ni ponerle restricciones absurdas. Se podrá aducir que nuestra sociedad no está preparada para tamaña libertad, que es lo que nos dicen siempre con tono perentorio quienes se han erigido, con la autoridad que les brinda nuestra ovejuna docilidad, en los pastores del rebaño. A lo que deberemos responderles que nuestra sociedad nunca estará preparada si persistimos en educarla para sojuzgarla, para castrarla, y no para que sea libre:

El gobierno, en el mejor de los casos, es algo conveniente, pero la mayoría de los gobiernos son por lo general, y todos los son alguna vez, un inconveniente… El gobierno, que es tan sólo el medio escogido por el pueblo para ejecutar su voluntad, puede igualmente ser objeto de prácticas deshonestas y pervertido antes de que el pueblo tenga tiempo de actuar por medio de él […]

La autoridad del Gobierno, incluso aquella a la que estoy dispuesto a someterme pues de buena gana me someteré a quienes saben y pueden hacerlo mejor que yo, y, en muchos aspectos, hasta a quienes no sepan ni puedan hacerlo tan bien, sigue siendo impura: para ser estrictamente justa, ha de contar con la sanción y el consentimiento de los gobernados. No puede ejercer más derecho sobre mi persona y propiedades que el que yo le conceda.

 

Por eso, el último día de las campañas políticas todos –candidatos, representantes de los partidos políticos, funcionarios del Instituto Estatal Electoral, gobernantes y hasta las autoridades religiosas– nos pidieron que el domingo vayamos a votar. En una petición más que razonable, deseable, necesaria. Los votos son a nuestra joven democracia lo que los corazones a Huitzilopochtli: alimento sin el cual todo perece. Vayamos a votar con la libertad de quien lo hace en secreto, tras haber aprovechado bien estos escasos días de recogimiento.

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