RODRIGO ÁVALOS ARIZMENDI

Hace algún tiempo no hubiéramos imaginado que la moralización del país se iba a dar a través de la supervisión inmobiliaria. O al menos eso es lo que creen quienes nos han obligado a transitar o a poner los ojos en un binomio, quizás posible o quizás imposible, porque antes el lema del gobierno mexicano era “sufragio efectivo, no reelección”. Hoy tendrá que ser otro, el cual diga: ¿De dónde se hizo de mulas Pedro? Porque ahora todo lo que alguien tenga, a su nombre o a nombre de algún familiar, es evidencia de corrupción. Y estamos pasando de la corrupción a la inquisición. ¿Quién hizo inquisidores a estos nuevos Savonarola de la vida mexicana? Bueno pues los han hecho quienes así lo pueden determinar en algunos medios especializados en la moralina o la moralidad pública; pero vamos directamente a la creación de comités de salud pública, que es el paso siguiente.

Los funcionarios mexicanos están ahora tratando de cambiarse todos de casa. Todos quieren casa y todos quieren ir a vivir al castillo de la pobreza. Ya no diríamos parodiando a la película de Arturo Ripstein y haciendo una paráfrasis de aquel titulo de Octavio Paz “El castillo de la pureza”. No, ahora hay que vivir en el castillo de la pobreza. Vamos a pedirles a los hombres del gobierno y de la política y del poder un mundo vicario y franciscano. Que nadie tenga nada. O que nadie tenga nada cuyo origen legítimo no pueda comprobar. En Francia, unas vacaciones pagadas en Túnez por poco tumban al Ministro de Hacienda. Tambalearon al gobierno. En México la riqueza inmobiliaria cobra dividendos, sepulta famas; aquí, en Nueva York, en la Jolla, en donde usted quiera. Hemos pasado de la Punta Diamante, de Diego Fernández de Cevallos, en Acapulco; El Gargaleote, de Gonzalo N Santos en San Luis Potosí; la Ciudad Satélite de Miguel Alemán; El Cancún, de Luis Echeverría; La Colina del Perro, de López Portillo; a la casa de Rodrigo Medina, gobernador de Nuevo León; al Palacio de Napoleón Gómez Urrutia; La Herradura, de Ávila Camacho; El Papagayo de Juan Andreu Almazán. Caray, cuanta riqueza y cuanta envidia. La pregunta es ¿Porqué? ¿Porque los demás no tenemos eso? Y el día que lo tengamos van a decir que nos lo hemos “volado”, que nos lo han regalado, etc. Este ha sido el país de los ranchos, las fincas, los terrenos, los ingenios, los bancos, y las mil empresas cobijadas al amparo del poder político, pero hoy los políticos quieren ocultar su riqueza. Marisela Velázquez, candidata a alcalde de Cuernavaca, compra de ganga y la ganga se le vino encima. Otros no declaran. Hay aviones, hay automóviles de lujo, relojes carísimos. ¿Se acuerda usted del Partenón de Arturo Durazo? Tenemos que buscar un gobierno donde no quepa la presa de Padrés. Donde no haya esas enormes casas en Valle de Bravo. Esos lagos particulares. Esos grandes beneficios construidos todos al amparo de la política o de los negocios hechos por la política. Que nadie tenga casa. Vamos todos al nuevo lema: “Proletarios del mundo uníos por un gobierno de homeless”.

 

LA DEMAGOGIA VERDE

Hay dos cosas interesantes en el asunto del Partido Verde. La primera es el hecho en sí, y la segunda la reacción del Partido frente a este hecho. En lo que se refiere a la primera le diré que el asunto es que el Partido Verde comenzó a divulgar en el cine, en la televisión, en diferentes espacios, los logros nacionales que según ellos se deben a sus iniciativas, como la supresión de las cuotas en las escuelas, los vales de las medicinas, y asumir que eso es parte de un informe parlamentario de sus diputados, de sus senadores y en general del Partido que le dice al ciudadano: “Nosotros sí cumplimos con lo que te prometimos”. No pudieron presumir el cumplimiento de su propuesta de instaurar, o restaurar, en México la pena de muerte y aplicársela a los secuestradores y a otros delincuentes del orden común. Pero lo que según ellos lograron, lo presumieron, lo divulgaron fuera de las normas que impone la ley electoral. Ellos dicen que lo hicieron porque tienen derecho a la expresión. Y como se sienten vulnerados en su derecho a la expresión han reaccionado ante esta cadena y catarata abrumadora de multas de una manera que yo calificaría demagógica. Ir a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos a denunciar lo que les está pasando.

Eso demuestra que en el Partido Verde no saben lo que son los Derechos Humanos. Y tampoco saben cuál es la mecánica de la presentación de una queja, porque la Comisión Interamericana de Derechos Humanos interviene cuando se han agotado en México las instancias defensoras de los derechos de los humanos y entonces se acude a un organismo internacional, no es una ventanilla de quejas abierta automáticamente a quien quiera. Además hasta donde uno puede entender, las instituciones no tienen derechos humanos, los derechos humanos son para las personas. Por lo tanto, si esta queja ante la Comisión Interamericana o la Comisión Nacional o alguna otra comisión de Derechos Humanos del país se hubiera hecho se hubiera hecho de un modo personalizado, por algún diputado, que siente que su derecho a la libre expresión fue violentada por el sistema que tiene el código electoral, entonces tendría que impugnar la ley, no la aplicación de la ley. Por lo tanto creo que están jugando con este asunto de los derechos humanos, cosa que muchos hacen, como se juega en México con los derechos humanos, con los amparos, con las revisiones, con las inconformidades, con las instancias, con los juzgados, con los colegiados, con los unitarios, con los de circuito, con los de distrito, etc. Por eso en este país la justicia no funciona. Aparte de tantos rincones, de tantos recovecos, de tantas patrañas, tantos jueces que no sirven, que las cosas no funcionan, la única realidad es: Si el Partido Verde cree que lo han señalado como un delincuente electoral por informar, habría que decirles que no los han señalado delincuentes electorales por eso, sino por violar una ley al hacer sus informes. No se puede confundir la gordura con la hinchazón. Son dos cosas muy diferentes. Ellos están jugando con los conceptos y con las palabras. La única realidad es esta: Tienen que pagar 513 millones de pesos de multas, ¡y no van a pagar ni un solo peso! Porque todo ese dinero lo van a pagar los pobres mexicanos que en este país pagan impuestos. Esos son los que le van a pagar la multa al Partido Verde. Esos son los que le pagaron la multa a los “Amigos de Fox”, los que le pagaron al PEMEXGATE. Sumando todo eso las prerrogativas o contribuciones desviadas de los ciudadanos que podrían aplicarse como recursos fiscales a obras de promoción del bienestar nacional, a servicios públicos, a políticas públicas, se van a la olla donde se hierven las ambiciones de los partidos políticos. Dos mil millones de pesos entre todos. ¿Quién les paga las multas? Usted que me hace el favor de leerme está pagándole la demagogia a éste partido y a todos los demás. Y en esto todos los partidos reciben dinero del bolsillo de usted. Todos.